«Detrás de tu nombre», algunos poemas de Rafael-José Díaz

con estas letras de miel yo te bautizo con leche

mientras te hundes en las aguas y pruebas el sabor

de mi semen o mi sangre

***

las condiciones de la palabra solitaria son cinco.

la primera, que se esconde en lo más oscuro del

libro. la segunda, que no sufre compañía, aunque

sea de su propio cuerpo o de su propia imagen.

la tercera, que se adentra hasta lo profundo del

aire. la cuarta, que no tiene determinada su voz. la

quinta, que sólo se dice como sonido del silencio.

detrás de esta palabra está tu nombre.

***

¿CUÁNDO PODRÉ sentir

tus manos en las mías,

cuándo entrarás al cuarto

donde duermo esta noche

para darle tu cuerpo

a mi cuerpo en el sueño?

***

EN LA noche

voraz. No sé qué está más cerca de la luz:

el aroma

de la nada nevada en la ladera

o el rostro que pregunta por sí mismo

en otro rostro oscuro.

***

¿LA LUZ que yace aquí, en este poema,

ilumina tu cuerpo ausente o es la luz

que brota de tu cuerpo ausente

la que ilumina este poema en que tú yaces?

«Aeropuerto»

Un viajero espera con su equipaje

en el fondo del barranco.

La llegada del Ave del Paraíso

está prevista para el amanecer.

El viaje se prevé largo

y se realizarán varias escalas

sobre  las flores de pétalos azules

y en las blancas nubes de servicio.

Durante la espera, la tripulación de abordo obsequiará

con dátiles a todo el pasaje.

 

Recuerden tratar con delicadeza

a los pájaros que nos acompañarán durante el trayecto.

 

En nombre de toda la tripulación y del Ave del Paraíso,

les deseamos un feliz vuelo.

(más…)

UN DÍA GRIS DE SOL

Este lugar, un silencio que desde el agua en los días de sol.

Hoy, sin embargo, apenas deja mirar, gris y doliente, a los ojos,

y murmura incomodado por el viento, atento a esta cita a ciegas.

Retiro con torpeza una bolsa de basura que se agita fuera de su cesto,

abrazo el mudo vaivén de las palmeras. Me reconozco delator de este momento,

El azul clorado por el aire me recuerda que sigue siendo ella,

también en este vientre gris de sol… No sé qué decir.

Podría dejarme arrullar por esta calidez, empaparme por la lengua de los coches,

en la hamaca cerrar los ojos y hundirme tras la protección las gafas de sol.

Podría, también, amarrar las distintas soledades al reboso y las sebas de la orilla,

llegar, quizás, a ese horizonte verde que nunca he visto.

Para los inmortales gusanos

Todas estos pozos de carne y sus tesoros,

el ojo derecho (y no el izquierdo,

por siniestro),

y la mano derecha también,

y el hígado, no lo olvides,

grasiento diario de bitácora,

rastro de cientos de travesías y papeles remojados.

Todos los deseos que quedaron pendientes

de la mano al suelo, testimonios de un tiempo

que no llegará,

atrapado entre esas horas que nos observan desde el espejo.

Toda mi sangre, llévate;

todos los posos del tórax vacío, llévate,

para que puedas leerlos y cuestionarme inerte,

sin hielo que me guarde,

seco sobre las rocas…

Pero no me rompas.

Desintégrame, acaso.

Córtame la cabeza, tal vez;

quédate tú con la existencia,

que yo seré pasto único para los inmortales gusanos.

Fotografía: Madalena Salvado

La isla, dos poemas

Stranger in a stranger land, Lázaro Santana

CUANDO tus pies se afirman en la tierra

extranjera (extranjero tú en ella) y con su gente

hablas y con sus vidas vives y con su música

cantas con sus pasiones trabajas te haces libre

(un cuarto a medianoche un cuerpo amigo

unos dólares discos bourbon yerba

la ciudad y sus árboles oboe

de la carne y del aire adolescente y frío)

el mar y su nostalgia de isla en isla

buscan sitio en el lecho donde amas lees finges

Argonauta de nuevo a tus asuntos

pisas la vieja piel del fiel navío y abres

las velas a su establo de los pinos

¿ves esa tierra extraña forastero? es la isla.


Isla, Pedro da Silveira

Apenas esto:

     El cielo fechado, una gaviota

     Planeando. Mar. Y un barco en la distancia:

     Ojos de hambre adivinándole, a proa,

Californias perdidas de abundancia.