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Cada nueve años la comida escaseaba y también el aire. Las abejas daban los primeros avisos. Primero, huían; entonces, caían muertas sobre la arena de la playa. Cada nueve años la ciudad entera se ahogaba en un frenesí de desesperación y el GOMA demoraba siempre treinta y tres días en dictar, invariablemente, su orden. El Gobierno de las Máquinas era así, implacable, ajeno, extraño, bárbaro. En esta ocasión, tras el anterior “Tu recién nacido, tu comida”, el decreto sería denominado “Tu carne, nuestro futuro”. Por ley se estipulaba que todos aquellos nacidos antes de 1999, y hasta un máximo de 3 millones, serían reunidos en las plataformas subacuáticas INDOLOR y propuestos para el recíproco y mutuo consumo. El objetivo oficial del decreto era “Inventar el mundo perfecto para nuestros hijos. El mundo de la abundancia y el bienestar”, pero no era otra cosa que un acto caníbal “consentido”, según rezaba el GOMA… Y así se decretó. Muchos obedecieron silenciosos, otros fueron obligados por los funcionarios públicos de la ley. De ellos, se dijo que más de uno tuvo que ocultar o devorarse sus propias lágrimas.