Vueltas y revueltas, para una aproximación a la obra de Eugenio Padorno


Todos nos agitamos
como flores cerradas por un apasionado viento.
El viento no nos conoce.
 Antidio Cabal

El azar puede determinar la vuelta a la obra de muchos autores, pero solamente aquellos que han hilvanado una obra llena de cuerpo permiten, con los años e independientemente de ellos, una relectura, un espacio nuevo para su interpretación. La obra de Eugenio Padorno se encuentra entre estas, pues permite al lector conocer, como si de una primera vez se tratase, unas letras que en un principio probablemente pasaran por oscuras y eruditas, alejadas de la vida. Esta segunda posibilidad, víctima de un cierto azar, podrá hacernos reconocer a lo largo de todos los libros publicados por el autor, al poeta, al profesor, al filósofo, y también al hombre que vive bajo su letra.

La poesía que encuentra Eugenio Padorno, ya desde sus inicios, horada, como por instinto primario, las tierras raras de la reflexión sobre la creación literaria, el cuestionamiento acerca de los hilos articulantes de los procesos creativos, maravillado el escritor ante un horizonte oblongo y manso, a sus pies, por un instante:


HABITANTE en luz,
sentir sus embestidas
por los alrededores tibios
de las formas precisas,
sembradas a voleo. Viene creciendo
hasta mis labios de no sé qué venero.
Miedo me da de alzar los hombros
por no romper su transparencia.
[…]
            Todo me está diciendo: estás.
            En el fondo del aire
espera una forma posible
de la muerte,
virgen para tus ojos que pregunta,
oh viajero en la luz,
de paso hacia la nada.

Se percibe una entrega exclusiva, en los primeros poemas, a la Poesía, sin más, al tiempo que intuimos una inclinación personalísima hacia el trabajo del lenguaje. Es también desde la poesía que Eugenio Padorno guía sus naves hacia el pensamiento y la filosofía, de la mano de la reflexión sobre la creación literaria y el enfrentamiento familiar con esas incertezas que abonan todo proceso creativo, la indagación acerca de los porqués, sus primeros y propios porqués (¿constantes?), sobre el antes y el después de la letra escrita, sobre esos ecos que, una vez liberan su irradiarse desde dentro, empapan toda la realidad del que escribe. Es desde aquí que el lector puede leer los conocidos minutarios del autor como el fértil y natural emparejamiento (hallazgo, descubrimiento) entre un terrero ilimitado, sin las cercas del verso vertical y dictatorial, y las ansias del autor por encontrarse y decirse, por erguir y mostrar su pensamiento; aquí el poeta comienza a dar vida a la costumbre de mudar la piel constantemente, la búsqueda perpetua del que se sabe habitante de un seno filosófico, y que busca sin pausa llevar su peso a la cima.


Primero me fue dado oír sólo dos o tres notas luego hube de seguir por mi cuenta —con la disposición auditiva de un felino— el resto de la remota melodía… Y es que, a veces, sin que jamás hubiésemos oído cierta secuencia musical, hemos tenido la experiencia de haber sido capaces de preverla, de adelantarnos en el tarareo de sus notas, porque de su secreto debíamos estar hechos, fieles a la evocación de su tonada, ritmo de quiebros aún inexistentes. más, de algún modo, a tientas, como avanzar a tientas, con las yemas titubeantes de todo el cuerpo entre la tierra firme y los perforados abismos del alfabeto Braille.

El pensador en el poeta poco a poco toma cuerpo, un cuerpo que le es propio y natural, volviéndose, al mismo tiempo, inseparable del poeta, amante de la poesía, buscándose incluso cuando el género textual pretende separarlos. Porque la poesía, en Eugenio Padorno, es medio y alimento para sí misma, temblor para el pensamiento:


Pues bien; así he iniciado estas líneas, a las que dejé que fueran poco a poco imponiendo lo que llamo “su” música, en la sospecha de su naturaleza, desarrollo y deriva. […]
 
Este DECIR no es el de un hacerse con palabras, sino, más bien, lo contrario: un deshacerse de ellas, con transacciones incluso generosas, pues no es permitido ir examinando y calculando en el acierto de la enunciación que pasa a estar entre otras cosas necesarias; este DECIR es un des-cortezar (a la manera, por ejemplo, que se quitan las sucesivas capas de una alcachofa o de una cebolla), y al tiempo que se avanza hacia el núcleo, no deja de anunciarse su desaparición: es ¡ante nuestros ojos! un progresivo igualar el Todo y Nada. Lenguaje que se hace silencio que antes fue lenguaje.

Temblor éste como aquel que desvelara la filósofa María Zambrano, que encuentra otros ecos y cuerpos en nuestra literatura (véase la obra de Jorge Rodríguez Padrón) y que en la obra de Eugenio Padorno se extrema a través del compromiso del autor con el lenguaje y la exigencia expresiva, exigencia ésta alejada de la naturaleza lúdica que, por ejemplo, podemos encontrar en otros poetas como Federico J. Silva. Es por ello que la lectura de la poesía de Eugenio Padorno, y también de su obra en prosa (ensayo, crítica literaria, poesía horizontal) provoca en el lector la suficiente extrañeza como para empujarlo al cuestionarse acerca de los motivos y deseos que llevaran al autor tan hacia los brazos del lenguaje, tan hacia ese aire grave y solemne romántico en cierta medida, sobre todo cuando el autor se reconoce:


[…]el fascinado pescador de bajura que si bien se inclina sobra la transparencia de los charcos, ha dejado dispuesto en las altas mareas de la luz el grave anzuelo con el engodo único de su alma, y aguarda, aguarda el primer leve halar desde lo oculto que da paso al tirón extremoso del lenguaje.

Es precisamente la relación que el autor establece y alimenta con el lenguaje lo que invita a la persona que es el autor (la parte humana de todo artista) a participar del laberinto y viaje de la creación literaria, dejándose ver en sus textos, en apariencia vestido pero desnudo, en realidad, cubierto con poco más que dudas y preguntas todo artista) a participar del laberinto y viaje de la creación literaria, dejándose ver en sus textos, en apariencia vestido pero desnudo, en realidad, cubierto con poco más que dudas y preguntas


[…]
¿PERO estaba la vida verdadera en aquello que entonces comenzaba a escribir? ¿Aquello que en forma de recuerdo o de ausencia (de desposesión o de desconocimiento) quería hacer mío? ¿En lo que ahora escribo, en lo que estoy diciendo, o estuvo y está fuera de mí, en ese escribo?
¿Obtiene el escribir la vida verdadera o sólo en él se manifiesta el escribir del escribir? ¿No está más bien la vida real y poderosa en cualquier parte, excepto aquí, el delicado espacio de un aquí que no está en parte alguna, que es un sonido que acaba de disiparse en un cataclismo silencioso?
[…]

Este humano temblor, a lomos de una inquisición del pensamiento, acerca al poeta a la persona que habita, aconteciendo entonces que poeta y hombre mutan en pensador, ensayista, crítico y jardinero de la literatura canaria como entidad real y corpórea con un pasado, un presente y un futuro en dolorosa construcción. Y cuanto más alcanza la visión del escritor sobre la realidad —social, histórica, cultural y lingüística— que lo afecta y circunda, más nítidamente se distinguen los colores de aquellos otros cuerpos que hablan a través de él. Y tanto es así que pareciera que es sobre la forma del ensayo, del texto de reflexión, crítica y pensamiento donde el autor se siente más cómodo o donde el lector puede verlo más y mejor, sin las cadenas del compromiso y exigencias del lenguaje. Es aquí, en la prosa de Eugenio Padorno, donde el hombre que es poeta y pensador expresa su malestar, la queja por una realidad —literaria, en este caso, pero también social— que continúa perpetuando viejos males, viejos castigos, viejas (¿connaturales?) desidias, sin nunca abandonar el seno del cuerpo poético, quizás porque también siente poesía y pensamiento como un único cuerpo habitado por personas de carne y hueso que se entregan a escribir.

Un futuro apenas perceptible

De la pesca mi padre me enseñó el olor dulzón

de las cabinas de los camiones, la fantasía de las pistolas

 y navarones, el sake de los kamikazes

y el Yamato que mi imaginación enaltecía entre las estrellas.

Hoy desisco gusanos amenazantes,

de mis dedos las migas de un pan carente

que traviste el recuerdo en las pupilas,

el cordel que en el pez presiente el descoyunte final.

Todo arde con cada palabra

sobre el ara de un futuro apenas perceptible.

Bajo la atenta mirada del televisor

¿Qué harás cuando se lleguen

a tu cama los lobos

y en tus sueños comiencen

a devorarte los pies?

¿Qué harás cuando, al querer gritar,

claven tus cuerdas vocales

erizos de mar y con tus dientes

te ahogues

—palabra tras palabra—

en los arenales de una voluntad

nuevamente insatisfecha?

Sin hogar y sin futuro

adormeces con la vida al cuello,

bajo la atenta mirada del televisor.

En conversación con un amigo, R. Alzala.

Lleva cuarenta años junto a la playa

y aún no ha llegado.

Así son los naufragios.

R. Alzala

Alguien me dijo que las notas de campo caducan:

son como pan de ayer

Desconozco si sucede lo mismo con los versos encerrados en el cajón, versos que nunca estuvieron completos o poemarios inconclusos. Dos ejemplos son Vacaciones Indefinidas y 20 kms al Sur del Infierno. Si bien rescaté algún poema de esos momentos y pasaron a ser poemas de cabecera o formar parte de alguna publicación, el resto están faltos de algo. Revivirlos no sé si serviría de algo, ¿con qué fin? ¿Sumergirme en la vorágine de hace más de 10 años? ¿Soy el mismo? ¿Esas letras son las mismas?

            El otro día volví a ellos. La sensación no fue negativa, un transporte al pasado, versos destacables, cierta unidad, conceptualidad como aquel Círculos Concéntricos de aquel poeta que no recuerdo. Un hilo, una historia que seguir entre versos, volver a los estados intermedios. Puede que esté bien donde se encuentran, como los restos del Titanic. Pasárselos a J no haría mal a nadie. También leí mi diario de viajes, algunas líneas me transportan al momento exacto, otras me recuerdas situaciones olvidadas.

Con la prosa tengo la sensación de que existe otro camino. Aún así, eso de reposar lo escrito debería valer para cualquier manifestación literaria. Con la prosa me ha pasado algo diferente. Sea un relato o un capítulo, tengo la sensación de concluir, que está terminado o, si a caso, modificarlo sin que me cueste demasiado ni suponga un quebradero de cabeza.

Nada comparable al quebradero de cabeza que me produce la poesía a este respecto. Podría incluso continuar una novela o un relato o reescribirlo sin tantas preguntas. Aunque ya me ha pasado con un novela, estar en otro momento, aunque no llega a ser tan complicado como con la poesía.

Desconozco lo que oculta la poesía, si es fruto del instante y a medida que ese instante se dilata pierde un algo. Puede ser, y es algo personal,  no a todo el mundo le pasará; tal vez se trate de mi propia visión y de «escapar» o no darle bombo al pasado. No ser esclavo del pasado.

Pienso que la mayoría de mis poemas, aquellos que perduraron, fueron fruto del instante, y alargar las diferentes etapas de creación es como si lo condenaran o debilitaran.

No puedo generalizar, cada escritor tendrá su propia visión, dudo que estas palabras puedan servir de ayuda para alguien, ese lanzar una balsa para un barco que no ha naufragado.

La tribu

La tribu está de vuelta pero no llegó ayer. Durante las últimas décadas fue haciéndose hueco entre nuestros pensamientos, alimentándose de miedos y deseos. Opera siempre de la misma manera, ocupa los lugares vaciados de razón, prolifera con discursos en la médula de fósiles atávicos, regando las siemprevivas de la desconfianza, el miedo y el odio; reanima los ecos de ese oscuro agujero en el que el ser humano se inflama y llena de sangre, cuando lo sabe alejado de la búsqueda de alguna verdad o bien común, o que anda distraído.

La tribu come despacio, sabe esperar el momento adecuado. Entonces salta de entre las sombras y bloquea nuestro paso insistentemente. Y ha sido paciente. Tras casi una generación al soco de las clavículas de las viejas y grandes ideas y luchas de otros tiempos, la tribu se ve hoy legitimada para proyectar su masturbatoria y mórbida ceguera sobre la sociedad y los individuos. Nada importan sus excesos, intercambiar unas injusticias por otras, crear nuevos enfrentamientos en el seno de la sociedad en vez de procurar el diálogo en el disenso. El poder es lo único que importa, la masa, y ahora se exhibe junto a su melliza, su volumen negativo, la némesis que propició a su imagen y semejanza. Ambas conducen al abismo porque hacia el abismo nos conducen y se abrazan.

El miedo fortalece a la tribu y la tribu promociona el miedo, alienta la incertidumbre de inciertos tiempos venideros, mientras se crece con la existencia de su opuesta. Ambas se alientan y se buscan, se azuzan y fustigan, la una a la otra, íntimamente, para hincharse el pecho y las palabras. La tribu es la ceguera que censura la razón crítica, la enfermedad de los ganaderos de cabezas que consume al individuo con las promesa articuladas bajo la complacencia de algún ismo, alguna ista o ita, algún ero, algún anti, algún ultra, algún ino o alguna ina o alguna otra moda. La enfermedad entonces se propaga, alcanza las vísceras y la boca, y de ahí estrangula los circuitos neuronales encargados del pensamiento autónomo e independiente, enrocando las razones del individuo en los intereses de los líderes de la tribu, en su defensa irracional y enrabietada.

La tribu y sus acólitos se arrogan siempre una superioridad moral sobre todo aquel discurso extraño y no coincidente, sobre aquellos que no demuestren su pertenencia a la tribu. Los individuos condenan así, de antemano, toda posibilidad de diálogo, impedidos por una especie de sordera de la lengua que no deja hablar, que rechaza cualquier punto de encuentro con la opinión, el argumento y la experiencia ajena. Está fuera de lugar cuestionarse las propias ideas y filiaciones: manda el placer que me proporciona la pertenencia a la tribu, pues la tribu colma las aspiraciones del ego, apacigua ansiedades y miedos.

La enfermiza necesidad de etiquetar al otro, de marcarlo cuanto antes como amigo o enemigo caracteriza el comportamiento de los individuos de la tribu. Y cualquier estrategia es válida: tergiversación y manipulación, ridiculización, ataques personales, acoso, violencia. Como resultado, los individuos de la tribu caen en la contradicción de escenificar aquello que critican, de perpetuar la injusticia que dicen combatir. Y no parece importarles. La tribu tiene sed de poder y sus individuos quieren que algo de esa lluvia dorada les empape.

A veces, la tribu coincide con el gobierno de turno; otras, con el partido de la oposición, o un partido minoritario de nueva aparición. A veces, la tribu son todos ellos y otros más, y deviene entonces una hidra jedionda encantada de devorar a sus hijos y los pedazos de sus hijos. Porque la tribu aspira a reinar sobre su propio gólgota.

Crítica literaria en Canarias: dos perspectivas

No existe crítica literaria en Canarias. No existe la crítica literaria de libros que se dedique con autonomía, independencia, coraje y compromiso al análisis y valoración de la obra literaria. Hay, sí, y en cantidad aceptable y con un cierto dinamismo, reseñas, antologías, ensayos literarios e investigación filológica. Pero no crítica de obra literaria singular. De todas estas “posibilidades críticas” (reseña, antología, ensayo, investigación), la reseña es nuestra gran oportunidad perdida. La reseña que leemos por estas latitudes se autolimita a satisfacer la función promocional de la obra y, habitualmente, el mercadeo de favores, la sencilla adoración del amigo o el enamoramiento de una primera lectura. Se lee, cierto es, una intención metaliteraria, pero se evitan los juicios de valor y estéticos distintos del mero parabién. La función promocional y de felicitación gana tal dimensión que, como un festivo golem gigantesco, ensombrece y aplasta toda pretensión analítica. Y junto a este golem, el autor de la reseña acapara, frecuentemente, tal protagonismo que el libro, objeto, supuestamente, de sus palabras, queda relegado a un plano residual.

El ensayo literario y la investigación filológica, al contrario, arriesgan una valoración implícita (la elección del autor de su estudio, por ejemplo) pero ofrecen un perfil incompleto de la obra estudiada cuando silencian los naturales vaivenes creativos del autor. En lo que respecta a las antologías, estas tienden a evitar el compromiso y el riesgo valorativo explícito, eluden la propuesta teórica, la reflexión, la definición de sus porqués, identificar corrientes, estilos nuevos cánones. En definitiva, no se asumen riesgos. Y, sin riesgo, ¿qué nos queda en Canarias de Literatura? Y sin pensamiento crítico en Literatura, la Sociedad ahonda su enfermedad, su apatía, y condenamos al individuo a satisfacer la avaricia de los grandes grupos editoriales, al onanismo eterno de lecturas que no exigen, fácilmente digeribles y excretables. Y así, solo el lector, huérfano de alguien que le proponga ese diálogo reflexivo que es la crítica literaria, rodeado de un “qué bueno que es todo”, acaba por sospecha de la validez de su literatura más cercana, y la rechaza.

¿Acaso lo reducido del territorio nos vuelve acomodaticios y serviciales? ¿Acaso evitamos el riesgo y la responsabilidad de la Literatura? …Algunos dicen “esto es un sitio pequeño, “aquí nos conocemos todos”, “no vale la pena enemistarse con nadie”; “yo también quiero que me publiquen. Excusas. Instinto de conservación. Ensoñaciones. Desinterés. Falta, quizás, de perspectiva para la literatura en Canarias, o una perspectiva limitadísima.

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Encuentros improbables – I

Entonces, respondió Almitra: Háblanos del Amor

… Carlomagno luchó por esto, a Il Duce lo ataron de su coche despellejado como un oso y colgado cabeza abajo por esto… Del suicidio de Carlos S. queda, entre otras cosas, el recorte del artículo escrito por Juan José Millás, y una serie de palabras sobrerrayadas. El autor, ante su ansiedad mientras espera por Carlos S., cuenta para nosotros el número de lámparas y el número de letras y sílabas de ciertas expresiones. Nos confiesa, «debo obtener el mismo resultado. Si no, sucederá una catástrofe…». El artículo hace de marcador en «El profeta», de Khalil Gibran, que leo a ratos en el baño… Hacia el norte veo a dos hombres que alimentan a 45 palomas y las palomas deambulan en círculos rotos, desperdigadas en grupos de 8 o 10 como si estuvieran unidas por una cuerda giratoria y son las tres en punto… Un suicidio inverso podría ser la conclusión del artículo, pero es solo un pie de foto destacado en mayúsculas bajo la fotografía de Carlos S. Sin embargo, el poeta, traductor y crítico literario insiste en recordar el «cóctel» (las comillas son de J.J. Millás) y el color azulado que, al mezclarlo con el yogur, adquiere, y que toma Carlos S., como despedida… Vivir es un suicidio inverso, de once sílabas si no fuera más que un «largo abrazo»… Un suicidio marcando ahora el lugar del Amor…

… Durkheim concluyó que la tasa de suicidios en los países europeos se mantenía prácticamente constante, y que los «picos» correspondían con épocas de guerra o crisis económicas… Un suicidio marca el lugar de la más alta traición a todos y a todo, aunque habéis de saber que tengo un pájaro azul en el cerebro, por consiguiente… Creo que siempre es preferible la neurosis a la imbecilidad, que el Amor os trillará para dejaros desnudos. Os cercenaré para liberaros de vuestras granzas. Os molerá para sacar a la luz vuestra blancura. Os amasará hasta que quedéis dúctiles. Y luego os colocará sobre el fuego para que podáis convertiros en el pan del festín de Dios… En el aeropuerto. Estoy en un aeropuerto sin mujeres. «Un aeropuerto sin mujeres es un cementerio, un lugar desolado», me escribe R. Alzala. «El suicidio inverso de la Vida, del Amor», pienso… Cicerón lucho por esto, Jake LaMotta y Waslaw Nijinski, pero alguien nos robó la guitarra… J. Lobo Montenegro se tumba en el suelo. Es la una y veinte de la noche y alonga una mirada a través de los cristales de la puerta corredera. En el patio dos gatos parecen turnarse para hacer sus nosequé, aunque se intuye que buscan el olor de su propio trasero en la maceta de las cebollas. Sting suena al fondo, y Pinocho sigue aún colgado por sus verdades, pegado y mellizo a su sombra. Sobresaliente entre unas hojas, el poeta, traductor y crítico literario escribe, busca unas penúltimas líneas para hablar del Amor aunque, una vez más, solo alcanza a reconocer la mirada que me acerca a este mundo. Sin asidero posible. Escurridiza como ella, como tú, como esos cuerpos que busco, cuerpos que encuentro al acostarme y cuando despierto ya de noche sacudido por extraños temblores. Aquí soy una isla pequeña y desnuda, que ofrece, sin querer, la transmutación en creación y luz de la urdimbre que convulsiona la mirada… Dicho todo, y con todo lo que queda por decir… No hay que hacer ahora salvo desembalar… Y permanecer…

… Eppur si muove,Galileo Galilei.

«El tren del infinito», reseña

El Tren del Infinito (Anroart Ediciones, 2007) libro de poemas de Juan Carlos de Sancho, traducido al portugués por Candelaria Cecilia Ruano. Quien se acerque a la obrade Juan Carlos de Sancho a través de este libro se llevará una dulce sorpresa. Poemas de corte narrativo llenos de frescura, reflexión y magia. En ellos se delata la falsa frontera entre Poesía y Pensamiento al tiempo que nos ofrece un viaje, desplazamiento metafísico aflorando realidades excitadas por una mirada juguetona y desinquieta, la capacidad, también, de experienciar más allá de la máquina que ensordece la voz del silencio.

El tren del infinito no es travesía para excépticos y cínicos, es la confluencia donde el escritor nos reúne alrededor del unicum de sus páginas, iniciando así la evocadora deriva:

Esta es la noche que estaba esperando. Pero no debo
contárselo a nadie porque estos viajes debo realizarlos
en la oscuridad más absoluta y sin testigos. Esperaré a
que todos estén dormidos. Entonces las recogeré y las
llevaré hacia arriba, hasta el punto más alto. Y si no lle-
go, no llego. Y si llego habré creado un sortilegio.

Y la pregunta lógica es quién, quiénes son Ellas, esos seres que:

Dibujan sobre un papel nublado sus apariencias anima.
das. En sus talleres asombrosos esculpen las centellas y
los rayos. En luna llena ajustan los amaneceres y enfo-
can la inspiración y las ideas. Son las mejores, las que
iré a buscar esta noche.

Mientras tanto el título va arando lentamente nuestra lectura, calladamente siembra la imagen que alimentamos con los versos. El tren modula su traqueteo, convidándonos a una fiesta, un deseo:

Yo deseo un lugar de ficciones perfectas donde la intui-
ción pueda ser contemplada en tiempo presente, cada
noche.

El Tren del Infinito bien podría ser una novela de extensión atípica o un cuento, una propuesta de pensamiento seminal que María Zambrano entendería como esa íntima vibración donde el autor, pretendiendo decir sobre un tren en viaje hacia el infinito, nos acerca las luces de la Eternidad. Visitamos cada uno de los vagones, nos asomamos a sus ventanas, conversamos con el maquinista mientras el autor juguetea con las ideas, experimentando el cuestionárselotodo. Un simple camino de hierro es aquí la metáfora del cambio, de una variación espaciotemporal sentida en carne viva, respirada pausadamente y con emoción, con intensa emoción. Y hay más preguntas que respuestas. Todo son puentes tendidos desde unas manos desnudas bajo el seno del aire y el horizonte que promete el mar.

Soy un tren de montaña. O subo o bajo. Así que me sujeto
bien a los raíles para no ir a la deriva. Una vez pasó un
tren por mis sueñlos y me dijo: «Antes o después nos en-
contraremos». Las madrugadas revelan formas impreci-
sas en el aire. Sin embargo sigo mi camino, ciertamente.