Años 90, poesía canaria: Rafael Franco

Necesitamos referencias. Referencias desde las cuales poder abordar la realidad, el pasado y ese futuro que, por definición, no existe. Para el hoy de la literatura canaria, me parece fundamental recuperar la obra de aquellos poetas que escribieron en los 90 y que, por diversos motivos, no ha llegado a nosotros con intensidad, o como debería. Y es que, al igual que el recién parido enfrenta una barranquera frenética de estímulos sensitivos, los jóvenes lectores de hoy quedan ciegos ante tanta “oferta lectora”, aunque no sea más que ocio vacío. Y si, además, recordamos que los planes de estudio perpetúan la enseñanza de la Literatura con lecturas ajenas a la lengua que vive el lector, la literatura canaria sigue como siempre, atrapada entre el desconocimiento de la mayoría y la connivencia vanidosa de muchos autores, su casi congénita despreocupación por el “después” de la obra. Me refiero a poetas cuya obra comenzó a ser publicada en los años 90, un grupo al que se denominó “última generación del milenio”, “grupo poético de 1992” o “del redescubrimiento”, y que cuyo verso sigue actual en fondo y forma. Entre ellos, José Rafael Franco (Gran Canaria 1961-1993) aparece, a pesar de su fallecimiento prematuro  y del silencio que se vertió sobre sus poemas, uno de los actualizadores de la poesía canaria para el siglo 20.  El muestrario de poemas que compartimos a continuación se lo debemos al estudioso (ya fallecido) Antonio García Ysábal, que dio a conocer la obra del poeta en “La Nueva Poesía Canaria” (Verbum, 2001) y “Matemorfosis” (Colección San Borondón ISLA DE SOMBRAS, 2003); obra, esta última, cuidadísima hasta el más mínimo detalle y publicada tal cual la había preparado el autor. En ambos libros, leemos una expresión nueva, una poesía capaz de aflorar y decir, de provocar y conmover lejos de rimas y palabros retorcidos, de hacer amor y filosofía universal desde un terruño innombrado porque ya se había asumido, seguramente, que la Isla es inabarcable.

 

No implores mi perdón

No me es dado contigo el poder de vivir

Pues la vida es corta

Y mi arte no espera

Y todas mis balas son estos papeles translúcidos

Ahora abro las cortinas de mi ser

para entenderte

Ese crimen por tanto prolongado

Y tenderte la mano del diálogo

Que imploras desde hace tanto

Comprende al fin que la ley es esta

Nos hemos demorado en la estancia del mal

 

 

En la arena

TENDIDO al frente

Así se apalanca un cuerpo

ESTOCADO

Y dos orejas

 

 

El amor es el lugar del excremento

Y habéis cambiado

Usureros

El sitio

por el producto

 

Tierra de la mar infinita, bosque de lapas, éste, tu pueblo, quinientas mil caras repetidas que se vuelven a ver, que no pueden ver otro pueblo, cuya mirada es ajena y su mito repetido y prestado como las quinientas mil caras de memoria estampada; donde todo nada… la mar, golfo de tanta agua tragaste, nostalgia de piedra cuya agua se hizo nudo en la garganta, mirada de otro ajena a ti, cabo que te quiero cabo, ; oasis al revés, donde todo nada… la mar: tiempo es de dar al continente lo que es suyo, el mito arcádico, el sueño y la aventura de tantos robinsones con pasaje de vuelta, que no pudimos tragar sin devolverlos.

La isla inabarcable

La primera vez que escuché hablar de la Isla fue para saber que había nacido en una, al igual que mis hermanos, mis padres y mis abuelos. Desde aquel entonces la Isla se transformó en un ser que habitaba, una Gaia autónoma, completa, de múltiples dimensiones. Un estar inabarcable donde ver la luz por primera vez, casi sin querer. Un estar en todas partes… Quizás por eso nunca entendí aquellos libros, en la escuela, que hablaban de la Isla como un pequeño pedazo de tierra rodeado de mar por todas partes. Y algunos profesores se limitaban a leer en voz alta aquella extraña definición, con tanto desinterés, como si hablasen de la arena que se pisa sin mirar.

Sin duda, no sabían de lo que hablaban y, obviamente, no hablaban de la Isla, sino de mera geografía. Quién podría creer que la Isla que abrazaba la inmensa calle azul, animando a los navegantes a ir siempre más allá; la Isla que en su mismo centro abría invisibles puertas de roca y silencio hacia otros mundos, hacia otras preguntas y respuestas, fuera la misma sitiada por el mar… Tal definición era imposible, inevitablemente. Hay muchas islas, pero la Isla no era ninguna de aquellas descritas en los libros de la escuela, con pálidos colores, planas y sin vida.

Desconozco si esta íntima verdad que parecía presentir, aún siendo niño, era conocida por los profesores; como tampoco sé si estos, acaso, conocieron alguna vez la Isla, si de verdad descubrieron cómo habitarla de tanto que caminaban por ella. Sin embargo, lejos de decepcionarme, olvidé pronto aquella frase árida y geográfica, aquella falta de aire que ni el agua erizaba y hacia ensordecedor el vacío, y comencé a investigar nombres que, a la Isla, se le daba en otras partes del mundo: la tierra verde (Groenlandia), la tierra austral (Australia), la tierra de las tortugas (Galápagos), la tierra mítica del Atlántico y sus hijas… Es evidente. La Isla no cabe en la palma de ninguna mano. En tan hambrientas coordenadas solo viven las aristas de un pensamiento momificado y un vago anhelo de olvido, evasión o barbarie.

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