La poesía es deriva

Creación, ensayo y crítica

First date

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El restaurante. El mismo ambiente vinoso y autosuficiente. Los idénticos empresarios con idénticas queridas vestidas de vanas esperanzas. Tú mirada fija en el último horizonte de la mesa, atravesando mi estómago; los ojos escavando mi cráneo perdido, extrayendo no sé que confesiones a mi lengua.

Yo disfrutaba de una creciente erección en ese preciso instante, mientras tú te sincerabas, mientras murmurabas algo sobre un atraco cometido en mi nombre (con tu voz de mujer) y una camioneta hundida por tus delgados y lechosos brazos japoneses, y una pareja de guardias civiles pintarrajeados de payaso y maniatados por ti, en el portal de mi propia casa…

… El camarero llegó con la cuenta y alguien dijo “lo siento”.

 

-Señorita, hay un señor desvanecido en su sopa.

Las islas móviles

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Esta es la primera vez que escribo de memoria, desde un recuerdo lejano, desde un lugar que, quizás, nunca habité… La cabeza es un tejado donde anidan las palabras, casi siempre dormidas, atentas a la luz que nace del suelo… Pienso en ellas y sueño con sombreros, con islas sobre el mar, estas palabras nuevas desconocidas y que aparecen en un recanto de mi cráneo para escribirse instintivamente… Cada letra se procura un sonido, cada letra siembra un mapa de tinta tras la piel del papel y la pantalla, una familia, un juego de cientos de palomas hambrientas a pleno arrullar de migas de pan… En este momento veo imágenes, imágenes que se tornan instantes mientras yo busco más y más aire para ellas. Y cuando las encuentro, ¡una sonrisa!

            Cuando una ballena expulsa todo el aire de sus pulmones, millares de palabras saltan por encima de su lomo. Ellas quieren volar y, de verdad, que algunas vuelan; a otras les gustan los barcos y en ellos se alongan al gozo del viaje, para avistar los juegos de los delfines. También hay palabras que se quedan mirando al fondo del mar, a la pesca de los ecos de la Atlántida o el murmullo del mencey Loco, aguardando aquellas antiguas historias de los peces. Otras palabras permanecen flotando en la superficie, arrepiadas de frío y sin rumbo, sedientas… En la antigüedad, los marineros hablaban de palabras que se guardaban los secretos del mundo en el vientre de las ballenas; las islas son esas palabras que nuestros brazos no pueden jamás abarcar, que mergullan cerca de los barcos, como el milano que también se sumerge en el aire y la esa gaviota perdida que tienta las torretas eléctricas y las farolas en las autopistas.

Cada palabra es una isla… Pero ya anochece, ya he vivido esta escena… El barco se aproxima lentamente al puerto, el horizonte casi duerme entre las nubes; quietecita, una línea oscura baja las luces de las casas hasta el cuerpo de las calles y allá, al fondo del escenario, una aparición, los sueños que persiguen un bocado de tierra más, y las estrellas, anunciando la islamadre llena de futuros, un puñao sueños y el recuerdo de la primera emoción de la mirada.

Publicado inicialmente en El Alisio

brinden y ni piensen en olvidarse

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De camino a casa dejo atrás algunas parejas de guiris, no recuerdo si son vecinos, vivimos vidas distintas, nuestra realidad es diferente. Cuando casi llego a la esquina de la calle antes de doblar hacia mi apartamento, ellas, las veo. Primero llevo mis ojos hacia a ella, pierna arriba: ropa de deporte, ropa corta, mucho más allá de lo que diríamos muslo; pasea a un par de perros, de esos pequeños, con personalidad, no son ratas de compañía; y la miro de nuevo pues obviamente el contraste de colores, negro de su ropa, blanco con leve color a sol en la piel, llama la atención, y una cierta curvatura más allá de su espalda. Pero entonces casi al pasarla vuelvo mi vista hacia Ella. Ella es la otra de esta conversación de vecinos, Ella me reconoce, y yo la reconozco. Sigo caminando y ya ahora doblo la esquina curva y vuelvo la vista atrás, y es Ella. La reconozco. Ella me reconoce también una vez más y ya en el portal de mi casa vuelvo a buscarla y la encuentro y encuentro que ella también me busca. Nos conocemos aunque me lleve treinta y pico años y hubiéramos hablando en la terraza de un restaurante italiana a las tantas de la noche y con tantos números de copas encima y yo a la espera de una de tantas superlunas de este año… Ella y yo. Coincidimos en algún lugar, en alguna hoja de la vida que se pasa, en alguna línea de ese diálogo que continúa para dos después de que ambos se hablen, brinden y ni piensen en olvidarse.

El mensaje

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— ¿Qué dirías que es…? ¿Un barco? ¿Una ballena caída del cielo para salvarnos del mundo? ¿Los pensamientos holoproyectados de algún suicida?

—…Sí, lo he pensado a veces, ¿sabes? Ahora no sabría qué decirte. A veces despierto por las mañanas con los dedos húmedos como si hubiera pasado la noche buscando algo entre mis sueños… hasta que caigo en la cuenta.

— ¡Es el holoproyector!

— Sí… —sonríe.

— ¿Por qué te demoras tanto siempre?

—Porque es inevitable… Me comes, te como, me alimento de ti…

—Así este amor que te tengo…

—…que me tienes…

—… que te tengo… ¿Ves? — sonríe.

— Podría asegurar que esa plataforma petrolífera de allí no es real. Solo un amasijo de ojoluces.

—¿Ojoluces?

Sí, ojoluces.

— Estás loco, ¿lo sabes?

—Sí, me han dicho cosas peores pero no tiene importancia.

—¡Exacto!

—Pero esto, esos ojoluces sí… Todavía a esta distancia, como si fueran una mentira, un espejismo del miedo… La ley es una, así de pequeña cuando la gritan y se agarran a ella. ¿Me entiendes?

— …

— Pero la intimidad que tenemos ahora… con el mar nos aprieta a veces la garganta, nos ahoga la voluntad…

— ¿Has dormido alguna vez en la playa bajo el vientre de una barca?

— Sí, una vez. Fue en Las Canteras. Se llamaba María.

— ¿Ella?

— ¿Quién ella?

— La chica con la que estabas esa noche.

— ¿Qué chica?

— Siempre hay una chica. Y no has dejado de hablar de ella en toda la noche.

— …

— Ey, no te cortes ni te lo tomes a mal. Muy al fondo siempre nos vive una ausencia, una nostalgia, el recuerdo del sabor de una saliva el olor de un sexo después de almorzar.

—…Sí, hubo una ella pero María era el nombre de la barca.

— ¡Se comieron el uno al otro en el vientre de María! ¡Como dos caníbales!

— Como dos caníbales —sonríe— y en carnaval…

—Ves, es inevitable.

—… Sí.

—Me comes…

—Te como, me alimento de ti…

—Así es este amor que te tengo…

— …que me tienes…

— …que te tengo…

Encuentros improbables

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Aunque no lo recuerda Fernando António Nogueria Pessoa visitó Gran Canaria allá por el año 1907. El mismo día de su llegada se hizo enviar una carta informando convenientemente de ello a su Ofélia, su bebezinha, y a Bernardo Soares también, a sabiendas de que seguiría yendo a la oficina dos veces por semana y leería con gusto noticias suyas. Por obligación, además, escribe a Álvaro de Campos, Ricardo Reis y Alberto Caeiro, apenas 7 indicaciones para unas apuestas.

Aunque no lo recuerda, Fernando Pessoa desciende la pasarela del trasatlántico, repara en un joven de particular aspecto. Alonso Quesada mordisquea una rama de canela:

—Buenos días caballero. Sí, muy bien gracias.

—Olá, bom dia meu senhor. Tudo bem consigo?

En los alrededores del Hotel Madrid, al poco rato. Un café y otro, que a los portugueses les encanta el café, y una copa de vino de Lanzarote a la que siguieron otras tantas.

—Peço desculpas meu amigo mas

eu não sou eu

nem sou outro,

sou qualquer coisa

do intermédio…

E tenho que regressar al Puerto.

—Por supuesto. Le acompaño.

Pessoa, aunque no lo recuerda, anda cerca de dos horas, lentamente, al toquito junto a Alonso Quesadas y cuando ya en el puerto deciden bordear los diques, la noche se agrisaba de nubes, que corrían rápidas, apagando y encendiendo la luna. Hablan de los faustos de las fiestas de los ingleses, de la etiqueta y la elegancia de los sombreros, Rafael Romero menciona su gusto por los cachorros típicos de la Isla, le pregunta al visitante si no querría casarse con alguna de sus hermanas.

—No son un buen partido, pero así la casa se queda más tranquila.

Y Fernando António Nogueira Pessoa responde:

Estoy sospechando una cosa de usted. No me aventuro a decirlo…

Aunque no lo recuerda, Fernando nunca regresó a Portugal. Tomás Morales nadó 9 noches junto su cuerpo en la bahía, auscultandolo bajo el agua, confesando a los peces y obligándoles silencio.

Ahora sale del agua y se persigna.

Aunque no lo recuerda Fernando Pessoa, bajo la atenta mirada del médico de Agaete se certifica una muerte y los barcos no mudan el rumbo de sus humos. Y los cuervos de Lisboa guardan el secreto y de Quesada, dicen, que bebe café, que bebe, que bebe y bebe ginja en A brasileira, que ha abierto un smoking room de opio en Alfama,  y que no ha logrado olvidar a su gran amor:

—¿Piensa usted mucho en ese día?

—Sí.

—¿Pero se ha detenido usted en ese momento?

—No. He mirado, sin poder remediarlo, hacia el futuro…

La cucaracha invitada

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Una cucaracha atraviesa mi mirada pespuntando la piel de las baldosas. Se queda frente al televisor, me mira y sonríe. En dos milésimas de segundo estoy a su vera y la piso, y la aplasto, y dejo caer el peso de mi cuerpo hinchado por este calor sobre ella… Cuando me canso o pienso que ya valió, retiro el pie, retiro del impacto mi pierna. Y ella me mira, una vez más, y sonríe; me dice: “Esa no es forma de tratar a una invitada”.

L’Histoire de l’érotisme en una guagua hacia el Sur

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“Mecánicamente mira a su izquierda. A esta hora el cansancio es ya una criatura informe y pesada que se engarza en sus párpados mientras mordisquea del cuello su sangre. Un extranjero lee “L’Histoire de l’érotisme”; pálido, con la frente la nariz y los cachetes enrojecidos del poco sol de este invierno; el pelo claro y la cabeza también clareada en la coronilla, gafas de pasta y el uniforme típico de un turista de la granbretaña… Lee una vez más el título y busca en su móvil el autor… George Bataille… Levemente le recuerda algún otro autor, loco de atar, relacionado con él… Ernst? Jünger?… Da igual. Lo mejor del libro -piensa- es su portada. Sobre fondo verde de anverso de hoja de acacia una mujer desnuda y con gafas de pasta, abierta de piernas, con la boca también abierta dejando solamemente entrever un velo de dientes bajo el labio superior -húmedo seguramente, piensa él- acoge en su sexo un cisne de alas extendidas y pico tenso como en éxtasis… El cristal de las gafas es blanco y no refleja nada, resalta sus labios y los dientes; nada deja ver tras de sí. El cisne, macho según la deducción de aquel que mira, es blanco igualmente, pero menos… algo más sucio… La guagua brinca en un bache y su cuello gira y rebota contra el cristal de la ventana a su derecha. No duele. Se espabila. En ese momento una niña extraneja mira fijamente aquella portada mientras su madre o abuela o hermana o mujer tira de su brazo hacia la salide del transporte público… Ve lo mismo que él: sobre fondo verde de anverso de hoja de árbol una mujer desnuda y con gafas gruesas, abierta de piernas, con la boca también abierta dejando solamemente entrever los dientes bajo el labio de arriba -húmedo, o no; esto no lo piensa ella, no lo conoce aún- está caída sobre el suelo mientras un cisne de alas extendidas y pico tenso -como en éxtasis, esto tampoco lo sabe; nada sabe de éxtasis la chiquilla-… El cristal de las gafas es blanco y no refleja nada, nada deja ver tras de sí. El cisne o cisna es blanco igualmente, pero menos… algo más oscuro, piensa ella…
Hanna termina de bajar las escaleras de la guagua y él vuelve al libro y topa con otra mirada… Un mujer negra parece torcer el labio, levanta disimuladamente las cejas, las pupilas dilatan, observala siguiente canción en su teléfono móvil… Lleva el pelo recogido en una coleta imposiblemente lisa; ropa ajustada y justa, gorro violeta, de invierno, y no deja de mirar al frente, más allá de la cristalera del chófer… Él vuelve la mirada al cristal de la derecha y recuerda para sí que no son las 12 ni la una ni las dos de la noche, a pesar de ser jueves, noche de tapas en Vegueta; piensa, una vez más y con algo de tristeza que es una prostituta hacia zona turística…”

Noche de corta duración

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Seis y media de la mañana. La noche se pierde ya en tu cintura, la noche se va, y las farolas recogen sus maletas lentamente. Cuchichean entre ellas que no hay nada más que vender y sus pasos se pierden poco a poco en una sosegada, y alargada, silueta pidiendo silencio. Desde alguna palmera, se escuchan las primeras conversaciones de los pájaros, el aire se llena de luz, mientras yo, echado entre las últimas gotas de sudor de la habitación, juego a libar de tus carnes esas historias que nunca sabré ti.

7 y 10, San Agustín

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Cuando salgo, ellos ya están ahí. Siempre y a la misma hora, pelo blanco y con un sonrisa también bajo sus ojos de círculo ártico. Lars e Anna disfrutan de nuestro clima de temporada, el otoño en San Agustín (Gran Canaria) que despunta por costumbre, y con el sol, a las 7 y 10 de la mañana, cuando todo está por abrir y el horizonte es mitad fragua, más allá de las nubes, que anticipa los hornos mañaneros del pan del invierno.

Cuando salgo del apartamento para ir al trabajo, Lars y Anna ya están ahí aguardando el triunfo del sol, alrededor de esa mesa de liturgia que construyen para desayunar: pan de centeno, queso plato, embutido en lonchas, miel y mantequilla, mermelada de frutos del bosque y café, café alemán, café americano, café sueco… cafe en tazón, café aguado pero simpre caliente; para tomar a voluntad todo lo que quieras.

La pareja de ancianos se sorprenden con mi presencia antihoraria; ellos están de vacaciones; Lars y Anna huyen del frío invierno norteño. Y en los apartamentos de enfrente aparezco yo sin aviso, sin más, pero me sonríen y me saludarán próximamente casi con toda certeza.

Erbane, te llamabas

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Tengo un libro que es recuerdo de ti. Apenas algo más. Y ahí es nada… Hojas de 90 de gramaje y casi todo el espacio vacío con unas pocas fotos tuyas, fotografías que acaparan toda la atención, sí, cuando los ojos se llegan a ellas entre tanto campo y tierra de apariencia yerma o dormida.

Eres Fuerteventura aunque preferías que te llamase Erbane y yo te hacia caso siempre, indefenso como estaba a todas horas con no más que mi propia desnudez de hombre de la cueva. Tú, también, pero cómoda y de pie o tumbada en el sillón o sobre la hamaca, ahí fuera, en la terraza a ojos de todo; ahí quieta te gustaba recordarme tu nombre. Y sonreías cada vez que lo posabas en mi oídos… Y ahora tengo un libro, tengo un libro que es un recuerdo de ti. Apenas, nada.