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Asisto a un espectáculo, un espectáculo de esos que acontecen en el seno de la historia, repetidas veces, sí, cíclicas, como en una rueda avasalladora dentro de la historia y sus latidos… o eso creo… Contemplo la obra desde el escenario y los asientos y me pregunto si acaso tengo cuatro ojos, dos conciencias, un solo vaso semilleno… Estudio lo que leo y veo al final mi firma acompañada de otras apostillas que apenas conozco o sé leer; y para el caso da igual, mi diálogo es mío, y yo lo alimento y yo lo rehago cuantas veces sea necesario… Sin comienzo ni fin el espectáculo siempre continúa, es su deber, y consigo trae cientos de otros papeles, papeles viejos y más que viejos, papeles viejos con pinta de nuevos, viejas ideas con letra nueva, ideas firmadas por otros, reconocidas, alabas u odiadas por otros… Sin embargo permanezco atento a mi lectura, a mi papel blanco lleno de mis letras y dudas, tientos y quiebros… letra embarazada de recovecos. A mi alrededor el resto de asistentes -actores como yo en la obra- mezclan sus papeles con los papeles de otros, de aquellos viejos, afectándose por los vicios de otros, por las obsesiones de otros… envanidándose por la sombra de otros firmando así ese potaje que precisa un papel de culo que lo filtre…

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