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Nunca había sabido que mi paso

era distinto sobre tierra roja,

que sonaba más puramente seco

lo mismo que si no llevase un hombre,

de pie, en su dimensión. Por ese ruido

quizá algunos linderos me recuerden.

Por otra cosa no. Cambian las nubes

de forma y se adelantan a su cambio

deslumbrándose en él, como el arroyo

dentro de su fluir; los manantiales

contienen hacia fuera su silencio.

¿Dónde estabas sin mí, bebida mía?

Hasta la hoz pregunta más que siega.

Hasta el grajo maldice más que chilla.

Un concierto de espiga contra espiga

viene con el levante del sol. ¡Cuánto

hueco para morir! ¡Cuánto azul vívido,

cuánto amarillo de era para el roce!

Ni aun hallando sabré: me han trasladado

la visión, piedra a piedra, como a un templo.

¡Qué hora: lanzar el cuerpo hacia lo alto!

Riego activo por dentro y por encima

transparente quietud, en bloques, hecha

con delgadez de música distante

muy en alma subida y sola al raso.

Ya este vuelo del ver es amor tuyo.

Y ya nosotros no ignoramos que una

brizna logra también eternizarse

y espera el sitio, espera el viento, espera

retener todo el pasto en su obra humilde.

Y cómo sufre cualquier luz y cómo

sufre en la claridad de la protesta.

Desde siempre me oyes cuando, libre

con el creciente día, me retiro

al oscuro henchimiento, a mi faena,

como el cardal ante la lluvia al áspero

zumo viscoso de su flor; y es porque

tiene que ser así: yo soy un surco

más, no un camino que desabre el tiempo.

Quiere que sea así quien me aró. -¡Reja

profunda!- Soy culpable. Me lo gritan.

Como un heñir de pan sus voces pasan

al latido, a la sangre, a mi locura

de recordar, de aumentar miedos, a esta

locura de llevar mi canto a cuestas,

gavilla más, gavilla de qué parva.

Que os salven, no. Mirad: la lavandera

de río, que no lava la mañana

por no secarla entre sus manos, porque

la secaría como a ropa blanca,

se salva a su manera. Y los otoños

también. Y cada ser. Y el mar que rige

sobre el páramo. Oh, no sólo el viento

del Norte es como un mar, sino que el chopo

tiembla como las jarcias de un navío.

Ni el redil fabuloso de las tardes

me invade así. Tu amor, a tu amor temo,

nave central de mi dolor, y campo.

Pero ahora estoy lejos, tan lejano

que nadie lloraría si muriese.

Comienzo a comprobar que nuestro reino

tampoco es de este mundo. ¿ Qué montañas

me elevarían? ¿Qué oración me sirve?

Pueblos hay que conocen las estrellas,

acostumbrados a los frutos, casi

tallados a la imagen de sus hombres

que saben de semillas por el tacto.

En ellos, qué ciudad. Urden mil danzas

en torno mío insectos y me llenan

de rumores de establo, ya asumidos

como la hez de un fermentado vino.

Sigo. Pasan los días, luminosos

a ras de tierra, y sobre las colinas

ciegos de altura insoportable, y bellos

igual que un estertor de alondra nueva.

Sigo. Seguir es mi única esperanza.

Seguir oyendo el ruido de mis pasos

con la fruición de un pobre lazarillo.

Pero ahora eres tú y estás en todo.

Si yo muriese harías de mí un surco,

un surco inalterable: ni pedrisca,

ni ese luto del ángel, nieve, ni ese

cierzo con tantos fuegos clandestinos

cambiarían su línea, que interpreta

la estación claramente. ¿ y qué lugares

más sobrios que estos para ir esperando?

¡Es Castilla, sufridlo! En otros tiempos,

cuando se me nombraba como a hijo,

no podía pensar que la de ella

fuera la única voz que me quedase,

la única intimidad bien sosegada

que dejara en mis ojos fe de cepa.

De cepa madre. Y tú, corazón, uva

roja, la más ebria, la que menos

vendimiaron los hombres, ¿cómo ibas

a saber que no estabas en racimo,

que no te sostenía tallo alguno?

-He hablado así tempranamente, ¿y debo

prevenirme del sol del entusiasmo?

Una luz que en el aire es aire apenas

viene desde el crepúsculo y separa

la intensa sombra de los arces blancos

antes de separar dos claridades:

la del día total y la nublada

de luna, confundidas un instante

dentro de un rayo último difuso.

Qué importa marzo coronando almendros.

Y la noche qué importa si aún estamos

buscando un resplandor definitivo.

Oh, la noche que lanza sus estrellas

desde almenas celestes. Ya no hay nada:

cielo y tierra sin más. ¡Seguro blanco,

seguro blanco ofrece el pecho mío!

Oh, la estrella de oculta amanecida

traspasándome al fin, ya más cercana.

Que cuando caiga muera o no, que importa.

Qué importa si ahora estoy en el camino.

 

 

 

Al leer este poema una vez más después de subirlo, me surge una reflexión. Dicha reflexión gira entorno a si, para hacer una crítica literaria es necesario, o útil el conocimiento del autor, de su biografía, de sus circunstancias, como podría añadir Ortega y Gasset. Además, el poner o no el nombre de Nueve Puertas ha sido una cuestión discutida en Nueve Puertas, como siempre con cordialidad y urbanismo . En mi opinión, no poner el nombre del autor permite asegurar una dosis mayor de integridad o de subjetividad a la crítica, además permitir que ésta sea más “original” o menos preguiada. No obstante, al saber yo de quién es este poema, me planteé la utilidad de conocer algunos aspectos vitales del poeta para, de esta manera, poder construir o conducir mi crítica con más seguridad. Con todo, no he buscado más información sobre el autor y la crítica se sustenta en mi ignorancia de las condiciones vitales de éste y en mis propias percepciones y reflexiones. El poema comienza con una iluminación del poeta que, luego podremos intuir, está paseando. Al poeta le asalta un instante la certeza de que su paso es distinto según la tierra que pise, que en ese momento es una tierra roja que casi ausenta su presencia. Por eso los linderos que frecuenta el poeta no lo recordarán por su presencia sino por ese sonido, que a pesar de ser pisada sobre piedras rojas, no es ruido. Se trata de una toma de conciencia nueva, de percibir “como por primera vez”, no sólo la tierra que se pisa, si no el lugar que ocupa el mismo poeta en el camino que recorre y su relación con el paisaje. Al mismo tiempo el paisaje descubre la profundad de sus secretos expuestos a todos los ojos, pero que sólo unos pocos llegan a desvelar:

cambian las nubes

de forma y se adelantan a su cambio

deslumbrándose en él, como el arroyo

dentro de su fluir”

 

La contemplación de la naturaleza es, junto con la autocontemplación reflexiva, uno de los caminos que conduce al Conocimiento del origen de la experiencia humana. En este caso, el poeta descubre las palabras que explican el conocimiento que, de una forma u otra, ha estado fraguándose a medio camino entre su interior y el exterior. Es un comienzo de poema muy lírico, profundo y sin que por ello sea complejo de entender ni de leer. Podría incluso pensarse que el poeta, en el recuerdo de ese instante, se eleva de la tierra roja que pisa, tal y como haría su espíritu cuando paseaba. Y, sin embargo, continúa su camino… un camino y una acción de caminar que aprovecha el poeta para reflexionar, para desvelar aquella que llega a aprehender el pensamiento (o la intuición poética?). El comienzo del poema es, como ya apuntaba anteriormente, muy poético y sencillo de entender. Parece adelantar que la estructura del poema será así: lírica y asimilable sin mayores esfuerzos. Sin embargo, la misma acción de caminar parece dotar al poema de una mezcla de estructuras o de pensamientos que, en mi opinión, dificulta su lectura y su opinión salvo que, a medida que leemos con atención el poema, se llegue a la conclusión de que el poema es una serie de pensamientos o iluminaciones en voz alta: distintos en su tema, en su voz, en su tono… Incluso, parece que entre el verso “¿Dónde estabas sin mí, bebida mía?” y

¡Cuánto azul vívido,

cuánto amarillo de era para el roce!

se mezclan unidades conceptuales (ideas, temas) de una forma un tanto brusca.

Así seguimos con la lectura del poema:

Ni aún hallando sabré: me han trasladado

la visión, piedra a piedra, como a un templo!

 

El poeta sigue caminando y y mueve su cuerpo a través del paisaje que contempla y los pensamientos e imágenes que le sugieren. Se crea una especia de paisaje poético en su mente en que el camino, poético también, de conocimiento, se alimenta de lo que perciben sus sentidos. Parece entonces que el poeta hace de su cuerpo el mismo paisaje que contempla, busca algún tipo de equivalencia:

 

Riego activo por dentro y por encima

transparente quietud, en bloques, hecha

con delgadez de música distante

muy en alma subida y sola al raso.”

 

En este punto ya el poema se ha transformado en una experiencia casi mística, contenida, pero conceptualmente compleja. La sencillez del comienza, la manera directa en que se acercaba al lector se pierde para transformarse en un poema difícil de sostener entre las manos. El poema se nos evade, es volátil y ligero, pero no sencillo. A partir de aquí, el poeta mantiene la mirada nueva hacia lo que contempla, y va entrelazando distintas reflexiones que se nutren de su propio ser, a veces, hasta con dolor. Las imágenes son coloridas, el tiempo pasa a ser juguete rítmico y a medida que se abre el poema (impreso leeríamos la segunda página) parecen reflejarse en el poema las nubes que, probablemente, salpican de sombras la luz del sol. De repente, entre los versos

Quiere que sea así quien me aró” y “Y los otoños también”

parece que esconde el autor una crítica a la religión, como si aceptará la figura de la divinidad, pero no los dogmas religiosos, al mismo tiempo que expresa su condición de Ser reflexivo.

Y el poeta camina. Y se aleja. Sus pensamientos se insertan y siembran el paisaje, y el el paisaje fecunda su espíritu. Y la reflexión crece sin pausa, en una especia de toma de conciencia de la propia condición y vida humanas, hasta tal punto que nos parece que el poeta habla de la muerte.

Es aquí cuando salta la pregunta acerca de la idoneidad de documentarse acerca de la vida del autor. Cuando el autor escribe:

 

cuando se me nombraba como hijo,

no podía pensar que la de ella

fuera la única voz que me quedase,

la única intimidad bien sosegada

que dejara en mis ojos fe de cepa”

 

parece hablar de su muerte, de su cercanía o, quizás, de éste pensamiento, que se ha hecho más frecuente o muy real. El poeta camina y le salen al paso piratas del pensamiento que lo asaltan con reflexiones, costureras aladas que hilvana la naturaleza que le rodea con sus acto de vivir.

 

Y así hasta que anochece con

una luz que en el aire es aire apenas”

 

Y entonces ya la muerte parece perder su importancia. Y, entonces, de nuevo, el poeta introduce otro salto conceptual, aunque si hemos llegado hasta aquí, independientemente de cuántas lecturas haya costado, bascularemos de nuevo nuestra atención en la recta final del poema

A modo de conclusión, resalto el comienzo del poema y determinados versos sin máculas, perfectos en forma y contenido-sentido, parecen claros de luz en un día nublado por los que podemos alimentarnos y saciar el hambre de luz. El tono reflexivo del poema también me gusta, a pesar de esos saltos conceptuales y de la complejidad que aparece y desaparece en los versos, aunque me gusta, por muy contradictorio que pueda parecer, los cambios aparentes de tema dentro del poema ya que aportan coherencia al hecho de una paseo durante el cual el poeta piensa y asiste al preludio de la creación del poema.

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