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Perpetremos el experimento más freak y separemos a la Poesía de su nombre, así tan quirúrjicamente como se separa a dos siameses con alguna posibilidad de salvación y grado alguno de vida diga; hagámoslo también con las manos del borracho de día o de noche, de contrato o vocación que intenta desnudarse mientras enfila semidesnudo el sofá, la hamaca, el suelo o la cama o la comisería de policía… Quitémosle el significante a la Poesía y llamémosla, por ejemplo, “catéter” y asistiremos a la magia y la sopresa del niño al que “le quitamos la nariz”. por primera, segunda y tercera vez… Ahora todos es mucho más fácil de aceptar: lo que no corresponde con un catéter no será nunca un catéter, nunca se venderá como catérer, nunca recibirá loas ni parabienes como un catéter -puesto que no lo es-, y nadie querrá palmearle el ego, la vanidad o la espalda porque… es solamente un catéter; lo que no se sienta como un catéter no será un catéter, lo que no piense como un catéter no será un catéter, lo que no provoque como un catéter, lo que cuando corte y penetre la piel, no libere la cruda y bella (pero cruda) música de un catéter… no será un catéter por muchas etiquetas que le pongan… Acaso una pajita de refresco para chiquillos o adolescentes es un catéter? No… Incluso, y es lo más habitual, si sentimos un catéter agarrado entre los dedos o bajo la piel y al abrir los ojos la carne nos grita que no hay catéter alguno…. entonces, aquella “visión” o “sentimiento” habrá sido cualquier cosa menos excepto un catéter….