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Una cucaracha atraviesa mi mirada pespuntando la piel de las baldosas. Se queda frente al televisor, me mira y sonríe. En dos milésimas de segundo estoy a su vera y la piso, y la aplasto, y dejo caer el peso de mi cuerpo hinchado por este calor sobre ella… Cuando me canso o pienso que ya valió, retiro el pie, retiro del impacto mi pierna. Y ella me mira, una vez más, y sonríe; me dice: «Esa no es forma de tratar a una invitada».

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