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La primera vez que escuché hablar de la Isla fue para saber que había nacido en una, al igual que mis hermanos, mis padres y mis abuelos. Desde aquel entonces la Isla se transformó en un ser que habitaba, una Gaia autónoma, completa, de múltiples dimensiones. Un estar inabarcable donde ver la luz por primera vez, casi sin querer. Un estar en todas partes… Quizás por eso nunca entendí aquellos libros, en la escuela, que hablaban de la Isla como un pequeño pedazo de tierra rodeado de mar por todas partes. Y algunos profesores se limitaban a leer en voz alta aquella extraña definición, con tanto desinterés, como si hablasen de la arena que se pisa sin mirar.

Sin duda, no sabían de lo que hablaban y, obviamente, no hablaban de la Isla, sino de mera geografía. Quién podría creer que la Isla que abrazaba la inmensa calle azul, animando a los navegantes a ir siempre más allá; la Isla que en su mismo centro abría invisibles puertas de roca y silencio hacia otros mundos, hacia otras preguntas y respuestas, fuera la misma sitiada por el mar… Tal definición era imposible, inevitablemente. Hay muchas islas, pero la Isla no era ninguna de aquellas descritas en los libros de la escuela, con pálidos colores, planas y sin vida.

Desconozco si esta íntima verdad que parecía presentir, aún siendo niño, era conocida por los profesores; como tampoco sé si estos, acaso, conocieron alguna vez la Isla, si de verdad descubrieron cómo habitarla de tanto que caminaban por ella. Sin embargo, lejos de decepcionarme, olvidé pronto aquella frase árida y geográfica, aquella falta de aire que ni el agua erizaba y hacia ensordecedor el vacío, y comencé a investigar nombres que, a la Isla, se le daba en otras partes del mundo: la tierra verde (Groenlandia), la tierra austral (Australia), la tierra de las tortugas (Galápagos), la tierra mítica del Atlántico y sus hijas… Es evidente. La Isla no cabe en la palma de ninguna mano. En tan hambrientas coordenadas solo viven las aristas de un pensamiento momificado y un vago anhelo de olvido, evasión o barbarie.

Este artículo fue publicado por primera web en la web Mundo Açoriano, como reflexión entorno a la isla, y, posteriormente, en la sección de opinión del autor en la revista digital El Alisio.