«El tren del infinito», reseña

El Tren del Infinito (Anroart Ediciones, 2007) libro de poemas de Juan Carlos de Sancho, traducido al portugués por Candelaria Cecilia Ruano. Quien se acerque a la obrade Juan Carlos de Sancho a través de este libro se llevará una dulce sorpresa. Poemas de corte narrativo llenos de frescura, reflexión y magia. En ellos se delata la falsa frontera entre Poesía y Pensamiento al tiempo que nos ofrece un viaje, desplazamiento metafísico aflorando realidades excitadas por una mirada juguetona y desinquieta, la capacidad, también, de experienciar más allá de la máquina que ensordece la voz del silencio.

El tren del infinito no es travesía para excépticos y cínicos, es la confluencia donde el escritor nos reúne alrededor del unicum de sus páginas, iniciando así la evocadora deriva:

Esta es la noche que estaba esperando. Pero no debo
contárselo a nadie porque estos viajes debo realizarlos
en la oscuridad más absoluta y sin testigos. Esperaré a
que todos estén dormidos. Entonces las recogeré y las
llevaré hacia arriba, hasta el punto más alto. Y si no lle-
go, no llego. Y si llego habré creado un sortilegio.

Y la pregunta lógica es quién, quiénes son Ellas, esos seres que:

Dibujan sobre un papel nublado sus apariencias anima.
das. En sus talleres asombrosos esculpen las centellas y
los rayos. En luna llena ajustan los amaneceres y enfo-
can la inspiración y las ideas. Son las mejores, las que
iré a buscar esta noche.

Mientras tanto el título va arando lentamente nuestra lectura, calladamente siembra la imagen que alimentamos con los versos. El tren modula su traqueteo, convidándonos a una fiesta, un deseo:

Yo deseo un lugar de ficciones perfectas donde la intui-
ción pueda ser contemplada en tiempo presente, cada
noche.

El Tren del Infinito bien podría ser una novela de extensión atípica o un cuento, una propuesta de pensamiento seminal que María Zambrano entendería como esa íntima vibración donde el autor, pretendiendo decir sobre un tren en viaje hacia el infinito, nos acerca las luces de la Eternidad. Visitamos cada uno de los vagones, nos asomamos a sus ventanas, conversamos con el maquinista mientras el autor juguetea con las ideas, experimentando el cuestionárselotodo. Un simple camino de hierro es aquí la metáfora del cambio, de una variación espaciotemporal sentida en carne viva, respirada pausadamente y con emoción, con intensa emoción. Y hay más preguntas que respuestas. Todo son puentes tendidos desde unas manos desnudas bajo el seno del aire y el horizonte que promete el mar.

Soy un tren de montaña. O subo o bajo. Así que me sujeto
bien a los raíles para no ir a la deriva. Una vez pasó un
tren por mis sueñlos y me dijo: «Antes o después nos en-
contraremos». Las madrugadas revelan formas impreci-
sas en el aire. Sin embargo sigo mi camino, ciertamente.

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