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… Cuando el filólogo Ángel Valbuena Prat, iniciador de la crítica y la historiografía moderna en la poesía canaria, señaló el sentimiento de soledad y aislamiento como una de las características de la poesía canaria, escrita hasta los años veinte, nunca pensó que, siglos más tarde, las Islas y sus habitantes desarrollarían otra de las caras de esa soledad y aislamiento de la mano del recibimiento a gran escala de visitantes de otros países.

En efecto,  esa industria que trae a millones de personas a Canarias, el Turismo, matiza las antiguas soledades, los primitivos aislamientos. En la zona turística los barrios autóctonos han sido separados por calles y travesías (en el mejor de los casos) que, a modo de verdaderas fronteras geográficas, delimitan mundos y vidas distintas. Sin embargo, el turismo también facilita una cierta comunicación entre esos mundos y tanto establece unos intercambios humanos draconianos, como los alienantes horarios del trabajador del turismo y como la vida de todas esas personas que viven margullando océanos de voces extrañas, costumbres y bocas de otros seres. La zona turística ofrece al que vive en ella y de ella un particular cóctel de aculturalidad y agridulce cosmopolitismo, donde la vida se exagera y traviste de sí misma, y donde solamente el exotismo de los encuentros parece salvarnos. Y en este ambiente tan marciano, viven, sin embargo, personas, personas de aquí y personas que fueron, en algún otro momento ya pasado, el Otro, el visitante, el extraño, el turista, pero que son ahora nuestros vecinos, nuestros conocidos o nuestros compañeros de trabajo, o pareja, o madre, o padre… Todo lugar tiene un Sur, una Zona Turística habitada por un ansia de comunicación.
Sobre Planeta Turista, tuve la suerte de conocer en sus inicios el proyecto que lo parió,  Leyendo el Turismo, e incluso pude hablar con alguno de sus integrantes sobre la vida en zona turística. A partir de ahí llegué a la conclusión de que la vida cambia, muta y se adapta bruscamente cuando se nace o vive o trabaja en el turismo. La vida aquí, en el eterno Sur, es distinta. La vida aquí hace lo que tenga que hacer para no dejar de ser ella misma, incluso a su propia costa. Así que cuando supe que el proyecto quería publicar un libro, Planeta Turista,  con los poemas de sus integrantes, me alegré muchísimo. Y ahora por fin tengo y he leído el libro.

Tras una primera lectura de Planeta Turista (Ed. Amargord, 2014), permanece la feliz sensación de que el libro sobrevive a lo que parecen algunos errores de edición,  y aquella otra de que la última parte del libro, la correspondiente al activista y gestor cultural Samir Delgado, nadaría mejor en el formato e intenciones de un ensayo interdisciplinar, de mayor hondura y logro, que los textos del autor. A través de las lenguas que habla Planeta Turista, se escucha una interpretación propia y honesta,  una mirada clara y vívida de tres experiencias distintas y, hasta cierto punto, “hermanas” que han logrado poetizarse en gran medida. Planeta turista ofrece así un análisis retrospectivo, y de presente, muy necesario sobre el turismo y la vida en él, un análisis que, si bien, y en general, se queda en la superficie del planeta que habita, también lanza al lector dardos cargados con el curare de la industria turística.

En sus páginas, los poetas David Guijosa y Acerina Cruz son los que alcanzan los mayores logros literarios y creativos, el grado más alto de autenticidad en muchos de sus poemas que,  de la mano de recuerdos e invenciones,  de traducciones e interpelaciones extraliterarias, ecos de esas otras voces que residen y se reproducen en el planeta Turista. Además, el lector puede hacer suyo un viaje al pasado, al presente (¿al futuro?) dentro de las entrañas de la criatura turística y sus criaturas, de sus propios recuerdos de infancia y los domingos en la playa. Pero que no espere el lector agradables tardes al sol y crema de coco para el olvido, la mirada sobre el plantea Turista es, aquí, cruda, y cruda de maneras distintas. Planeta Turista es una crítica social clara y directa, más o menos conseguida según el poema y el autor, pero crítica, y  es Samir Delgado el que logra las críticas más literarias, aunque se limiten a un último verso de cierre de poema.

Planeta Turista ofrece una lectura original que logra superar los tropiezos que, en mayor o menor medida, comparten sus autores, tropiezos por una cierta manía o afección (¿afectación?) tendente al efectismo de final de verso, al verso pop, al empeño de cerrar todos los poemas unívocamente.  No obstante,  tales incomodos no castran las varias miradas de sus autores, ese viaje y vida que muchos reconocerán como propio, familiar, y que es, ante todo, cruelmente actual y vívido.

Acerina Cruz ofrece la voz más variada que mantiene ha sabido mantener y desarrollar a lo largo de sus obras publicadas, mientras que David Guijosa se mueve en un conflictivo límite de voces extranjeras y un estilo provocador. De Samir Delgado, si bien podría decirse que logra con sus textos subir otro “nivel” en su trayectoria como escritor —trayectoria que el que aquí escribe conoce casi en su totalidad—, sigue manifestando impaciencia e incluso se llega a respirar un cierto “desinterés” final por la Poesía.

Planeta Turista acierta al proponer al lector una reflexión y una crítica de esos lugares que, como Canarias, no han sabido superar la sombra de la industria del turismo y sus condenas de folclorismo, mediocridad, ignorancia y caciquismo. Así, este Planeta Turista le pone algo de estilo no solo al turismo en sí, al “suvenir” y al “japiaguar”, sino que sabe delatar la adoración esclava al turista, y los monstruos que duermen entre hoteles, apartamentos, recepcionistas de noche, tiqueteros y camareras de piso.