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Como de costumbre llegó la hora. La cigüeña espacial anclaba en el hangar 109 con su crotoreo distante, ocultando por unos segundos el desahucio de los recién nacidos, el silencio de sus llantos ahogados y aquella deuda que los mayores pagaban, a diario, con kilos y kilos de su carne. Los golpes de la policía reclamaban, en ese momento, inventar el mundo, uno exclusivamente de su propiedad, mientras se abrían paso hacia la bodega de transporte atestada de nervios y angustia. ÍCARO-9, el convoy interplanteario, traía siempre la sonrisa y las palabras del hombre del saco, sus vanas promesas, y ayer apenas había sido distinto. Apoyados en la cristalera panorámica, tú y Sigilo observaban el circo de la segunda gran migración… Millones quedaron atrás, como tu madre, como tantas lágrimas aún huérfanas, y tomabas buena cuenta de ello a pesar de tus seis escasos años. Nuestro único equipaje, una maceta, un par de libros, y todo aquello que cupiera entre el polvo de nuestros zapatos.

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