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EL BAILE

       Baile en el almacén de doña Querubina, con acordeonista, fuegos artificiales, cachaça. Gran armonía hasta que Tobias, bajo efectos de aguardiente de naranja, comenzó a romper copas y botellas. Dueño del bareto, el marido de doña Querubina, protestó.

        —Ahora es botella, luego cabeza de negro —avisó Tobias—. Aquí no hay hombre.

        Más que ligero soltó un cabezazo sobre el viejo Emilio, que rodó aturdido, escupiendo sangre. Exhibiendo la navaja, Tobias, en voz alta:

        —Cuando no tengo aguardiente bebo sangre de gente.

        En el salón quería rajar el acordeón; evitado con mucho esfuerzo. Daba tumbos con las damas, ora de una forma, ora de otra. Con las jóvenes y las que no lo eran; si alguien se quejaba, hacía burla.

        —¡Aquí nadie me aguanta!

        Y lanzaba agua en la frente de las señoras que, apartando el rostro, huían a la cocina.

        Al instante, golpeado por todas partes. Acabó la confusión, lo largaron fuera, durmiéndose bajo una guabiroba.

        Media noche, la fiesta seguía animada. Diogo entró por la cocina llamando mierdas e hijos de puta a los presentes. Ya acababa el baile, amenazaba con un rabo de tatu[1], sobre todo, a la vieja alcahueta Querubina.

        Sombrero en la cabeza y rebenque en el cinturón, despreció al viejo Emilio, que no era hombre. Rebatió el viejito que sí era hombre, pero no para bregar.

        Con el rabo de tatu Diogo lanzó aquí y allí puñaladas. En medio de gran griterío, preguntó si alguien le encontraba ruin. Como nadie se manifestó, declaró que allí no había hombre. El ciudadano de nombre Sizenando, bien tranquilo:

        —Soy hombre para cualquier ofensa.

        Diogo saltó por la ventana, con un puñal rayó el suelo.

        —Aquí no hay hombre.

        —Ya saqué el cuchillo de macho, y más mierdas.

        Sizenando sacó el revólver. El fanfarrón desplomó con el cuchillo, entre gritos:

        —¡Ay, Dios mío, me disparó!

        Corriendo herido, penetró en la oscuridad.

        El baile continuó en el más completo orden hasta las dos de la mañana. Eurídes invitó a una dama a bailar y desentonaba en el salón. Honesto y trabajador, gustaba de conquistar a las jóvenes y cuando bebía era pendenciero.

        —¿Con la cara revirada, niña? Qué soberbia, ¿no quieres valsear?

        Rechazado, prohibió que bailase con otro. El novio de la chica, al ver que la apretaba, agarró una botella y la reventó en la cabeza de Eurídes, que cayó atontado entre trozos de vidrio. Dos invitados condujeron al herido hasta el camino de tierra de la entrada.

        Aníbal salió a bailar con la chica. El otro a su lado sin desviar el ojo rojo:

        —Hablar, vamos, fuera.

        La novia corrió para la cocina. Doña Querubina le dio sirope. Fuera en el camino, aires de enfrentamiento, Eurídes cogió el puñal y lo puso en el cinturón, fuera de la vaina.

        —¡No se acerque que yo te corto! —bramó Aníbal, al tiempo que reculaba.

        Eurídes exigía explicaciones por botellazo. El joven le acusó de mucha inconsciencia por no respetar novia ajena. Se rió el otro, si algún día tuviese novia podía él proceder de igual manera con ella.

        Sacando el cuchillo, quiso acertar a Aníbal. El otro respondió con la mano izquierda, salpicó sangre. Eurídes intentó segunda vez. El novio dio un brinco para atrás, el golpe rasgó la camisa. Aníbal tiró del puñal, el otro envistió. Le esperó con el brazo tieso, con todo el peso del cuerpo: el pecho de Eurídes fue atravesado. Se viró con grito de espanto, corrió para caer de cara al suelo.

        Aníbal fue a buscar la novia y, al pasar cerca, nadie miraba al muerto.

        Doña Querubina pidió al acordeonista el valsito Lágrimas de Virgen. El baile continuó animado y en la más perfecta armonía hasta el nacer del día.

Paseaba por Chiado cuando, en el mostrador de la librería Bertrand, leía, en la portada de un libro, “Cemitério de elefantes”. Su autor, Dalton Trevisan, apodado el “vampiro de Curitiba”, había recibido en 2012 el Premio Camões, el más importante premio literario en Portugal. “Cemiterio de elefantes” es un conjunto de cuentos breves, incisivos y de diálogos secos, muy a pie de barrio y marginación en los que el autor talla los personajes a golpe seco, sobre la piedra de un realidad cruda. A lector apenas le queda el esbozo de un sencillo atrezzo, habitado por múltiples jirones o agujeros, mordidas casi en el lenguaje, y unos diálogos en extremo austeros que tratan de acercarnos la aspereza de y la violencia del día a día… Comenzar a traducirlo fue inevitable.

… Esta inédito en España. Busco editor interesado en publicarlo.

[1]Cuchillo hecho en Brasil cuyo mango está hecho con el rabo de un armadillo NdT

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