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Silencio y oscuridad se confunden. No sabes dónde estás pero ya abres los ojos. Con la mano tientas el aire y la respiración. Al principio es contenida, exhalada sobre la tensión calma de unas velas. Lanzas con la mirada un cedazo del iris a la espera de una buena captura, detalles, percepciones de medio cuerpo, promesas de sirena y una tranquilidad que, quizás, nunca existió… Mientras tanto la pupila palpa y dilata como gritando por un poco luz pero nada ves; nada. Al menos de momento. Y crees que arriesgas cuando te incorporas de no sabes dónde, cuando avanzas tus pies, el paso uno tras del otro, con ambos brazos extendidos y vacilantes como las antenas de una cucaracha sofocada en plena noche de verano. Y el tiempo no ha hecho aún acto de presencia, pero en cuanto resuena tu estómago tomas conciencia de que no sabes cuántas vueltas, cuántos caminos, cuántos pasos has dado… pero ya la tensión es otra. Allá al fondo y en el medio de nada un haz ínfimo de luz araña decidido la oscuridad e ilumina un punto en el espacio. Piensas entonces que hoy sí podrías llevarte algo a la boca, y en cuanto olvidas tus temores comienzas la maniobra; te acercas despacio, cimbreando el extremo de los brazos, reconociendo el aire con la punta de tus dedos. Ya no encuentras obstáculos, nada ni alguien saltan a tu encuentro, y nada te obliga al suelo. Desde todas direcciones la experiencia del momento que hilvanas te empapa y, al llegar a la luz, pausadamente dejas que beba de ti el eco de una nueva incertidumbre:

Acostumbrados como estamos, hablo.

Como cualquiera; de lo que acontece.

Pero también, por causas mejoradas

mi cuerpo tiene la palabra: él solo.

Se pronuncia de forma que parece

que fuera por entero lengua mía.

Parezco conversar, hablar por medio

de mi comportamiento otro lenguaje;

dialogar con las olas, los peñascos,

con las gaviotas; única manera

de entendernos, afines, naturales.

“El otro lenguaje”, de Canción atlántica, Manuel Padorno.