Reading Time: 1 minute

Duerme. Recorre en sueños la extensión de la cama. Descansa en su naturaleza, mi hijo, y yo aprovecho para ordenar esta poca hora —acabo de escuchar un ruido y me levanto. Lúcio, en el suelo (se ha caído) sigue durmiendo. Lidio con el susto, con un dolor que no es mío, inexistente y futuro pasado; cuyo llanto nunca escuché. Dispongo sobre la mesa algunas pocas metáforas sobre la creación, la rutina, la maravilla de la química contra otra química, de las puertas que abren otras puertas para cerrar otras puertas, casi al unísono; y nadie para aplaudir. Extraña contraprestación, ésta, mientras duran los alisios que tímidamente riegan la cumbre hasta la mañana.*No estoy preparado para el proceso del morir y, quizás, ya debiera irme preparando. Para la muerte que sea, la mía, la de otros… La de otros no, por favor; la de otros no…

*

No estoy preparado para el proceso del morir y, quizás, ya debiera irme preparando. Para la muerte que sea, la mía, la de otros… La de otros no, por favor; la de otros no…

*

De tanto desear irme, infantil y casi a ciegas; de tanto pronunciar yo el «¡Vámonos!», asisto al espectáculo del tiempo revolviendo todas mis cosas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.