Tu ropa dejaba un silencio tras de sí, confidencia o soco o silo o refugio nuclear. Ahora nada queda salvo un silencio obcecado, un letime apocalíptico sobre las playas de la isla de Henderson, donde ahora, como en la propia trinchera que nos desangra sobre la cama, se reúnen a morir restos de basura, carne y desechos.

No somos más que media barra de bar, abandonada a la suerte de una medianoche de lunes, donde apenas unas chopas trapecistas y algunas cucarachas mexicanas recalan, para deborarse entre restos de Jilmador y tus cepos de caza llenos de sosa caústica para osos.