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XII

 

Mamá, hoy, al mediodía, cuando todos dormían,

escuché al aire en las hojas secas del patio.

¿Sí? ¿Y qué decía?

Nada, un ligero sonido de hojarasca.

Y también escuché al sol del mediodía.

¿Al sol? ¿Y qué decía?

Nada, era el sol del mediodía

y, yo, lo sabía mientras me dormía.

Y, entonces, ¿nada?

Mamá, era el silencio mientras me dormía

y, el silencio, son versos, que en el papel

y en el oído, no tienen signos.

 

 

XIII

 

Juntemos, de pie,

nuestros cuerpos,

alcemos los  brazos,

hacia arriba, hacia los lados,

y seremos un árbol.

 

 

XV

 

Una extensa

cinta azul

de seda

se mueve

por el cielo,

alrededor de la luna,

de las estrellas

y cae

sobre mí

deslizándose serena

alrededor de mi cuello,

de mis piernas.

 

 

XVI

 

Mujer salinera con vestido de lino blanco

entre molinos de agua y  blancos montones de sal.

Un barco en el muelle descarga pescado y carga sacos de sal.

Una casa blanca y azul en la salina, en la primera planta la sal

en la segunda, apoyado en el barandal, el hombre salinero

de pantalón de lino y alpargata de soga.

Cae la luz roja, se encienden las palmatorias

huele a candil. Sube y baja la marea, se posa la luna llena

se apagan las velas. Se diluye la madrugada, la mar quieta,

salen las barcas, entre blancas gaviotas y flores blancas del tarahal.

La mujer  recoge las flores de sal y el hombre abre las compuertas al mar.

 

 

XVII

 

¡Venga, arriba! Cloros y sodios ¡Arriba ese tajaraste

de viento y de sol! ¡Arriba esas conchas!

y ¡que salten! ¡que salten de capa a capa

los electrones al son de las chácaras!

Ahora sueltos, ahora juntos;

de dos en dos, enlace iónico;

cristal de plata, estanques de sal:

¡la gran danza de la sal!

Y vienen y van, arriba y abajo,

una vez, otra vez más,

así, así, ¡montones de sal!

¡Arriba esas chácaras! ¡Arriba ese tajaraste

de sur y tarajal, que ya vienen,

por las acequias, recitando los poetas!

Salinero, salinero, que ya sabemos

que no es nuestra toda la sal

y mil colores tienen los espejos.

Y viene, y viene, y viene,

ahora tú, salinero, ahora tú,

expandiendo tu alma en los espejos.

Aquí, aquí en los estanques,

están los versos de las flores de sal.

 

 

XVIII

 

Caer de lo alto de mi cuerpo

y permanecer, quieta,

en mi largo y en mi ancho,

esperando, en el sueño,

subir al espacio

y viajar en el tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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