La poesía es deriva

Creación, ensayo y crítica

Mes: diciembre 2017

Patrícia Portela, traducción de extracto de “En la hora de comer al entrenador”

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[…] Estoy a tu lado, despierta. Ya raya el día y sólo ahora te dormiste. Es entre las dos y las seis de la mañana que nos encontramos, todas las noches, en nuestra habitación. Yo, porque llego siempre tarde de la redacción, ceno de pie y de camino a casa mientras voy cerrando otra edición más del periódico. Tú, porque no tienes trabajo, porque perdiste el interés por todo y atraviesas la noche, arrastrándote, evitando el nuevo día.

Vivimos hace 15 años en esta distancia. Tú, enviciado en las zonas de conflicto armado a las que te vas siempre que puedes; yo, enviciada en la próxima noticia con la que pondré patas arriba el mundo. Me prometiste que nunca más aceptarías un reportaje de guerra pero todas las noches fotografías una batalla nocturna más. Soy yo quien te despierta de tus pesadillas, quien te limpia el sudor, la baba que se te escapa. Soy yo quien te aprieta contra mí para alejar los delirios con las canciones que tú mismo me enseñaste a cantar. No tuvimos hijos, no compramos una casa con jardín, no acumulamos ni deudas ni dinero, pero ahora tenemos tiempo, tenemos un techo y un insomnio permanente. No es fácil dormir frente a la visible inutilidad de tanta catástrofe diaria.

El sueño no puede eliminarse pero puede destruirse, reducirse y maltratarse con la vida que llevamos desde que nos despertamos. Son tantas las noches que recorremos a la vez, un paso tú, un paso yo, abrazados a la sombra, interrumpiendo el presente aquí y allí con nuestros fantasmas nocturnos y los sueños por cumplir. Son tantas las noches en que nos acostamos de manos dados con la memoria, intentando ser algo más que sólo este limbo, y ejercitamos un equilibrio permanente entre la extenuación y un renacimiento a dos.

Tú nunca vuelves de las zonas de conflicto —te susurro en los días más difíciles. Tú me respondes que no hay nada más bonito que verme dormir, que podrías contemplar durante horas infinitas el diseño de mis cejas y acariciar los caracoles de mi tupida cabellera.

Nuestra vigilia es el vehículo de un deseo consciente de cambio, voluntariamente desconectados de la matriz diaria para cuidarnos el uno al otro, señal de que aún confiamos en nosotros. Mientras todos se exponen, ahí fuera, en las redes virtuales o en los bares nocturnos de la ciudad, nosotros nos encerramos en la habitación y vivimos sin avances ni retrocesos, como si fuésemos una tienda de artículos de segunda mano, un lugar contra la sociedad de consumo, reciclando hasta nuestros días más inútiles, repitiéndonos en las costumbres y en las conversaciones, deambulando sin límites ni objetivos. Es al descansar del día cuando compartimos el abandono de la conciencia donde tú y yo nos encontramos, tal y como siempre fuimos, en un tiempo suspendido que es sólo nuestro, donde nadie nos puede convencer de absolutamente nada.

Es en ese extraño momento en el que ambos nos detenemos y nos juntamos a la multitud de soñadores de la ciudad. Apagamos las luces como si no faltase nada más, ni dinero, ni trabajo, ni aflicciones, solamente estos cuerpos ignorando a los espectros. Quizás fuera Freud el primero en dejar constancia de todo esto cuando afirmó que los sueños no son más que piezas de una infancia reprimida, olvidando que también pueden ser ensayos secretos de un futuro mejor.[…]

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Source http://www.algumapoesia.com.br/poesia3/

Eugénio de Andrade, traducción y selección de poemas inéditos

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VIAJE

 

Iremos juntos separados,

las palabras mordidas una a una,

taciturnas, centelleantes

—oh mi amor, constelación de bruma,

hombro de mis brazos vacilantes.

Olvidados, recordados, repetidos

en la boca de los amantes que se besan

en lo alto de los navíos;

deshechos ambos, ambos enteros,

en el rastro de los peces luminosos,

ahogados en la voz de los marinos.

 

NO ES VERDAD

 

Cae, como antaño, de las estrellas

un frío que se extiende por la ciudad.

No es de noche ni de día, es el tiempo ardiente

de la memoria de las cosas sin edad.

 

Lo que soñé cabe en tus manos

desgastadas de tejer melancolía:

un país que crece en libertad,

entre almiares de trigo y de alegría.

 

Pero la muerte pasea por las habitaciones,

ronda las esquinas, entra en los navíos,

su mirada es verde, su vestido blanco,

huelen a ceniza sus dedos fríos.

 

Entre un cielo sin color y montañas de carbón

el ardor de las estaciones cae podrido;

los mástiles y las casas escurren las sombras,

sólo la sangre brilla endurecida.

 

No es verdad tanta tienda de perfumes,

no es verdad tanta rosa descepada,

tanto puente de humo, tanta ropa oscura,

tanto reloj, tanta paloma asesinada.

 

No quiero para mi tanto veneno,

tanta madrugada barrida por el hielo,

ni ojos pintados donde muere del día,

ni besos de lágrimas en mi pelo.

 

Amanece.

Un gallo raya el silencio

dibujando tu rostro en los tejados.

Yo hablo del jardín donde comienza

un día claro de amantes entrelazados.

 

ELEGÍA Y DESTRUCCIÓN

 

De ese tiempo en que se sigue siendo niño

durante miles de años,

traje conmigo un aroma de resina,

traje también los juncos rojos

que ladean la orilla del silencio,

en este cuarto, ahora habitado por el viento;

traje incluso una mirada húmeda

en la que los pájaros perpetúan el cielo.

 

Difícilmente olvido la calle donde encontré

tus ojos inmensos, fascinados

por el fulgor secreto de las espadas,

la casa donde te conté, con las manos trémulas,

la parábola del pan y del vino,

dando a cada palabra un rostro nuevo.

 

La ciudad donde te amé fue arrancada

y no puedo destruir a los centinelas del miedo.

Pero tampoco puedo dejar de quererte

con besos y relámpagos,

con sueños que tropiezan en las paredes

y se alimentan de terror y de alegría,

mientras el tiempo sigue sollozando.

 

¿Qué me queréis verdes sombras de luna

en mi cama donde adormece el frío?

Aquí estoy, más alto que el trigo,

sangrando en los pétalos del día,

y sin recelo de que a nuestros gritos

aun los llamen brisa.

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ESBOZO DE UNA EXPERIENCIA (de traducción)

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Te imagino paseando por las calles de Lisboa, dando vueltas por O Chiado, calle abajo, dejando atrás a Camões y a Pessoa. No soy yo quien mira al escaparate de aquella librería en la que siempre entrábamos, quien compra el libro As Palavras Interditas, Até amanhã. No soy yo, fuiste tú, tú que no estabas aquí cuando yo imaginaba, aún sin saberlo, los versos del poeta:

 

Despierto sin el contorno de tu rosto en mi almohada,

sin tu pecho terso y claro como un día de viento y comienzo a

erguir la madrugada apenas con las dos manos que me dejaste,

vacilante en los gestos, porque mis ojos se fueron con los tuyos.

 

La poesía de Eugénio de Andrade llegó así para quedarse, anidando en mi vida, vida de traductor y vida de tu amante. Luego vendría el respirar sus palabras poco a poco, regresar a la vida de a diario cabalgando una mirada distinta, sus palabras como mías, recordando aquella pasión que fue la primera lectura, prolegómenos de esta traducción, este libro en la cocina de tu casa (metáfora de una revelación) mientras desfilaban en el televisor las atrocidades de las sombras nefastas de nuestros días, y yo, con la noche allá fuera, repitiendo en voz alta:

 

Cae, como antaño, de las estrellas

un frío que se extiende por la ciudad.

No es de noche, ni de día, es el tiempo ardiente

de la memoria de las cosas sin edad.


 

Y ahora que ya estamos aquí, que hemos vuelto, una vez más, a caminar juntos esta arena y sus orillas, sigo en el aire el rastro de tu lengua, esa lengua que es boca para estos versos; y me enredo con los extraños sueños que da la luz, arrastrando entre las sábanas mis dedos, adelantando las manecillas del reloj mientras te espero, encogiéndome fetal y ebrio, alzando con mi brazo esta copa con el deseo de que no pase el temblor. Y que vuelvas pronto, Amor mío, amor de una breve madrugada de banderas. Porque aún recuerdo tu regreso con este libro, proponiendo con tus labios nuevas preguntas e incertezas:

 

Qué puedo yo hacer sino escuchar el corazón inseguro

de los pájaros, apoyar la cara en el rostro lunar de los borrachos y

preguntar qué fue lo que pasó.

 

Nada más abrir la puerta sonreías con relatando sin pausa tus historias lisboetas, ese equipaje que tanto haces levitar como una madre de nubes y futuro, alimentando los erráticos deseos de mi memoria… Amor, he susurrado pecho adentro estas palabras, estos versos, siempre antes de medianoche para invocarte, siempre, cuando me dejabas con tu ausencias de ocho horas y cuarenta y cinco minutos, porque:

 

Un pájaro y un navío son la misma cosa

cuando te busco con el rostro clavado a la luz.

Y sé que hay diferencias,

pero no cuando se ama,

no cuando apretamos contra el pecho

una flor ávida de rocío.

 

Es así que también las palabras cobran vida, dando vueltas y revueltas en nuestras cabezas mientras llega un domingo más irrumpiendo en la puerta. Pero siempre en medio de palabras, de palabras prohibidas, palabras que solamente nosotros conocemos. Hasta mañana.

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