La obra de Federico J. Silva respira juego y creatividad por todas partes, provoca, también, de manera natural, a la manera de los chiquillos, como los perros cuando, yéndose hacia debajo de la cama nos miran y dicen “haz que no me ves, voy a morder tus zapatillas”. Porque hay una entrega en ello, una entrega a la Poesía; porque hay riesgo y honradez. De aparentares y disimuleses, nada se ve; la mediocridad, se denuncia. Y no es la obra del poeta una cómoda; es un poeta exigente con sus lectores y así lo manifiesta. Con él se puede estar o no de acuerdo en cuanto a sus planteamientos poéticos y estéticos… pero es un hecho que lleva escrita una obra sembradita originalísima en toda la literatura hispanoamericana. A continuación, ya gracias al escritor Miguel Sánchez, reproduzco aquí la reseña que éste escribió sobre Palabrota Poeta (Ediciones Vitrubio), en la revista El Guiniguada Revista de investigaciones y experiencias en Ciencias de la Educación, Nº 23 (2014) pp. 173-174,  eISSN: 2386-3374.

El título de la publicación, Palabrota poeta, da cuerpo a un hermoso divertimento poético. El autor, Federico J. Silva, nos presenta una serie de poemas que coquetean con el tautograma pero sin encorsetarse en su propios límites. El resultado son treinta cuatro piezas que resaltan el potencial poético de las palabras que las conforman.
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En Palabrota poeta, como ya adelantamos, encontramos una estructura ágil, nada rígida, que sin encerrarse completamente en el tautograma, lo resalta y dignifica. Los poemas se presentan ordenados alfabéticamente. En el primero predominan las palabras que empiezan por la letra “a” y en el último aquellos que empiezan por “z”.
El autor no olvida la grafía “ñ”, a la que dedica la composición XXI, ni los dígrafos “ch” y “ll”. A título de ejemplo extraemos el dedicado a la “b”:
Bestia de betún y barro basta,
boca beso tu benemérita a bocajarro,
bárbara bucanera, basilisca belladona,
bebo tu bilabialidad de benceno.
Bah, el busilis:
la búsqueda de la beldad o una biopsia de lo bueno.

Federico J. Silva reclama en cada línea, al igual que Cortázar, una obra que reivindique la creatividad y el juego. Ya el propio título es toda una declaración de intenciones.
Coquetea con el surrealismo y la literatura potencial por la capacidad abierta de sus propuestas, sin límites ni anclajes previos. Recoge además uno de los principios fundamentales del modernismo, la evocación de los sentidos, pues cada una de
las composiciones logra despertar en el lector sensaciones relacionadas con el tacto, la vista, el oído, el gusto o el olfato. Su trabajo, fresco y vital, nos recuerda la poética del ya mencionado Rubén Darío, de Tomás Morales… la poesía sensorial de
Alberti, Salinas, Gerardo Diego, Jorge Guillén, García Lorca… y reclama el valor de la palabra como puente entre el hombre y las emociones.
Las características expuestas hacen de esta una lectura recomendable tanto para lectores avezados como para aquellos que se adentran en el universo lírico, para adultos y para jóvenes, lectores estos últimos de los que esta disciplina está tan huérfana, tan necesitada.

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