El Encuentro

No te afanes, alma mía,

por una vida inmortal,

pero agota el ámbito de lo

posible.

Píndaro

Algunos comienzos son firmes… El iniciante arranca un primer paso en su deambular y sabe, al menos en ese momento, el destino final de su sentido. A menudo con los ojos vendados avanza, se siente desnudo y, sobre él, el calor y la oscuridad del ambiente caen con pesada confusión. La distancia entre la mera curiosidad y la vocación, la curiosidad vital, la sed real de conocimiento, puede resultar engañosa, como también lo es la conciencia de la propia sensibilidad; sobre todo esta última puede llegar a viciar cualquiera de los consejos que diera Rainer Maria Rilke al joven poeta Kappus… Sin embargo, sea como fuere el destino aflora como lugar de llegada y partida, y permanece, con frecuencia, desconocido al entendimiento del autor. Los objetivos iniciales mudan, a menudo, de intención y título, y lo que en un momento inicial fue deseo de manifestar la voluntad de la escritura, su ansia misma, pronto puede caer en el hondo y cenagoso estómago de las ambiciones más variadas… Sin embargo, a veces y por algún motivo, el núcleo fundamental, la célula matriz, permanece intacta y se adapta a los obstáculos, a la presión del ambiente, demostrando así su afinidad “animal” con otro tipo de ámbitos de la vida. Así sucedió durante la celebración del I Joven Crítica Canaria (Tenerife, 2012). En esa ocasión, lo que en un primer instante se había planteado como un recorrido histórico a través de la crítica literaria en Canarias, adaptó la comunicación pública a una exposición pública de los principales riesgos que enfrenta el crítico literario como autor: la vanidad y el miedo. Así fue que, nada más comenzar la intervención del que esto escribe advertí a los asistentes de tal percance o cambio de rumbo:

«Antes de llegar al cuerpo de la comunicación, les confieso que esta es, irremediablemente, incompleta e imperfecta, y que con ella su autor solo pretende exponerse, frente a frente, a sus “graves y grandes limitaciones”. Además, me veo en la obligación de matizar o cambiar el título propuesto y decirles que no podremos hacer un seguimiento lineal a lo largo de la historia de la crítica literaria en Canarias, entre otras cosas, porque tal historia, de momento, no existe. No obstante, viajaremos en el tiempo, hacia el pasado y el futuro, de la mano de dos síntomas de inmadurez espontánea que afecta a esta literatura atlántica, que es la nuestra, aunque no sea de una manera exclusiva. En eso, no somos únicos.También, con algo de suerte, podré arrinconar a algunas de las falsas certezas que, aquí y en todas partes, venden la vanidad y el miedo al escritor. Pero no nos equivoquemos… ese hábito o vicio que seduce a poetas y escritores, a críticos e investigadores por igual, y que junto al amiguismo y los textos travestidos perjudica seriamente la salud, la literatura y la crítica literaria.

Miedo y, sobre todo, vanidad; atavismo, sí, pero con mayor peligro la hipnosis de la propia mano que desliza de izquierda a derecha, de arriba a abajo sobre la propia letra y las afines, ese abandono entre las sábanas anticiclónicas papel. La vanidad es ese gusto vicioso por el olor propio y que afecta, sin remedio, al juicio y la letra del que escribe, empujándolo a buscar rebaños a los que seguir o grupúsculos que crear. La distancia entre la vanidad y el dogma es apenas una frase envenenada; la distancia entre la vanidad y la ansiedad de “querer ser popular” son unas pocas líneas irresponsables donde el autor se autoproclama poseedor y conocedor de la verdad, donde, incluso, dicta el lugar que habita la Poesía. Tal comportamiento carcome la esencia misma de la Poesía como conocimiento y búsqueda perpetuas, la médula de la crítica literaria… Pero, a pesar de estar en estas alturas de la Historia, aún se encuentran ejemplos de actitudes, dentro del ámbito literario, que perjudican seriamente la propia capacidad crítica y reflexiva y que, sobre todo, contaminan y manipulan al lector…

Vanidad y miedo, si bien al escritor y al poeta pueden afectarle por igual la vanidad y el miedo, el crítico literario se expone más a la vanidad. Al respecto, y para intentar sostener este cambio imprevisto de mi comunicación, confesaré que contemplo la crítica literaria como otra forma de escritura, con sus sacrificios y exigencias, con su entrega y su genética voluntad de excavación antropológica. Por eso hablo tanto de vanidad, yo mismo poeta y crítico literario. Además, si nos atrevemos a aceptar que la Poesía no necesita quién la defienda, podremos estar de acuerdo en que tampoco necesita sordos o loros que le hagan eco a las mismas ideas y cegueras. Hablar de Poesía es hablar de crítica literaria… Hasta aquí hemos podido ver alguna muestras de lo que el miedo y la vanidad perpetran en el escritor, en el poeta, en el crítico literario, pero aún no hemos hablado del texto de la la crítica literaria, de su escritura. Cuando se escribe por vanidad o miedo el texto se ve empujado hacia la hinchazón, al hematoma, por su propio autor. En palabras de George Orwell, citadas por el crítico y ensayista Jorge Rodríguez Padrón en “La memoria y sus signos”:

«El estilo hinchado es por sí mismo una suerte de eufemismo (…) El gran enemigo del lenguaje claro es la insinceridad. Cuando hay un hiato entre la realidad de uno y el propósito de uno, uno se vuelve de modo instintivo a las palabras largas y a las frases hechas y gastadas, como un calamar que hace derramar su tinta»

En efecto, tanto la vanidad como el miedo inflan la escritura pero la vanidad lo hace para convertir su escritura en sumidero de todo lo que no sea ella misma, bocanegra del “ego” y las ideas del autor frente a los otros. De ahí que la vanidad de nada sirva, sobre todo como ganado guanil, pues de nada protege y a todo expone con el ridículo del rey desnudo. La vanidad apuñala por la espalda a la Literatura y nunca puede cultivar la Letra a lo largo del tiempo. Acaba reduciéndose ella misma a unas simples y escuetas coordenadas sobre el papel, ese mismo papel que, antes o después, querrá convertir en dogma y crucifixión. Desde este punto de vista, la vanidad en la crítica literaria contamina el objetivo del autor convirtiéndolo en un simple promotor enaltecido de sí mismo, o enaltecedor del amigo o maestro. La vanidad crea dogma, y olvida lo fundamental que, ni más ni menos, el ofrecer el texto a nuevos lectores, exponerlo a nuevas lecturas, entregar al lector esas nuevas conexiones o interpretaciones que, a priori, ni el mismo autor llegó a contemplar o pretender. El “ser” del crítico literario no debe ser el poder, ni siquiera esa pretensión de “crear opinión”, pues antes que crear opinión el crítico tiene como obligación el proponer un diálogo múltiple; en primer lugar, con el texto; entonces, con el lector; y, finalmente, con el autor de la obra que contempla e intenta desvelar. Es precisamente este diálogo el que contribuye a refrescar el animal de la Literatura, evitando que se pudra y acancere. Así, cuando el crítico literario ha sido capaz de entregarse al texto y de sacrificar su propio ego, cuando ha sido capaz de dedicarle el tiempo necesario, el crítico literario, como escritor, huye de su propia vanidad y se deja llevar por la creación desapegada, por el silencio de navegar el inabarcable remanso de la lectura, esa extraña soledad sin magua que camina lentamente en busca del conocimiento de un rumor que todo lo envuelve y que, en todas partes, se expone a la intemperie.


Sin embargo, una vez más he de reconocer que la mirada que me acerca a la Letra, a la Escritura y a la Poesía, mi mirada, no es una mirada de certidumbres. Yo no veo certezas, no las puedo ofrecer; como mucho indico lugares, esquinas; lejos de tranquilizar a nadie, hablo de una cabeza que transforma el horizonte (antes recto y rígido), en un hogar oblongo, circular, curvo y sin límites. Lejos de tranquilos paseos a la luz de las estrellas, hablo de esa luz de Mafasca que se aparece de repente en este instante en que escribo, o cuando siembro y doy agua a un poema, a una crítica literaria, con la intensión de mostrar la inmensidad del lugar que habitamos y conmovernos… Pero esta es una mirada de aliento, de ánimo; mis pasos son pequeños, sí, y este mundo uno inaudito, tremendo y hermoso… Y, en verdad, me hace sentir muy pequeño, y acrecienta mi propia desnudez, pero a cambio, y casi sin querer, ofrece la transmutación en creación y luz de la urdimbre que convulsiona nuestra mirada.

Vanidad y miedo… Si bien al escritor y al poeta pueden afectarle por igual la vanidad y el miedo, el crítico literario se expone más a la vanidad. La vanidad y el miedo actúan, generalmente, en períodos distintos del tiempo. Así, mientras que la vanidad se deja sentir, sobre todo, en el presente y el futuro, en su intento de controlarlos, el miedo mira constantemente hacia el pasado, ese pasado que le provoca un terror atávico y el cual, de una manera u otra, desea cambiar, modificar o manipular. La historia literaria de Canarias nos da ejemplos al respecto, tanto para hablar de vanidad como de miedo; pero, en este caso, pues hablamos del pasado, hablaremos del miedo. Así, puedo recordar ejemplos estudiados por el poeta, ensayista y crítico literario Lázaro Santana en su ensayo “La memoria mixtificada”. En él, y sobre la afirmación repetida de la superioridad del poeta Domingo Rivero sobre la obra de Miguel de Unamuno, podemos leer el dedo en la llaga del investigador cuando recuerda que la obra de calidad que Domingo Rivero publicó, es la única que el propio poeta consideró de calidad; cosa demostrada cuando se pudo tener acceso al resto de  la “obra no publicada” por el poeta. Todo esto frente a la obra de Miguel de Unamuno que es suficiente, honda y extensa para sostenerlo como uno de los grandes españoles del siglo XX. En está línea encontramos también la reivindicación de Nicolás Estévanez como poeta del sentir canario y del nacionalismo, cuando clara era en su prosa el pensamiento político revolucionario y anarquista y que, en lo tocante al verso, no pasaba de aficionado. Podemos hablar también de la fama dada al Vizconde del Buen Paso (Cristóbal del Hoyo) como el primer “collagista” de la poesía española cuando, según la investigación de Lázaro Santana, apenas escribió un verso propio, limitándose a hacer “sus poemas” de traducciones de poetas portugueses; por último, otra insistente afirmación que, en este caso, proclama la desvinculación del surrealismo de la poesía canaria respecto al surrealismo continental español, para hermanarlo, directamente, con el surrealismo francés, justificando tal “vínculo” con la breve visita de los padres del surrealismo y a la relativa importancia de la exposición de 1935 en Tenerife. Al respecto, añade Lázaro Santana, que si bien Canarias dio dos buenas figuras al surrealismo español y europeo, a saber, Agustín Espinosa y Oscar Domínguez, poetas y artistas como Pedro García Cabrera, Domingo López Torres, Emeterio Gutiérrez Arbelo y Juan Ismael, entre otros, fueron poetas y pintores estimables, sí, pero con un mérito lejos del de aquellos dos. Además, continúa el investigador grancanario, “los mejores libros de Pedro García Cabrera, escritos con posterioridad a 1940, nada tienen que ver con el surrealismo.

No en vano, me he expuesto aquí a hablar de la vanidad y del miedo para acercarles la propuesta de otra crítica, una crítica literaria que, al margen de corrientes, teorías de moda y ataduras de todo tipo, lejos de disfraces, traiciones, sobornos y contexto excesivo fuera del texto, trabaje en pos del encuentro entre el autor y el crítico literario, entre el autor y el lector, a favor del encuentro entre el crítico y el lector; un mano a mano a solas con el texto, con la obra, con el poema; con la incertidumbre y el riesgo. La crítica literaria, como acto (re)creativo, de análisis e interpretación, se debe a su naturaleza subjetiva pero que, al contrario de una opinión, se compromete con la red coherente y flexible de interpretaciones, de ejemplos y argumentos que elabora y teje el autor. Ahí, creo, radica la humildad, la honradez y el sacrificio del crítico, su compromiso múltiple. Un compromiso con la concepción propia de la crítica, con el desarrollo continuo de esta y con la creación literaria y la literatura; con la isla inabarcable de la Poesía. No en vano, el crítico literario extiende el trabajo del autor del poema, del libro, de la obra… aunque por su cuenta y riesgo, y sin más pretensión que semejante propuesta. El crítico, en su crítica, reconoce sus propias limitaciones, al mismo tiempo que se ofrece como luminaria para el lector en medio de una calle, a priori, a oscuras. De esta manera, el crítico es a veces un mago o un ilusionista transitando, para nosotros, veredas que, en ocasiones, nunca estuvieron claras ni admitidas en el plan inicial del poeta o del escritor.