La poesía es deriva

Creación, ensayo y crítica

Mes: marzo 2014

Echado frente a una vela

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A veces el llanto

se alonga al borde del precipicio.

Llega, besa la carne que pisa,

se asoma y estira un brazo,

comprueba la fuerza del viento con la mano

y espera, quieto, la llegada de la luz.

A veces el llanto

asiste protagonista a la quema de sus brujas y herejes,

sucumbe al hechizo del fuego,

contempla la quema lenta y dulce

de su piel, y la carne y sus huesos.

A veces el llanto

se pregunta por qué,

por qué ese deseo blanco,

por qué esa ansia silenciosa de desnudez

que levita tan cerca del suelo,

por qué, frente a una vela, desea llorarse,

abandonado entre las sábanas.

Por afectación…

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POR AFECTACIÓN…

Por afectación a la fama y la etiqueta de “escritor”, “intelectual” o “poeta”, por afectación a la desidia (y, de esto, bastante)… Se podrá hablar así y hacerlo deprisa para referirse a ciertos “escritores o poetas” —y perder, como yo, el tiempo en ello. Sin más se podrá señalar a sus pretenciosos textos y quedarse uno tan tranquilo —mentira, pues después no crecen sino las incertidumbres, las bestias enervadas, las preguntas… Pero no nos encumbremos nosotros. Sobre ellos, sobre esos despreocupados por juntar letras sin más y sin tino, sobre sus letras de mil y un agasajos, premiadas, podremos decir “Llaneza, muchacho: no te encumbres; que toda afectación es mala” y, también, “Esos esdrújulos, esos palabros, ese espejo ¡redios! ¡A ver si lo limpiamos!”. Podremos decirlo, sin duda, pero después de entregar nuestro consejo “no pedido” nada queda tras el pecho salvo una intensa desazón, un dolor (a veces), una cierta tristeza… Nos equivocaremos pocas o muchas veces (es irremediable), pero hablo aquí desde esa profunda intuición desapegada que empuja con violencia a señalar “¡Eso no es Poesía! ¡Qué haces, por Eolo, un poco de paciencia!… Desde la intención honrada de hacer frente a esas letras a las que se les nota el truco, a las que, como a las mentiras, se les coge antes que a un cojo… En el mejor de los casos, tales escritores (hablemos en general) se han podido dejar llevar por el ímpetu, o quizás la ilusión… Con suerte, claro.

Parecía apuntar Cervantes con ese “Llaneza, muchacho” la tendencia que muestran determinadas personas —aquí, poetas, escritores, críticos literarios, intelectuales y muchas otras— para hablar de manera engoada y retorcida, para ubicar sin acierto una trombosis de referencias culturales con las que —entre otros recursos y por algún extraño vicio o creencia— quieren emular o significar elegancia, saber, trayectoria, hondura, precognición, conocimiento; con el que crearse una nueva élite para ellos… Nada más lejos de la realidad. Con suerte, será aquello la muestra difusa de una intuición creativa, una, la que sea; pero con suerte y nada más. Y es así catastrófico que ellos mismos no lo sepan (triste, incluso; doloroso) pues se inflan de ciertos encumbres, pasarelas y titulares mientras sabotean lo que, se supone, es en ellos mismo un deseo real de avanzar en las Letras… Catastrófico (y exagero, sin duda), como esos premios que no entienden la necesidad de poder declararse desiertos. Desierto, cruel y bella palabra… Ya lo decía Lázaro Carreter, la afectación es ese “defecto que comete un escritor u orador cuando se aparta viciosamente de lo natural”. Pero ¿qué es lo natural en Poesía?… El diccionario de la RAE matiza, al respecto de la afectación, que esta es la “extravagancia presuntuosa en la manera de hablar” o que consiste en “poner demasiado estudio y cuidado en las palabras”… Afectación, ”bonita palabra. Lástima que medio larga…”, y lástima que eso de “poner demasiado estudio y cuidado en las palabras” tanto valga para los escritores entregados a las Letras —locos o no, vanidosos o no, obsesos por el saber y la Letra o no— como para los que solo quieren la fama, un sueldo, o la cabeza de sus ídolos hecha careta para ellos… Curioso, o no, pero ese tipo de “autores” haberlos haylos, autores que nada aportan al organismo literario, que pretenden (e insisten) en vestirse con el traje del rey desnudo, con la seda de la mona, con ese ropaje que creen brillante y que nada, sin embargo, resiste ante una lectura crítica, atenta y desapegada de famas. Ciertamente existen, y está bien que así sea. Para aprender a distinguir entre un “mal” texto y un “buen” texto hay que poder leer, al menos, uno de cada… Y ya sé que esas comillas las ha cargado Guayota, pero hay casos que duelen por esa demostración inexplicable de una casi voluntaria lejanía del conocimiento vivo y doloroso, de la “intuición” de ese presentimiento que desarma y arrodilla; del temblor… Por afectación; por falta de humildad, o debido a una vanidad sin correa que la ate en corto —aunque esté mal decirlo por mi parte… En el mejor de los casos, y con suerte, sucede por exceso de ímpetu o inocencia… Con suerte, claro.

Reseña de “La Casa del Caracol”, de Juan Carlos de Sancho (Mercurio, 2013)

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El mar, en calma, y nosotros sentados sobre la arena y allá al fondo, a la derecha, el sol que saborea el último pedazo de cielo. De repente una lancha motora irrumpe nuestra mirada, son turistas divirtiéndose, mujeres en bikini y una gran colchoneta hinchable en forma de plátano. Al vernos nos llaman en distintos idiomas y en alguno entendemos «¡Ven aquí, ahí estás solo!», y en otras lenguas algo así como «Ven, pasa el rato con nosotros, ¡pierde la razón!». Mientras tanto el sol ya ha desaparecido tras un velamen silencioso, un día más, y nos quedamos pensando en los turistas y esas ganas de ruido, en esta sociedad alienadora… Ya es hora de volver a casa y al levantarnos observamos como un pequeño caracol, lentamente y sonriéndonos, se llega a nosotros: «Psss, psss, muchacho… Psss, sí, tú. Agáchate un momento guanajo». Sí, el caracol nos habla, y entre la sorpresa y la incredulidad nos olvidamos de regresar a la cueva, a las sombras, al confort, y le seguimos el rollo… Cuando nos hemos dado cuenta, ya ha amanecido sobre un nuevo azul y sentimos en el espíritu una sonrisa, una esperanza y una curiosidad revitalizada, ágil, atrevida y renovadora. Así es La Casa del Caracol (Ed. Mercurio, 2014), el último título del escritor Juan Carlos de Sancho (Gran Canaria, 1956), un libro con enjundia y de calado, un libro de ensayos de variada extensión y escritos con una claridad que se desentiende, durante casi toda su lectura, de la pesadez y oscuridad con la que suelen tratarse temas como el Arte, la Literatura y el Pensamiento en sus implicaciones sociales. El autor canario comparte con nosotros un compromiso y sencillez inusuales, a la vez que necesarios, en esta compilación de textos impregnados de creatividad, reflexión, humor y sarcasmo. No en vano, Juan Carlos de Sancho acepta aquel desafío de Swift para utilizar el humor como agente provocador de la crítica, y el humor vive aquí, sin duda, en estas reconfortantes estancias de La Casa del Caracol, una casa pequeña, pero de dimensiones inabarcables, una lugar de encuentro donde se nos ofrece la lectura como diálogo, reflexión y compromiso, como fuente de energía contra las hordas de mediocres y panoptistas que todo ansían dominar. Este caracol, paciente como pocos, hace imperceptible la densidad real de los temas que abarca y los planteamientos que nos acerca con el particular imaginario del autor que, en esta ocasión, se lee con una mayor solidez y claridad.

Kriller71, nueva editorial independiente

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Kriller71 Ediciones nació en 2012 con la intención de operar una intervención mínima en el panorama de la edición de poesía contemporánea en España; un gruñido casi inaudible y desafinado que ayudara a deformar la perspectiva tradicional de lo que puede haber sido la producción y la distribución de poesía en este país. Así, desde el comienzo nos hemos enfocado en la traducción y divulgación de autores poco conocidos aquí pero con obras muchas veces consolidadas en sus países de nacimiento, así como en la apuesta por voces menos reconocidas pero que nos parecen dignas de atención. Nos interesa crear una conciencia sobre la importancia de la autogestión y de las editoras independientes en épocas en las que la crisis económica, mezclada con la hipermercantilización de algunas editoras tradicionales, permite que grupos sin apoyos oficiales ni empresariales, pero con un sentido muy definido de sus intereses literarios y de cuáles pueden ser algunos de los modos de participación ciudadana en el ámbito de la cultura, puedan ir creando catálogos poéticos de referencia. Eso es lo que intentamos en Kriller71, y lo que esperamos estar cumpliendo en alguna medida a través de autores como Antonio Cisneros, María Rosa Maldonado, Paulo Leminski, Arnaldo Antunes, Mary Jo Bang, Robert Bringhurst, Rafael Espinosa o Marcos Siscar, por citar a algunos de los poetas que hemos publicado hasta el momento en nuestra colección de poesía.

Paralelamente, desde hace casi un año, venimos avanzando en un proyecto pensado como un diálogo acerca de y con la poesía joven española, que nos permita conocernos y trabajar conjuntamente en un espacio de reflexión crítica. Creemos que es necesario revisar la relación entre los nuevos creadores y las editoriales, con el objetivo de (des)estabilizar algunas de las premisas instaladas en el circuito de difusión poético contemporáneo, escapando de las dinámicas de la moda a favor de un trabajo centrado en la investigación poética y en la participación activa, por parte de los autores, de todos los procesos materiales propios de una pequeña editora. Confiamos en acortar así las distancias legendarias entre autor y editor y democratizar los saberes editoriales —clave estratégica para ofrecer posibilidades de autogestión a quienes desean poder recorrer caminos propios. Fruto de este proyecto es la colección “Púlsar”, de la cual en marzo del 2014 ofrecemos el primer título, alambres, de Lola Nieto, una de las directoras de la colección, junto a Laia López Manrique y Antonio F. Rodríguez.

Kriller71 Ediciones es una pequeña grieta por la que filtrar algunos de nuestros mejores deseos.

Poetas publicados hasta el momento, aquí

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Texto redactado por Aníbal Cristobo, traductor y editor de Kriller71

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