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Una tarde de una vida cualquiera

Imaginemos una pequeña caja… Un buen día, rebuscando debajo de la cama o dentro de una gaveta, bien al fondo, tras todos los pantalones, camisas y chaquetas colgadas, incluso puede que bajo algunos montones de libros y zapatos, la encontramos, sin más. De alguna manera sabíamos que estaba ahí, que la poseíamos aun después de tanto tiempo sin saber de ella. Pareciera como si desde el colegio y el instituto nunca más volvimos a verla o sentirla. Sin embargo, sigue ahí. En el mismo sitio donde la habíamos dejado… Al sacarla, la limpiamos y nos sorprende descubrir una delgadísima película de polvo, palpable para la yema de nuestros dedos como sueño entre las manos. Tomados por la alegría, enseguida compartimos el descubrimiento, la extraña floración que ha salido de algún lugar remoto y se la mostramos a los otros. Sorprendentemente, todos parecen conocerla bien y les gusta y hablan de la caja y asienten como si la conocieran científicamente en todos sus límites. Pero no la miran como nosotros. Cuando nosotros la miramos, observamos con inocencia y gratitud que es inmensa e inabarcable…

            Así es que la Poesía se abre camino y encuentra, en el tiempo, modos nuevos de “decirse”, de sorprender y provocar cabalgando los mismos temas de siempre. Y es que, si no fuera así, si nada lograra de lo anterior, simplemente flotaría como pez muerto en un mar de mediocridades o ensimismamientos onanistas. Y a veces es así. Sin embargo, en el caso de Pedro Flores tenemos a un poeta completo, de expresión cercana que logra hondura y muestra sentido del humor; que sorprende y llega a renovar la denuncia social sin adoptar tonos de anuncio televisivo, ni eslogan publicitario. Se trata de un poeta sólido que al igual que Federico J. Silva se lanza al diálogo entre tradiciones y autores, y desarrolla, también, una de las obras más amplias desde los 90 hasta la actualidad. Si bien la expresión cercana y la extensa obra de Pedro Flores lo expone a no llegar con sus golpes en todas las ocasiones, es un riesgo que asume y acepta, moviéndose con mucha soltura en la mayoría de sus poemas. Asimismo, y como curiosidad destacable, es el primer poeta que dedica un libro (“Memorial del olvido”) a mirar con otros ojos (ojos críticos, serenos y de distancia) la historia de Canarias en tiempos de la conquista, re-creándola a partir de ella misma.

La venganza

 

Ejecutose aquella cruel sentencia la víspera de

Pentecostés por la mañana, en medio de la

plazuela que hoy es de San Antonio Abad…

VIERA Y CLAVIJO

Gobernador Pedro de Algaba.

Verás tu cuello postrado en el cadalso.

Verás rodar las nubes.

Ese que hoy se aleja encadenado

volverá al veneno de las conjuras

y te pondrá en la voz del pregonero.

Ese echará tu vida a los tambores.

Lo último que veas

ha de ser la sonrisa de Rejón.

Y nadie tendrá piedad

para cerrarte la mirada.

De Memorial del olvido (1996)

 

Carta a Penélope

 

Te escribo, Penélope,

a orillas de la espera,

hacia no sé qué lugar del mar,

tejiendo escenas de regresos

en la desangelada urdidumbre

de la impaciencia.

Decirte solamente

que Ítaca no es la misma

sin ti,

que no tiene el mismo encanto

charlar en el ágora

a la hora en que Apolo

retira al Sol en su carro.

Que ha perdido en oráculo

su confianza de antaño.

Está de más desearte

que te sean los vientos propicios.

Guárdate de los engaños del Hades,

de las islas con cíclope,

de la legendaria envidia de los dioses

y faltaría a la sinceridad

si no te dijera que también

del dulce canto de los sirenos.

Sin más me despido;

vuélvete a tu Odisea

que yo me vuelvo a mi trama,

y aunque desde el día de tu marcha

no he encontrado el hilo,

tejiendo,

cómo no,

tejiendo te aguardo.

Tuyo, siempre:

Ulises.

Ítaca.

Mil novecientos

noventa y cuatro.

Bestiario

 

El poeta es una vaca.

Gerrrit Achterberg

Efectivamente en ciertos casos

el poeta es una vaca;

una bestia utilitaria y afable

hecha a la rutina del granjero,

regocijada en su cielo de paz verde,

ignorante del eco de los bramidos

en la helada losa de los mataderos

– Hay lugares donde los niños

no han visto jamás una vaca-.

El poeta puede ser un buey

que el fuego repentino en el corral

convierte en toro inesperado, o viceversa,

de lo que se deduce que el poeta

puede ser una gallina.

A menudo el poeta es un ganso

hecho al prado amarillo del ocio,

vivo gracias al recuerdo del tiempo

en que lideraba salvajes hordas migratorias.

El poeta puede ser un potro

desdeñoso del lazo y de la espuela,

condenadas sus huellas a la lluvia,

su leyenda al calor de las hogueras.

Pero ante todo el poeta es un cerdo;

se come cualquier despojo,

retoza resignado por el lodo,

úsase su nombre con asco, con odio,

para después de muerto

aprovecharse de todo.

Nunca prendimos París (1998)

 

Fin del hechizo

 

A las doce;

cuando tengas que abandonar

el baile y se tornen

calabaza la carroza,

ratones los corceles,

andrajos el vestido,

ceniza el resplandor,

por favor,

no te olvides del zapato.

El complejo ejercicio del delirio (1998)