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Cuando salgo, ellos ya están ahí. Siempre y a la misma hora, pelo blanco y con un sonrisa también bajo sus ojos de círculo ártico. Lars e Anna disfrutan de nuestro clima de temporada, el otoño en San Agustín (Gran Canaria) que despunta por costumbre, y con el sol, a las 7 y 10 de la mañana, cuando todo está por abrir y el horizonte es mitad fragua, más allá de las nubes, que anticipa los hornos mañaneros del pan del invierno.

Cuando salgo del apartamento para ir al trabajo, Lars y Anna ya están ahí aguardando el triunfo del sol, alrededor de esa mesa de liturgia que construyen para desayunar: pan de centeno, queso plato, embutido en lonchas, miel y mantequilla, mermelada de frutos del bosque y café, café alemán, café americano, café sueco… cafe en tazón, café aguado pero simpre caliente; para tomar a voluntad todo lo que quieras.

La pareja de ancianos se sorprenden con mi presencia antihoraria; ellos están de vacaciones; Lars y Anna huyen del frío invierno norteño. Y en los apartamentos de enfrente aparezco yo sin aviso, sin más, pero me sonríen y me saludarán próximamente casi con toda certeza.