La poesía es deriva

Creación, ensayo y crítica

Prosas de Jardín, de Lázaro Santana (selección breve)

Flores en la orilla del canal, sus fragancias

rojas, azules, amarillas. El frío transparente de

marzo en Amsterdam hace más luminoso el olor.

[…]

 

Página transitada por los perros: su inconfundible olor a esquina meada.

 

[…]

 

Cuando hace el amor cree hundirse en una

ciénaga donde hasta no respirar es un placer.

 

[…]

 

¿Qué buscas en el poema: su vida o la tuya?

[…]

 

Asirte a la escritura sin tener en cuenta que

vas a hundirte con ella.

[…]

 

Hacer un (buen) poema después de haber

hecho (bien) el amor: algo parecido a eso debe

ser la perfección.

 

[…]

La nada existe un mal poema la colorea de

gris.

[…]

 

Un poema es un sistema: los astros circulan

por él según un orden estricto. Cuando ocurre

una catástrofe se produce la iluminación.

 

 

 

A Propósito del Tiempo que Tarda la Luz en Recorrer un Metro de Distancia

Contigo, sólo alcanzo a medir
la precisión del tiempo que nos mueve:
nos alejamos; orbitamos el uno al otro;
recorremos erráticos el laberinto de cesio del reloj;
nos acercamos.
Contigo, la distancia que nos separa
huye de medidas exactas.
La distancia que nos acerca
es difícil de precisar
y, sin embargo, la luz que compartimos
recorre, imperturbable, 1 metro de espacio en 0,00000000333564052
segundos de tiempo.

publicado en Confluencias (BeginBook, 2010)

Una verdad imperfecta

La maravilla azul empuja hacia el desierto.

El corazón avanza a tientas entre cientos de acequias de plata

entreveradas por las dunas e infinitos caminos.

A lo lejos, unas montañas de silencio insinúan seres ancestrales,

gigantes aparecidos tras el velo de un agua imperceptible

que busca, sin cesar, su primer recuerdo…

Cuando amanezca, nada cambiará.

La luz apenas ofrece una verdad imperfecta.

Playa de ciudad

Playa de ciudad.

Abrazo palomas hambrientas

que dejan en la espuma cientos de mensajes,

que lamen mis heridas,

que picotean mis huellas,

mis pasos, mis sombras…

Todo en la orilla es de una libertad alambrada;

la marea, una delgadísima bruma que cerca el mundo.

Las sombras

Descansan

también de noche

las sombras

 

cuando la luz apenas se agita

y las luces centellean

 

pegaditas al suelo.

Ellas nunca se cansan

Una lágrima sobre el ventanal

me separa de los cristales.

Dormidas, y casi invisibles,

las palabras mecen libros

en silencio…

 

…Ellas nunca se cansan.

“never, nothing will die; nothing will die”, extracto de Los Sueños del Caracol

Quita dos a dos

las almohadas.

Quiere dormir,

desnudarse y

tumbar su cuerpo

cómodamente, ser feliz y

soñar… El hombre

elefante frente al tocador

se arregla el cabello,

ajusta el nudo de su corbata y

sonríe, mira por última vez

la noche estrellada…

 

…Lentamente,

amanece sobre la cama…

Never, oh! never, nothing will die;

nothing will die… Joseph Merrick.

“LIMEN” en Epitafios, de Antidio Cabal

«Estos epitafios conciernen a los muertos y a los vivos muertos, es decir, a quienes están sobre el sepulcro y a quienes están debajo de él. No hay diferencia categórica entre ellos, salvo distinción modal. Obvio que forman dos partes de una parte. No se encuentran a extramuros de la misma identidad, comparten el relampagueo. No pasa de ser un movimiento de la carne, más en la cuestión, valorando la cosa ónticamente o epistemológicamente o épicamente, sin aspavientos culturales condicionados por conocimientos condicionados, entre una carnicería y un cementerio, o entre un cadáver y el mobiliario. Esto encaja en la teoría del conocimiento y en las premisas de la intuición. La lírica rige todo esto, la épica rige todo esto, en tanto en cuanto —tanto en cuanto— la poesía tiene apetito y axiología finita e infinitamente. Tomar en cuenta que el carnicero es un  cadáver vivo y el sepulturero es un cadáver vivo. Pasado un tiempo, uno y otro serán cadáveres muertos.

Cierto es que en las carnicerías no ponen rosas y en el cementerio sí. Esto hay que corregirlo.»

Epitafios, de Antidio Cabal, editado por Kriller71.

El desvelo, primera parte

Silencio y oscuridad se confunden. No sabes dónde estás pero ya abres los ojos. Con la mano tientas el aire y la respiración. Al principio es contenida, exhalada sobre la tensión calma de unas velas. Lanzas con la mirada un cedazo del iris a la espera de una buena captura, detalles, percepciones de medio cuerpo, promesas de sirena y una tranquilidad que, quizás, nunca existió… Mientras tanto la pupila palpa y dilata como gritando por un poco luz pero nada ves; nada. Al menos de momento. Y crees que arriesgas cuando te incorporas de no sabes dónde, cuando avanzas tus pies, el paso uno tras del otro, con ambos brazos extendidos y vacilantes como las antenas de una cucaracha sofocada en plena noche de verano. Y el tiempo no ha hecho aún acto de presencia, pero en cuanto resuena tu estómago tomas conciencia de que no sabes cuántas vueltas, cuántos caminos, cuántos pasos has dado… pero ya la tensión es otra. Allá al fondo y en el medio de nada un haz ínfimo de luz araña decidido la oscuridad e ilumina un punto en el espacio. Piensas entonces que hoy sí podrías llevarte algo a la boca, y en cuanto olvidas tus temores comienzas la maniobra; te acercas despacio, cimbreando el extremo de los brazos, reconociendo el aire con la punta de tus dedos. Ya no encuentras obstáculos, nada ni alguien saltan a tu encuentro, y nada te obliga al suelo. Desde todas direcciones la experiencia del momento que hilvanas te empapa y, al llegar a la luz, pausadamente dejas que beba de ti el eco de una nueva incertidumbre:

Acostumbrados como estamos, hablo.

Como cualquiera; de lo que acontece.

Pero también, por causas mejoradas

mi cuerpo tiene la palabra: él solo.

Se pronuncia de forma que parece

que fuera por entero lengua mía.

Parezco conversar, hablar por medio

de mi comportamiento otro lenguaje;

dialogar con las olas, los peñascos,

con las gaviotas; única manera

de entendernos, afines, naturales.

“El otro lenguaje”, de Canción atlántica, Manuel Padorno.

Refugio

El eco de la distancia contra la roca,

y no contemplas, atada al mástil,

el mar bajo tu nave.

El horizonte engulle un cuerpo de cemento,

abandonado mientras enjaulas tu aliento

en una boca azul y extranjera…

 

Murmuras, todavía, que hay refugio

en tus sueños para los dos


O eco da distância contra a roca,

e não estás a contemplar, atada ao mastro,

o mar debaixo da tua nave.

O horizonte engole um corpo de cimento,

abandonado, enquanto enjaulas o teu hálito

numa boca azul e estrangeira……

Ainda murmuras que há refúgio

para nós, nos teus sonhos.