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VIAJE

 

Iremos juntos separados,

las palabras mordidas una a una,

taciturnas, centelleantes

—oh mi amor, constelación de bruma,

hombro de mis brazos vacilantes.

Olvidados, recordados, repetidos

en la boca de los amantes que se besan

en lo alto de los navíos;

deshechos ambos, ambos enteros,

en el rastro de los peces luminosos,

ahogados en la voz de los marinos.

 

NO ES VERDAD

 

Cae, como antaño, de las estrellas

un frío que se extiende por la ciudad.

No es de noche ni de día, es el tiempo ardiente

de la memoria de las cosas sin edad.

 

Lo que soñé cabe en tus manos

desgastadas de tejer melancolía:

un país que crece en libertad,

entre almiares de trigo y de alegría.

 

Pero la muerte pasea por las habitaciones,

ronda las esquinas, entra en los navíos,

su mirada es verde, su vestido blanco,

huelen a ceniza sus dedos fríos.

 

Entre un cielo sin color y montañas de carbón

el ardor de las estaciones cae podrido;

los mástiles y las casas escurren las sombras,

sólo la sangre brilla endurecida.

 

No es verdad tanta tienda de perfumes,

no es verdad tanta rosa descepada,

tanto puente de humo, tanta ropa oscura,

tanto reloj, tanta paloma asesinada.

 

No quiero para mi tanto veneno,

tanta madrugada barrida por el hielo,

ni ojos pintados donde muere del día,

ni besos de lágrimas en mi pelo.

 

Amanece.

Un gallo raya el silencio

dibujando tu rostro en los tejados.

Yo hablo del jardín donde comienza

un día claro de amantes entrelazados.

 

ELEGÍA Y DESTRUCCIÓN

 

De ese tiempo en que se sigue siendo niño

durante miles de años,

traje conmigo un aroma de resina,

traje también los juncos rojos

que ladean la orilla del silencio,

en este cuarto, ahora habitado por el viento;

traje incluso una mirada húmeda

en la que los pájaros perpetúan el cielo.

 

Difícilmente olvido la calle donde encontré

tus ojos inmensos, fascinados

por el fulgor secreto de las espadas,

la casa donde te conté, con las manos trémulas,

la parábola del pan y del vino,

dando a cada palabra un rostro nuevo.

 

La ciudad donde te amé fue arrancada

y no puedo destruir a los centinelas del miedo.

Pero tampoco puedo dejar de quererte

con besos y relámpagos,

con sueños que tropiezan en las paredes

y se alimentan de terror y de alegría,

mientras el tiempo sigue sollozando.

 

¿Qué me queréis verdes sombras de luna

en mi cama donde adormece el frío?

Aquí estoy, más alto que el trigo,

sangrando en los pétalos del día,

y sin recelo de que a nuestros gritos

aun los llamen brisa.

Los poemas anteriores corresponden al poemario As Palavras Interditas, Até Amanhã. Este poemario ya ha sido completamente traducido por mí y sigue buscando editorial.

Sobre Eugénio de Andrade