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A veces el llanto

se alonga al borde del precipicio.

Llega, besa la carne que pisa,

se asoma y estira un brazo,

comprueba la fuerza del viento con la mano

y espera, quieto, la llegada de la luz.

A veces el llanto

asiste protagonista a la quema de sus brujas y herejes,

sucumbe al hechizo del fuego,

contempla la quema lenta y dulce

de su piel, y la carne y sus huesos.

A veces el llanto

se pregunta por qué,

por qué ese deseo blanco,

por qué esa ansia silenciosa de desnudez

que levita tan cerca del suelo,

por qué, frente a una vela, desea llorarse,

abandonado entre las sábanas.

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