La poesía es deriva

Creación, ensayo y crítica

“La memoria mixtificada”, extractos para una ponencia de Lázaro Santana

El poeta y crítico literario Lázaro Santana, pronunció el jueves 21 de mayo de 2009, en la Sala Saramago de la FCM, la conferencia La memoria mixtificada, dentro del foro de reflexión Foro Archipiélago. En ella, Lázaro Santana hizo un repaso por la crítica que se ha hecho en las islas en los últimos treinta años respecto a los autores canarios, y señaló que a esta crítica

“la falta objetividad y le sobra chovinismo”,

que es

“inflexible e intransigente y el que se opone no es un discrepante, es un enemigo que ataca a la esencia del ser canario”.

Para llegar a esta conclusión, Lázaro Santana comenzó con unas consideraciones generales sobre el pasado y la memoria, y se sirvió de un cuento de Borges en el que al protagonista le dan la opción de conseguir una memoria prodigiosa y quien, sin embargo, escoge la posibilidad de poder olvidarlo todo.

El escritor expuso que mientras que desde la Poesía se suele mirar al pasado como un tiempo siempre mejor, existe también un miedo atávico que genera la necesidad de falsear el pasado porque

“Solemos adaptar la realidad a nuestros intereses”.

Para subrayar tal miedo, recurrió a la alegoría del desván en el que se guardan los fantasmas familiares y en el que no hay más que una muñeca rota… Es en ese momento, cuando se presenta la opción de aceptar lo que se ve, la realidad, o de seguir creyendo que lo que se imaginaba es lo cierto:

“En lo personal, cada uno es dueño de su imaginación, pero esa opción sobre la historia hay que denunciarla”.

Y esto es lo que comenzó a hacer Santana en su intervención, respecto a la crítica y estudios literarios de autores canarios en las últimas décadas. Señaló que

“la mirada provinciana casi siempre falsea la realidad”

y que, al analizar lo más cercano,

“podemos perder la perspectiva y tendemos a magnificar lo que analizamos”.

Destacó que en ocasiones tal crítica y estudio se hilvana desde un enfoque político, interesado y distorsionado, y que, en otras ocasiones, se hace por un cierto sentimiento de orfandad que desea, sobre todo, que nos sintamos“ protegidos por el pasado”.

Durante la ponencia, el escritor dio ejemplos como el caso de la poesía de Domingo Rivero de la que, recordó, se ha llegado a decir que es superior a la de Unamuno, algo insostenible, a su juicio, y añadió que este hecho se da porque se quiere

“construir un ascendente fuerte desde el que partir”.

También destacó que la interpretación que se ha venido haciendo de Nicolás Estébanez, como abanderado del nacionalismo canario, es falsa, ya que este fue esencialmente universalista y anarquista, y señaló que de su poema Canarias se ha hecho “una interpretación torcida”.

Otra de las mixtificaciones realizadas con autores canarios, apuntó Lázaro Santana, se refiere a los surrealistas. En concreto, considera que se ha magnificado la visita de André Breton a Tenerife en 1935 para enlazar directamente a los autores canarios con los franceses y negar los lazos con el surrealismo esapñol, algo que el crítico grancanario atribuye a un “complejo de inferioridad”, pues la influencia, tanto de Alberti como de Jiménez Caballero, sobre los autores canarios es, en su opinión, clara:

“La vinculación intelectual de los vanguardistas canarios se produce con autores de la Península casi exclusivamente”,

Al respecto, señaló que Canarias sí aportó dos buenas figura al surrealismo: el pintor Óscar Domínguez y Agustín Espinosa.

Frente a esta actitud, destacó como un exceso insostenible que se haya dicho del libro Lo imprevisto, de Domingo López Torres, que es “uno de los mejores libros del surrealismo”. Para Lázaro Santana, estas consideraciones tuvieron cierto sentido en 1975 tras salir del franquismo “pero ahora ya no”. Santana citó también el caso de una exposición del grupo Pajaritas de papel (1928-1930), formado por Domingo Pérez Minik, entre otros, que organizó el Gobierno de Canarias. En el texto del comisario incluido en el catálogo de la muestra, Santana encontró otro “ejemplo de irresponsabilidad crítica” ya que en ese texto se consideraba la “fundacional” e “ingente labor creativa” del grupo, cuando ellos mismos se definían como creadores de arte doméstico.

Para concluir su exposición, se abordó un ejemplo histórico de este tipo de mixtificaciones. Se refirió al pasaje narrando por el alférez Alonso Jaime Sotomayor, quien participó en 1483 en la conquista de Canarias junto a Juan Rejón. En ella, se cuenta que un canario viejo le dio a Rejón buena información para comenzar a invadir la isla de Gran Canaria. Tiempo después, algunas crónicas convirtieron a ese canario viejo en una canaria y posteriormente, en Santa Ana. Al respecto, apostilló el escritor que, en el fondo, “los que se ocupan de la crítica deben elegir si al final de su estudio se quedan con el canario viejo o con Santa Ana”.

El espectáculo debe continuar…

Asisto a un espectáculo, un espectáculo de esos que acontecen en el seno de la historia, repetidas veces, sí, cíclicas, como en una rueda avasalladora dentro de la historia y sus latidos… o eso creo… Contemplo la obra desde el escenario y los asientos y me pregunto si acaso tengo cuatro ojos, dos conciencias, un solo vaso semilleno… Estudio lo que leo y veo al final mi firma acompañada de otras apostillas que apenas conozco o sé leer; y para el caso da igual, mi diálogo es mío, y yo lo alimento y yo lo rehago cuantas veces sea necesario… Sin comienzo ni fin el espectáculo siempre continúa, es su deber, y consigo trae cientos de otros papeles, papeles viejos y más que viejos, papeles viejos con pinta de nuevos, viejas ideas con letra nueva, ideas firmadas por otros, reconocidas, alabas u odiadas por otros… Sin embargo permanezco atento a mi lectura, a mi papel blanco lleno de mis letras y dudas, tientos y quiebros… letra embarazada de recovecos. A mi alrededor el resto de asistentes -actores como yo en la obra- mezclan sus papeles con los papeles de otros, de aquellos viejos, afectándose por los vicios de otros, por las obsesiones de otros… envanidándose por la sombra de otros firmando así ese potaje que precisa un papel de culo que lo filtre…

Catéter, o no catéter

Perpetremos el experimento más freak y separemos a la Poesía de su nombre, así tan quirúrjicamente como se separa a dos siameses con alguna posibilidad de salvación y grado alguno de vida diga; hagámoslo también con las manos del borracho de día o de noche, de contrato o vocación que intenta desnudarse mientras enfila semidesnudo el sofá, la hamaca, el suelo o la cama o la comisería de policía… Quitémosle el significante a la Poesía y llamémosla, por ejemplo, “catéter” y asistiremos a la magia y la sopresa del niño al que “le quitamos la nariz”. por primera, segunda y tercera vez… Ahora todos es mucho más fácil de aceptar: lo que no corresponde con un catéter no será nunca un catéter, nunca se venderá como catérer, nunca recibirá loas ni parabienes como un catéter -puesto que no lo es-, y nadie querrá palmearle el ego, la vanidad o la espalda porque… es solamente un catéter; lo que no se sienta como un catéter no será un catéter, lo que no piense como un catéter no será un catéter, lo que no provoque como un catéter, lo que cuando corte y penetre la piel, no libere la cruda y bella (pero cruda) música de un catéter… no será un catéter por muchas etiquetas que le pongan… Acaso una pajita de refresco para chiquillos o adolescentes es un catéter? No… Incluso, y es lo más habitual, si sentimos un catéter agarrado entre los dedos o bajo la piel y al abrir los ojos la carne nos grita que no hay catéter alguno…. entonces, aquella “visión” o “sentimiento” habrá sido cualquier cosa menos excepto un catéter….

Planeta Turista, reseña

… Cuando el filólogo Ángel Valbuena Prat, iniciador de la crítica y la historiografía moderna en la poesía canaria, señaló el sentimiento de soledad y aislamiento como una de las características de la poesía canaria, escrita hasta los años veinte, nunca pensó que, siglos más tarde, las Islas y sus habitantes desarrollarían otra de las caras de esa soledad y aislamiento de la mano del recibimiento a gran escala de visitantes de otros países.

En efecto,  esa industria que trae a millones de personas a Canarias, el Turismo, matiza las antiguas soledades, los primitivos aislamientos. En la zona turística los barrios autóctonos han sido separados por calles y travesías (en el mejor de los casos) que, a modo de verdaderas fronteras geográficas, delimitan mundos y vidas distintas. Sin embargo, el turismo también facilita una cierta comunicación entre esos mundos y tanto establece unos intercambios humanos draconianos, como los alienantes horarios del trabajador del turismo y como la vida de todas esas personas que viven margullando océanos de voces extrañas, costumbres y bocas de otros seres. La zona turística ofrece al que vive en ella y de ella un particular cóctel de aculturalidad y agridulce cosmopolitismo, donde la vida se exagera y traviste de sí misma, y donde solamente el exotismo de los encuentros parece salvarnos. Y en este ambiente tan marciano, viven, sin embargo, personas, personas de aquí y personas que fueron, en algún otro momento ya pasado, el Otro, el visitante, el extraño, el turista, pero que son ahora nuestros vecinos, nuestros conocidos o nuestros compañeros de trabajo, o pareja, o madre, o padre… Todo lugar tiene un Sur, una Zona Turística habitada por un ansia de comunicación.
Sobre Planeta Turista, tuve la suerte de conocer en sus inicios el proyecto que lo parió,  Leyendo el Turismo, e incluso pude hablar con alguno de sus integrantes sobre la vida en zona turística. A partir de ahí llegué a la conclusión de que la vida cambia, muta y se adapta bruscamente cuando se nace o vive o trabaja en el turismo. La vida aquí, en el eterno Sur, es distinta. La vida aquí hace lo que tenga que hacer para no dejar de ser ella misma, incluso a su propia costa. Así que cuando supe que el proyecto quería publicar un libro, Planeta Turista,  con los poemas de sus integrantes, me alegré muchísimo. Y ahora por fin tengo y he leído el libro.

Tras una primera lectura de Planeta Turista (Ed. Amargord, 2014), permanece la feliz sensación de que el libro sobrevive a lo que parecen algunos errores de edición,  y aquella otra de que la última parte del libro, la correspondiente al activista y gestor cultural Samir Delgado, nadaría mejor en el formato e intenciones de un ensayo interdisciplinar, de mayor hondura y logro, que los textos del autor. A través de las lenguas que habla Planeta Turista, se escucha una interpretación propia y honesta,  una mirada clara y vívida de tres experiencias distintas y, hasta cierto punto, “hermanas” que han logrado poetizarse en gran medida. Planeta turista ofrece así un análisis retrospectivo, y de presente, muy necesario sobre el turismo y la vida en él, un análisis que, si bien, y en general, se queda en la superficie del planeta que habita, también lanza al lector dardos cargados con el curare de la industria turística.

En sus páginas, los poetas David Guijosa y Acerina Cruz son los que alcanzan los mayores logros literarios y creativos, el grado más alto de autenticidad en muchos de sus poemas que,  de la mano de recuerdos e invenciones,  de traducciones e interpelaciones extraliterarias, ecos de esas otras voces que residen y se reproducen en el planeta Turista. Además, el lector puede hacer suyo un viaje al pasado, al presente (¿al futuro?) dentro de las entrañas de la criatura turística y sus criaturas, de sus propios recuerdos de infancia y los domingos en la playa. Pero que no espere el lector agradables tardes al sol y crema de coco para el olvido, la mirada sobre el plantea Turista es, aquí, cruda, y cruda de maneras distintas. Planeta Turista es una crítica social clara y directa, más o menos conseguida según el poema y el autor, pero crítica, y  es Samir Delgado el que logra las críticas más literarias, aunque se limiten a un último verso de cierre de poema.

Planeta Turista ofrece una lectura original que logra superar los tropiezos que, en mayor o menor medida, comparten sus autores, tropiezos por una cierta manía o afección (¿afectación?) tendente al efectismo de final de verso, al verso pop, al empeño de cerrar todos los poemas unívocamente.  No obstante,  tales incomodos no castran las varias miradas de sus autores, ese viaje y vida que muchos reconocerán como propio, familiar, y que es, ante todo, cruelmente actual y vívido.

Acerina Cruz ofrece la voz más variada que mantiene ha sabido mantener y desarrollar a lo largo de sus obras publicadas, mientras que David Guijosa se mueve en un conflictivo límite de voces extranjeras y un estilo provocador. De Samir Delgado, si bien podría decirse que logra con sus textos subir otro “nivel” en su trayectoria como escritor —trayectoria que el que aquí escribe conoce casi en su totalidad—, sigue manifestando impaciencia e incluso se llega a respirar un cierto “desinterés” final por la Poesía.

Planeta Turista acierta al proponer al lector una reflexión y una crítica de esos lugares que, como Canarias, no han sabido superar la sombra de la industria del turismo y sus condenas de folclorismo, mediocridad, ignorancia y caciquismo. Así, este Planeta Turista le pone algo de estilo no solo al turismo en sí, al “suvenir” y al “japiaguar”, sino que sabe delatar la adoración esclava al turista, y los monstruos que duermen entre hoteles, apartamentos, recepcionistas de noche, tiqueteros y camareras de piso.

 

Un poco demasiado tensos

“… Sí, aquel día fue uno de esos inolvidables. Un día entero desde por la mañana, sin parar, sin prisas, las pausas todas las del mundo, conversábamos porque conversar era la vida y la vida era escribir, pintar, beber con todos y cada uno de aquellos desconocidos, arquitectos del Paint, abogados de absenta y prostitutas, ¿recuerdas a Rata Callejera?… Aquella mañana llegaba a las once y media a la casa y me dijo ‘Vayamos a por un café, aquí al lado’. Hacía años que él no tomaba café después de cierto incidente… igualmente, evitaba desayunar con churros, esquivaba comerlos a toda costa. En efecto,  fuimos al bar de al lado y pedimos café, y yo churros para uno. El camarero apenas tardó unos escasos 4 minutos y, mientras me dejaba quemar por el primer sorbo de bebida negra y el primer mordisco de harina y aceite, mirándome a los ojos exclamó ‘¡Estamos todos un poco demasiado tensos!”… Lo dijo tan gritando que todos las mesas nos miraron y hasta el camarero y el dueño del bar -amigo de su padre- se acercó a nosotros con esa cara a medio camino entre la bronca compadrera y la media sonrisa. Todos sabían quién era él y él también los conocía a todos… ‘¡Todos estamos un poco demasiado tensos!’… No dejé de ecoar esa frase en mi cabeza, y el eco me acompañaría durante el desayuno y mientras comentábamos los nuevos fichajes de la Unión Deportiva. ‘¿Viste cómo saltaron al campo antes del final del partido? Lo hacen siempre, sabes. ¿Viste cómo reaccionó la gente en feisbuk y en la calle? Amenazas de muerte, palizas, máximos desarrollos mierda… Algún policía habría muy cabreado también y esos lo tienen fácil para descargar frustraciones de esas, sabes lo que te digo, siempre pueden joder a alguien con la ley de su parte. Pero la gente tío… Mal. Muy mal. La gente está muy loca, Yoni… Todos estamos un poco demasiado tensos, ¿no?”

Libros, elefantes y osos hormigueros

Dos días y la misma simpática pesadilla. Entro en una librería, una amplia y luminosa y otra pequeña, más bazar que otra cosa pero increíblemente surtida con ensayo y poesía. Leo los títulos, los acojo en el nido que forman mis brazos; no son más de seis en el primer sueño y en el segundo ni los llego a contar. El deseo rampa campante como un caprichoso rex en plena pampa argentina, salivando ante la visión del ganado, frotándose sus garritas contra las flores de los árboles: el ganado de la pampa no es un ganado vulgar… Cuando llega la dependienta le digo que sí, que me los llevo todos, que ahora paso por la caja pero al cabo de unos minutos decido que no, que no compraré ningún libro… No se puede… En el otro sueño ocurre algo similar aunque más doloroso aún. Ante mis ojos poesía japonesa del siglo veinte, poetas contemporáreos míos que quiero leer, poesía persa, libros cartoneros, libros para niños ilustrado con un gusto y una delicadeza exquisitos… Tampoco los compro. No se puede… Cuando despierto, al tercer día antes de un tercer sueño, no me resisto y me acerco a la librería y compro dos libros, Cartas y Ensayos Selectos, de Raymond Chandler, uno de ellos, y un estudio etnográfico sobre la lucha del garrote y el juego del palo… Ahora respiro y vivo mejor y poco a poco voy conociendo al abuelo Ray y leo sus cartas, mi cerebro se apropia de uno de los títulos sarcásticos de Ray con los que siebra una de sus epístolas: Todo lo que se necesitan son elefantes

Y es verdad, piénsalo. El helicóptero de Rajoy tuvo miedo de los elefantes, Rajoy también y compró pantallas de plasma, Cospedal tuvo miedo de los elefantes y compró un paquete de sobres, temer a los elefantes hace que la gente mienta y mentir es cosa de mentirosos. Soria tiene miedo a los elefantes pero se consuela con trabajar en Repsol, se consuela así en sus más húmedos sueños…Todo lo que se necesita son elefantes por eso hay premios literarios que los temen y premian a loa mediocres. Todo lo que necesitas son elefantes, Aníbal lo supo antes que el tío Raymond… Yo prefiero los osos hormigueros.

PELUSAS, BOCETOS Y CARGAS DE PROFUNDIDAD

En este mundo traidor

nada es verdad ni mentira,

todo depende del color

del cristal con que se mira

Ramón de Campoamor

¡Que no Ramón, que no! No puedo estar de acuerdo contigo aunque bien llevas algo de razón. De momento sí diré como Nicanor que rechazo toda responsabilidad, toda molestia que puedan ocasionar estas líneas; que no, aunque le pese a quien le pese, aunque me pese, y mira que de peso y kilos ando algo sobrado desde aquella visita a Lisboa —Oh, Lisboa, ¡qué bueno das de comer!— y desde que los tentáculos de cierto Kraken habitaron con alborozo y fiesta mi pecho… Pero no, Ramón, que no, aunque lleves algo de razón cuando digo no… es… no. El lector que esto leyera deberá darse por satisfecho con su lectura; luego, a llorar a otro, a los aviones podrá tirarles piedras y pellizcar los cristales… Decía que no, Ramón, que no todo depende del cristal con que se mira, aunque razón llevas. Y ya lo sé, ya sabemos que incluso la Poesía es así y en eso que tanto me gusta por naturaleza, la crítica literaria (di, curiosidad), también. Sí, te lo decía ayer mismo a la noche, mientras Dalí veía hormigas por todas partes y relojes derritiéndose sobre penes al descubierto y vulvas de todas clases, vulvas peludas, montes rasurados (o casi todo), pieles recién mojadas. Él decía que nada tenía que ver la absenta que ya mediaba en su botella pero no, Ramón, tú y yo sabíamos que algo de razón llevaba el verde líquido (¿o era negro esta vez?).

Repito, Ramón, no estoy de acuerdo contigo y sin matices en tus palabras solo puedo concederte que algo de razón tienes, y que así no puedes ir por la vida, relativizándolo todo para no correr riesgos, para vivir cómodamente, entre loas y finas sábanas, concediendo dones y abrazos, sonrisas y parabienes a todo lo que cualquiera diga y, simplemente, por que lo diga desde tal o cual ilusión de tarima y etiqueta. En la Poesía, por ejemplo, no todo depende del cristal con que se mira pues hay Poemas y poemas; es decir, hay poemas que son Poesía, y poemas que son cualquiera otra cosa pero nunca Poesía, nunca Poema; vanidad, sí; oratoria, ego, mentira y engaño, juego, desahogo, sensibilismo y emotivismo, pensamientos y experiencias brutas, sin pulir, grotescas a veces, torpes andarinas presumidas. Pelusas llamo a estos “poemas”… Y después de un poema pelusa, llega, con suerte, el “boceto” —el huevo de colón era un boceto de poema, esos poemas con fondo y forma a los que, sin embargo, les falta un buen remiendo… Pelusa y boceto y, entonces, “carga de profundidad”, esos poemas que penetran con estruendo o silencio la propia piel y caen, lenta y pesadamente hasta encontrar ese hueco en el ser donde explotar y reventarlo todo

Por afectación…

POR AFECTACIÓN…

Por afectación a la fama y la etiqueta de “escritor”, “intelectual” o “poeta”, por afectación a la desidia (y, de esto, bastante)… Se podrá hablar así y hacerlo deprisa para referirse a ciertos “escritores o poetas” —y perder, como yo, el tiempo en ello. Sin más se podrá señalar a sus pretenciosos textos y quedarse uno tan tranquilo —mentira, pues después no crecen sino las incertidumbres, las bestias enervadas, las preguntas… Pero no nos encumbremos nosotros. Sobre ellos, sobre esos despreocupados por juntar letras sin más y sin tino, sobre sus letras de mil y un agasajos, premiadas, podremos decir “Llaneza, muchacho: no te encumbres; que toda afectación es mala” y, también, “Esos esdrújulos, esos palabros, ese espejo ¡redios! ¡A ver si lo limpiamos!”. Podremos decirlo, sin duda, pero después de entregar nuestro consejo “no pedido” nada queda tras el pecho salvo una intensa desazón, un dolor (a veces), una cierta tristeza… Nos equivocaremos pocas o muchas veces (es irremediable), pero hablo aquí desde esa profunda intuición desapegada que empuja con violencia a señalar “¡Eso no es Poesía! ¡Qué haces, por Eolo, un poco de paciencia!… Desde la intención honrada de hacer frente a esas letras a las que se les nota el truco, a las que, como a las mentiras, se les coge antes que a un cojo… En el mejor de los casos, tales escritores (hablemos en general) se han podido dejar llevar por el ímpetu, o quizás la ilusión… Con suerte, claro.

Parecía apuntar Cervantes con ese “Llaneza, muchacho” la tendencia que muestran determinadas personas —aquí, poetas, escritores, críticos literarios, intelectuales y muchas otras— para hablar de manera engoada y retorcida, para ubicar sin acierto una trombosis de referencias culturales con las que —entre otros recursos y por algún extraño vicio o creencia— quieren emular o significar elegancia, saber, trayectoria, hondura, precognición, conocimiento; con el que crearse una nueva élite para ellos… Nada más lejos de la realidad. Con suerte, será aquello la muestra difusa de una intuición creativa, una, la que sea; pero con suerte y nada más. Y es así catastrófico que ellos mismos no lo sepan (triste, incluso; doloroso) pues se inflan de ciertos encumbres, pasarelas y titulares mientras sabotean lo que, se supone, es en ellos mismo un deseo real de avanzar en las Letras… Catastrófico (y exagero, sin duda), como esos premios que no entienden la necesidad de poder declararse desiertos. Desierto, cruel y bella palabra… Ya lo decía Lázaro Carreter, la afectación es ese “defecto que comete un escritor u orador cuando se aparta viciosamente de lo natural”. Pero ¿qué es lo natural en Poesía?… El diccionario de la RAE matiza, al respecto de la afectación, que esta es la “extravagancia presuntuosa en la manera de hablar” o que consiste en “poner demasiado estudio y cuidado en las palabras”… Afectación, ”bonita palabra. Lástima que medio larga…”, y lástima que eso de “poner demasiado estudio y cuidado en las palabras” tanto valga para los escritores entregados a las Letras —locos o no, vanidosos o no, obsesos por el saber y la Letra o no— como para los que solo quieren la fama, un sueldo, o la cabeza de sus ídolos hecha careta para ellos… Curioso, o no, pero ese tipo de “autores” haberlos haylos, autores que nada aportan al organismo literario, que pretenden (e insisten) en vestirse con el traje del rey desnudo, con la seda de la mona, con ese ropaje que creen brillante y que nada, sin embargo, resiste ante una lectura crítica, atenta y desapegada de famas. Ciertamente existen, y está bien que así sea. Para aprender a distinguir entre un “mal” texto y un “buen” texto hay que poder leer, al menos, uno de cada… Y ya sé que esas comillas las ha cargado Guayota, pero hay casos que duelen por esa demostración inexplicable de una casi voluntaria lejanía del conocimiento vivo y doloroso, de la “intuición” de ese presentimiento que desarma y arrodilla; del temblor… Por afectación; por falta de humildad, o debido a una vanidad sin correa que la ate en corto —aunque esté mal decirlo por mi parte… En el mejor de los casos, y con suerte, sucede por exceso de ímpetu o inocencia… Con suerte, claro.

Reseña de “La Casa del Caracol”, de Juan Carlos de Sancho (Mercurio, 2013)

El mar, en calma, y nosotros sentados sobre la arena y allá al fondo, a la derecha, el sol que saborea el último pedazo de cielo. De repente una lancha motora irrumpe nuestra mirada, son turistas divirtiéndose, mujeres en bikini y una gran colchoneta hinchable en forma de plátano. Al vernos nos llaman en distintos idiomas y en alguno entendemos «¡Ven aquí, ahí estás solo!», y en otras lenguas algo así como «Ven, pasa el rato con nosotros, ¡pierde la razón!». Mientras tanto el sol ya ha desaparecido tras un velamen silencioso, un día más, y nos quedamos pensando en los turistas y esas ganas de ruido, en esta sociedad alienadora… Ya es hora de volver a casa y al levantarnos observamos como un pequeño caracol, lentamente y sonriéndonos, se llega a nosotros: «Psss, psss, muchacho… Psss, sí, tú. Agáchate un momento guanajo». Sí, el caracol nos habla, y entre la sorpresa y la incredulidad nos olvidamos de regresar a la cueva, a las sombras, al confort, y le seguimos el rollo… Cuando nos hemos dado cuenta, ya ha amanecido sobre un nuevo azul y sentimos en el espíritu una sonrisa, una esperanza y una curiosidad revitalizada, ágil, atrevida y renovadora. Así es La Casa del Caracol (Ed. Mercurio, 2014), el último título del escritor Juan Carlos de Sancho (Gran Canaria, 1956), un libro con enjundia y de calado, un libro de ensayos de variada extensión y escritos con una claridad que se desentiende, durante casi toda su lectura, de la pesadez y oscuridad con la que suelen tratarse temas como el Arte, la Literatura y el Pensamiento en sus implicaciones sociales. El autor canario comparte con nosotros un compromiso y sencillez inusuales, a la vez que necesarios, en esta compilación de textos impregnados de creatividad, reflexión, humor y sarcasmo. No en vano, Juan Carlos de Sancho acepta aquel desafío de Swift para utilizar el humor como agente provocador de la crítica, y el humor vive aquí, sin duda, en estas reconfortantes estancias de La Casa del Caracol, una casa pequeña, pero de dimensiones inabarcables, una lugar de encuentro donde se nos ofrece la lectura como diálogo, reflexión y compromiso, como fuente de energía contra las hordas de mediocres y panoptistas que todo ansían dominar. Este caracol, paciente como pocos, hace imperceptible la densidad real de los temas que abarca y los planteamientos que nos acerca con el particular imaginario del autor que, en esta ocasión, se lee con una mayor solidez y claridad.

“Solo una reflexión”, de CONFLUENCIAS (BeginBook, 2010)

Estaría bien eso creer en Dios

y poder pedirle un día que te ayude,

que te proteja, que te ilumine el camino

cuando la mierda y las tinieblas

te lleguen por las rodillas, el corazón, o la garganta.

Estaría bien creer en Dios,

si quieres atravesar una autopista con los ojos cerrados,

o desmembrarte con kilos y kilos de explosivo

para ir a ese mundo celestial o, simplemente,

estar quieto, sin hacer nada:

sólo quejarte ante la estampilla de tu santo o tu Dios…

Qué jodido es ser humano,

todo carne blanda y vísceras y alma,

y verte un día pensando

que está bien, en algún momento,

pensar que existe Dios…¡Y creer!