— ¿Qué dirías que es…? ¿Un barco? ¿Una ballena caída del cielo para salvarnos del mundo? ¿Los pensamientos holoproyectados de algún suicida?

—…Sí, lo he pensado a veces, ¿sabes? Ahora no sabría qué decirte. A veces despierto por las mañanas con los dedos húmedos como si hubiera pasado la noche buscando algo entre mis sueños… hasta que caigo en la cuenta.

— ¡Es el holoproyector!

— Sí… —sonríe.

— ¿Por qué te demoras tanto siempre?

—Porque es inevitable… Me comes, te como, me alimento de ti…

—Así este amor que te tengo…

—…que me tienes…

—… que te tengo… ¿Ves? — sonríe.

— Podría asegurar que esa plataforma petrolífera de allí no es real. Solo un amasijo de ojoluces.

—¿Ojoluces?

Sí, ojoluces.

— Estás loco, ¿lo sabes?

—Sí, me han dicho cosas peores pero no tiene importancia.

—¡Exacto!

—Pero esto, esos ojoluces sí… Todavía a esta distancia, como si fueran una mentira, un espejismo del miedo… La ley es una, así de pequeña cuando la gritan y se agarran a ella. ¿Me entiendes?

— …

— Pero la intimidad que tenemos ahora… con el mar nos aprieta a veces la garganta, nos ahoga la voluntad…

— ¿Has dormido alguna vez en la playa bajo el vientre de una barca?

— Sí, una vez. Fue en Las Canteras. Se llamaba María.

— ¿Ella?

— ¿Quién ella?

— La chica con la que estabas esa noche.

— ¿Qué chica?

— Siempre hay una chica. Y no has dejado de hablar de ella en toda la noche.

— …

— Ey, no te cortes ni te lo tomes a mal. Muy al fondo siempre nos vive una ausencia, una nostalgia, el recuerdo del sabor de una saliva el olor de un sexo después de almorzar.

—…Sí, hubo una ella pero María era el nombre de la barca.

— ¡Se comieron el uno al otro en el vientre de María! ¡Como dos caníbales!

— Como dos caníbales —sonríe— y en carnaval…

—Ves, es inevitable.

—… Sí.

—Me comes…

—Te como, me alimento de ti…

—Así es este amor que te tengo…

— …que me tienes…

— …que te tengo…