Encuentros improbables

Aunque no lo recuerda Fernando António Nogueria Pessoa visitó Gran Canaria allá por el año 1907. El mismo día de su llegada se hizo enviar una carta informando convenientemente de ello a su Ofélia, su bebezinha, y a Bernardo Soares también, a sabiendas de que seguiría yendo a la oficina dos veces por semana y leería con gusto noticias suyas. Por obligación, además, escribe a Álvaro de Campos, Ricardo Reis y Alberto Caeiro, apenas 7 indicaciones para unas apuestas.

Aunque no lo recuerda, Fernando Pessoa desciende la pasarela del trasatlántico, repara en un joven de particular aspecto. Alonso Quesada mordisquea una rama de canela:

—Buenos días caballero. Sí, muy bien gracias.

—Olá, bom dia meu senhor. Tudo bem consigo?

En los alrededores del Hotel Madrid, al poco rato. Un café y otro, que a los portugueses les encanta el café, y una copa de vino de Lanzarote a la que siguieron otras tantas.

—Peço desculpas meu amigo mas

eu não sou eu

nem sou outro,

sou qualquer coisa

do intermédio…

E tenho que regressar al Puerto.

—Por supuesto. Le acompaño.

Pessoa, aunque no lo recuerda, anda cerca de dos horas, lentamente, al toquito junto a Alonso Quesadas y cuando ya en el puerto deciden bordear los diques, la noche se agrisaba de nubes, que corrían rápidas, apagando y encendiendo la luna. Hablan de los faustos de las fiestas de los ingleses, de la etiqueta y la elegancia de los sombreros, Rafael Romero menciona su gusto por los cachorros típicos de la Isla, le pregunta al visitante si no querría casarse con alguna de sus hermanas.

—No son un buen partido, pero así la casa se queda más tranquila.

Y Fernando António Nogueira Pessoa responde:

Estoy sospechando una cosa de usted. No me aventuro a decirlo…

Aunque no lo recuerda, Fernando nunca regresó a Portugal. Tomás Morales nadó 9 noches junto su cuerpo en la bahía, auscultandolo bajo el agua, confesando a los peces y obligándoles silencio.

Ahora sale del agua y se persigna.

Aunque no lo recuerda Fernando Pessoa, bajo la atenta mirada del médico de Agaete se certifica una muerte y los barcos no mudan el rumbo de sus humos. Y los cuervos de Lisboa guardan el secreto y de Quesada, dicen, que bebe café, que bebe, que bebe y bebe ginja en A brasileira, que ha abierto un smoking room de opio en Alfama,  y que no ha logrado olvidar a su gran amor:

—¿Piensa usted mucho en ese día?

—Sí.

—¿Pero se ha detenido usted en ese momento?

—No. He mirado, sin poder remediarlo, hacia el futuro…

“Hay muchos reseñistas, pero pocos críticos literarios de verdad”, Pere Sureda

[…]

Siempre que puedo los publico con una nueva traducción, aunque no siempre; en el caso del libro que saldrá en noviembre, La saga moscovita, de Vasili Aksiónov, que ya publiqué en La otra orilla, mantengo la traducción de Marta Rebón, puesto que se trata de una traducción de hace cinco años y absolutamente impecable. Pero, por lo general, siempre busco nuevas traducciones, porque es difícil encontrar traducciones por las cuales no haya pasado demasiado tiempo.

Una de las características de las ediciones de Navona es la visibilidad del traductor.

Nosotros en la colección de Ficciones ponemos el nombre del traductor en portada y añadimos en la solapa una biografía del traductor, porque es imposible leer Johnny empeñó su fusil sin el traductor. Es imposible leer Guerra y paz, al menos para la mayoría de españoles, sin el traductor, que es una pieza fundamental.

[…]

Este ha sido un interesantísimo fragmento de una entrevista no menos interesante y directa y clara en sus respuesta. Si quieres leerla al completo, aquí.

La cucaracha invitada

Una cucaracha atraviesa mi mirada pespuntando la piel de las baldosas. Se queda frente al televisor, me mira y sonríe. En dos milésimas de segundo estoy a su vera y la piso, y la aplasto, y dejo caer el peso de mi cuerpo hinchado por este calor sobre ella… Cuando me canso o pienso que ya valió, retiro el pie, retiro del impacto mi pierna. Y ella me mira, una vez más, y sonríe; me dice: «Esa no es forma de tratar a una invitada».

El desvelo, primera parte

Silencio y oscuridad se confunden. No sabes dónde estás pero ya abres los ojos. Con la mano tientas el aire y la respiración. Al principio es contenida, exhalada sobre la tensión calma de unas velas. Lanzas con la mirada un cedazo del iris a la espera de una buena captura, detalles, percepciones de medio cuerpo, promesas de sirena y una tranquilidad que, quizás, nunca existió… Mientras tanto la pupila palpa y dilata como gritando por un poco luz pero nada ves; nada. Al menos de momento. Y crees que arriesgas cuando te incorporas de no sabes dónde, cuando avanzas tus pies, el paso uno tras del otro, con ambos brazos extendidos y vacilantes como las antenas de una cucaracha sofocada en plena noche de verano. Y el tiempo no ha hecho aún acto de presencia, pero en cuanto resuena tu estómago tomas conciencia de que no sabes cuántas vueltas, cuántos caminos, cuántos pasos has dado… pero ya la tensión es otra. Allá al fondo y en el medio de nada un haz ínfimo de luz araña decidido la oscuridad e ilumina un punto en el espacio. Piensas entonces que hoy sí podrías llevarte algo a la boca, y en cuanto olvidas tus temores comienzas la maniobra; te acercas despacio, cimbreando el extremo de los brazos, reconociendo el aire con la punta de tus dedos. Ya no encuentras obstáculos, nada ni alguien saltan a tu encuentro, y nada te obliga al suelo. Desde todas direcciones la experiencia del momento que hilvanas te empapa y, al llegar a la luz, pausadamente dejas que beba de ti el eco de una nueva incertidumbre:

Acostumbrados como estamos, hablo.

Como cualquiera; de lo que acontece.

Pero también, por causas mejoradas

mi cuerpo tiene la palabra: él solo.

Se pronuncia de forma que parece

que fuera por entero lengua mía.

Parezco conversar, hablar por medio

de mi comportamiento otro lenguaje;

dialogar con las olas, los peñascos,

con las gaviotas; única manera

de entendernos, afines, naturales.

«El otro lenguaje», de Canción atlántica, Manuel Padorno.

«La memoria mixtificada», extractos para una ponencia de Lázaro Santana

El poeta y crítico literario Lázaro Santana, pronunció el jueves 21 de mayo de 2009, en la Sala Saramago de la FCM, la conferencia La memoria mixtificada, dentro del foro de reflexión Foro Archipiélago. En ella, Lázaro Santana hizo un repaso por la crítica que se ha hecho en las islas en los últimos treinta años respecto a los autores canarios, y señaló que a esta crítica

“la falta objetividad y le sobra chovinismo”,

que es

“inflexible e intransigente y el que se opone no es un discrepante, es un enemigo que ataca a la esencia del ser canario”.

Para llegar a esta conclusión, Lázaro Santana comenzó con unas consideraciones generales sobre el pasado y la memoria, y se sirvió de un cuento de Borges en el que al protagonista le dan la opción de conseguir una memoria prodigiosa y quien, sin embargo, escoge la posibilidad de poder olvidarlo todo.

El escritor expuso que mientras que desde la Poesía se suele mirar al pasado como un tiempo siempre mejor, existe también un miedo atávico que genera la necesidad de falsear el pasado porque

“Solemos adaptar la realidad a nuestros intereses”.

Para subrayar tal miedo, recurrió a la alegoría del desván en el que se guardan los fantasmas familiares y en el que no hay más que una muñeca rota… Es en ese momento, cuando se presenta la opción de aceptar lo que se ve, la realidad, o de seguir creyendo que lo que se imaginaba es lo cierto:

“En lo personal, cada uno es dueño de su imaginación, pero esa opción sobre la historia hay que denunciarla”.

Y esto es lo que comenzó a hacer Santana en su intervención, respecto a la crítica y estudios literarios de autores canarios en las últimas décadas. Señaló que

“la mirada provinciana casi siempre falsea la realidad»

y que, al analizar lo más cercano,

“podemos perder la perspectiva y tendemos a magnificar lo que analizamos”.

Destacó que en ocasiones tal crítica y estudio se hilvana desde un enfoque político, interesado y distorsionado, y que, en otras ocasiones, se hace por un cierto sentimiento de orfandad que desea, sobre todo, que nos sintamos“ protegidos por el pasado”.

Durante la ponencia, el escritor dio ejemplos como el caso de la poesía de Domingo Rivero de la que, recordó, se ha llegado a decir que es superior a la de Unamuno, algo insostenible, a su juicio, y añadió que este hecho se da porque se quiere

“construir un ascendente fuerte desde el que partir”.

También destacó que la interpretación que se ha venido haciendo de Nicolás Estébanez, como abanderado del nacionalismo canario, es falsa, ya que este fue esencialmente universalista y anarquista, y señaló que de su poema Canarias se ha hecho “una interpretación torcida”.

Otra de las mixtificaciones realizadas con autores canarios, apuntó Lázaro Santana, se refiere a los surrealistas. En concreto, considera que se ha magnificado la visita de André Breton a Tenerife en 1935 para enlazar directamente a los autores canarios con los franceses y negar los lazos con el surrealismo esapñol, algo que el crítico grancanario atribuye a un “complejo de inferioridad”, pues la influencia, tanto de Alberti como de Jiménez Caballero, sobre los autores canarios es, en su opinión, clara:

“La vinculación intelectual de los vanguardistas canarios se produce con autores de la Península casi exclusivamente”,

Al respecto, señaló que Canarias sí aportó dos buenas figura al surrealismo: el pintor Óscar Domínguez y Agustín Espinosa.

Frente a esta actitud, destacó como un exceso insostenible que se haya dicho del libro Lo imprevisto, de Domingo López Torres, que es “uno de los mejores libros del surrealismo”. Para Lázaro Santana, estas consideraciones tuvieron cierto sentido en 1975 tras salir del franquismo “pero ahora ya no”. Santana citó también el caso de una exposición del grupo Pajaritas de papel (1928-1930), formado por Domingo Pérez Minik, entre otros, que organizó el Gobierno de Canarias. En el texto del comisario incluido en el catálogo de la muestra, Santana encontró otro “ejemplo de irresponsabilidad crítica” ya que en ese texto se consideraba la “fundacional” e “ingente labor creativa” del grupo, cuando ellos mismos se definían como creadores de arte doméstico.

Para concluir su exposición, se abordó un ejemplo histórico de este tipo de mixtificaciones. Se refirió al pasaje narrando por el alférez Alonso Jaime Sotomayor, quien participó en 1483 en la conquista de Canarias junto a Juan Rejón. En ella, se cuenta que un canario viejo le dio a Rejón buena información para comenzar a invadir la isla de Gran Canaria. Tiempo después, algunas crónicas convirtieron a ese canario viejo en una canaria y posteriormente, en Santa Ana. Al respecto, apostilló el escritor que, en el fondo, “los que se ocupan de la crítica deben elegir si al final de su estudio se quedan con el canario viejo o con Santa Ana”.

El espectáculo debe continuar…

Asisto a un espectáculo, un espectáculo de esos que acontecen en el seno de la historia, repetidas veces, sí, cíclicas, como en una rueda avasalladora dentro de la historia y sus latidos… o eso creo… Contemplo la obra desde el escenario y los asientos y me pregunto si acaso tengo cuatro ojos, dos conciencias, un solo vaso semilleno… Estudio lo que leo y veo al final mi firma acompañada de otras apostillas que apenas conozco o sé leer; y para el caso da igual, mi diálogo es mío, y yo lo alimento y yo lo rehago cuantas veces sea necesario… Sin comienzo ni fin el espectáculo siempre continúa, es su deber, y consigo trae cientos de otros papeles, papeles viejos y más que viejos, papeles viejos con pinta de nuevos, viejas ideas con letra nueva, ideas firmadas por otros, reconocidas, alabas u odiadas por otros… Sin embargo permanezco atento a mi lectura, a mi papel blanco lleno de mis letras y dudas, tientos y quiebros… letra embarazada de recovecos. A mi alrededor el resto de asistentes -actores como yo en la obra- mezclan sus papeles con los papeles de otros, de aquellos viejos, afectándose por los vicios de otros, por las obsesiones de otros… envanidándose por la sombra de otros firmando así ese potaje que precisa un papel de culo que lo filtre…

L’Histoire de l’érotisme en una guagua hacia el Sur

«Mecánicamente mira a su izquierda. A esta hora el cansancio es ya una criatura informe y pesada que se engarza en sus párpados mientras mordisquea del cuello su sangre. Un extranjero lee «L’Histoire de l’érotisme»; pálido, con la frente la nariz y los cachetes enrojecidos del poco sol de este invierno; el pelo claro y la cabeza también clareada en la coronilla, gafas de pasta y el uniforme típico de un turista de la granbretaña… Lee una vez más el título y busca en su móvil el autor… George Bataille… Levemente le recuerda algún otro autor, loco de atar, relacionado con él… Ernst? Jünger?… Da igual. Lo mejor del libro -piensa- es su portada. Sobre fondo verde de anverso de hoja de acacia una mujer desnuda y con gafas de pasta, abierta de piernas, con la boca también abierta dejando solamemente entrever un velo de dientes bajo el labio superior -húmedo seguramente, piensa él- acoge en su sexo un cisne de alas extendidas y pico tenso como en éxtasis… El cristal de las gafas es blanco y no refleja nada, resalta sus labios y los dientes; nada deja ver tras de sí. El cisne, macho según la deducción de aquel que mira, es blanco igualmente, pero menos… algo más sucio… La guagua brinca en un bache y su cuello gira y rebota contra el cristal de la ventana a su derecha. No duele. Se espabila. En ese momento una niña extraneja mira fijamente aquella portada mientras su madre o abuela o hermana o mujer tira de su brazo hacia la salide del transporte público… Ve lo mismo que él: sobre fondo verde de anverso de hoja de árbol una mujer desnuda y con gafas gruesas, abierta de piernas, con la boca también abierta dejando solamemente entrever los dientes bajo el labio de arriba -húmedo, o no; esto no lo piensa ella, no lo conoce aún- está caída sobre el suelo mientras un cisne de alas extendidas y pico tenso -como en éxtasis, esto tampoco lo sabe; nada sabe de éxtasis la chiquilla-… El cristal de las gafas es blanco y no refleja nada, nada deja ver tras de sí. El cisne o cisna es blanco igualmente, pero menos… algo más oscuro, piensa ella…
Hanna termina de bajar las escaleras de la guagua y él vuelve al libro y topa con otra mirada… Un mujer negra parece torcer el labio, levanta disimuladamente las cejas, las pupilas dilatan, observala siguiente canción en su teléfono móvil… Lleva el pelo recogido en una coleta imposiblemente lisa; ropa ajustada y justa, gorro violeta, de invierno, y no deja de mirar al frente, más allá de la cristalera del chófer… Él vuelve la mirada al cristal de la derecha y recuerda para sí que no son las 12 ni la una ni las dos de la noche, a pesar de ser jueves, noche de tapas en Vegueta; piensa, una vez más y con algo de tristeza que es una prostituta hacia zona turística…»

Noche de corta duración

Seis y media de la mañana. La noche se pierde ya en tu cintura, la noche se va, y las farolas recogen sus maletas lentamente. Cuchichean entre ellas que no hay nada más que vender y sus pasos se pierden poco a poco en una sosegada, y alargada, silueta pidiendo silencio. Desde alguna palmera, se escuchan las primeras conversaciones de los pájaros, el aire se llena de luz, mientras yo, echado entre las últimas gotas de sudor de la habitación, juego a libar de tus carnes esas historias que nunca sabré ti.

7 y 10, San Agustín

Cuando salgo, ellos ya están ahí. Siempre y a la misma hora, pelo blanco y con un sonrisa también bajo sus ojos de círculo ártico. Lars e Anna disfrutan de nuestro clima de temporada, el otoño en San Agustín (Gran Canaria) que despunta por costumbre, y con el sol, a las 7 y 10 de la mañana, cuando todo está por abrir y el horizonte es mitad fragua, más allá de las nubes, que anticipa los hornos mañaneros del pan del invierno.

Cuando salgo del apartamento para ir al trabajo, Lars y Anna ya están ahí aguardando el triunfo del sol, alrededor de esa mesa de liturgia que construyen para desayunar: pan de centeno, queso plato, embutido en lonchas, miel y mantequilla, mermelada de frutos del bosque y café, café alemán, café americano, café sueco… cafe en tazón, café aguado pero simpre caliente; para tomar a voluntad todo lo que quieras.

La pareja de ancianos se sorprenden con mi presencia antihoraria; ellos están de vacaciones; Lars y Anna huyen del frío invierno norteño. Y en los apartamentos de enfrente aparezco yo sin aviso, sin más, pero me sonríen y me saludarán próximamente casi con toda certeza.

Erbane, te llamabas

Tengo un libro que es recuerdo de ti. Apenas algo más. Y ahí es nada… Hojas de 90 de gramaje y casi todo el espacio vacío con unas pocas fotos tuyas, fotografías que acaparan toda la atención, sí, cuando los ojos se llegan a ellas entre tanto campo y tierra de apariencia yerma o dormida.

Eres Fuerteventura aunque preferías que te llamase Erbane y yo te hacia caso siempre, indefenso como estaba a todas horas con no más que mi propia desnudez de hombre de la cueva. Tú, también, pero cómoda y de pie o tumbada en el sillón o sobre la hamaca, ahí fuera, en la terraza a ojos de todo; ahí quieta te gustaba recordarme tu nombre. Y sonreías cada vez que lo posabas en mi oídos… Y ahora tengo un libro, tengo un libro que es un recuerdo de ti. Apenas, nada.