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El siguiente texto fue publicado en Diário de Noticiasdel domingo 21 de octubre de 2018, por Filipa Martins.

El amor por la poesía, como todo amor, podría ser lahistoria de un equívoco, tal y como propone Eduardo Lourenço, pero no deja de ser también la perpetua batalla —la aventura inacabable— o el atrevimiento hesitante de quien cuestiona, como T.S. Elliot, si debe perturbar el universo —Do I dare (me atrevo)? Todo lo que la poesía toca queda contaminado por la inquietud, porque la poesía sabe adiestrar a la cuarta dimensión —la temporal. En palabras de la poeta Cláudia R. Sampaio, «es el instante, pero vive en la eternidad», convirtiéndose en la más sospechosa de las manifestaciones humanas. «El poeta avanza cuando escribe y el lector, cuando lee, para el tiempo y retrocede, transformándose en el poema», añade. La poesía no tiene agujas de reloj ni sentidos fijos y tal vez por eso, en el mundo actual, pueda acertar en el reloj del humanismo y proponer direcciones.

Embriagaos de vino, virtud o de poesía,nos exhorta Charles Baudelaire. Y si el escritor Bukowski guarda una copa o una botella, para celebraciones, tristezas o enfados —bebamos si no pasa nada para que algo suceda—, la poesía, servida según la ocasión, nos ofrece el consuelo metafísico del vino: el de ser la piedra veloz, incluso en una cámara sin gravedad de cuerpos suspendidos, ser capaz de penetrar las olas con el batir de sus alas, o —demorándose— de inmovilizar el movimiento perpetuo de las manecillas del reloj. Catalizadora de cambios, paliativa de tropiezos, acelera las partículas o cristaliza lo esencial.

«Sé que algo parece cambiar con el pasode los días, de los meses o de los años, per no hay reloj ni calendario externoque me lo diga», confiesa el poeta Fernando Pinto do Amaral. «Puedo inventar un cronoscafo —la máquina del tiempo del Profesor Miloch— y viajar a voluntad, o puedo fingir que nada se mueve tras el cristal de ese reloj cuyas manecillas, a veces, parecen estar paradas.» Falta decir que, a bordo del cronoscafo, seguiremos en dirección hacia tiempos especialmente peligrosos (mucho más próximos de nosotros que el tiempo de los Elois y los Morlocks) o, ante un aparato saboteado en la tradición de La Trampa Diabólica de E.P. Jacobs, cómic de culto de la serie de Blake y Mortimer, desapareceríamos para siempre en el laberinto del tiempo. Podríamos valernos de la poesía que es «movida por una energía que nace de más allá», tal y como explica Pinto de Amaral, «digamos de un tiempo sin tiempo, ciego instante sin nombre.» La mejor brújula en plena tempestad.

El novelista Valter Hugo Mãe, probablemente con la mirada puesta en el otro lado del Atlántico y en la inminencia de la elección del candidato Jair Bolsonaro como presidente de Brasil, propuso recientemente en las redes sociales un movimiento para la recuperación poética del mundo. La poesía y los poetas, tan apartados del avance sincopado de los minutos, son, así, convocados para los grandes ciclos de la urgencia de la Historia. ¿Quién se enfrentará al monstruo, al dios de la inercia, del hábito, de la muerte?, pregunta Eduardo Lourenço en su libro Tiempo y Poesía, sino un poeta nuevo, con armas nuevas, capaz de recordar a los dioses sus orígenes y a los hombres, resaltemos esto, el caudal cíclico de los instantes.

José Tolentino Mendoça en el prefacio a la obra de Eugénio de Andrade (Poesía, Assírio & Alvim, 2017) garantiza que el poeta, provisto de su cosmovisión, no se perdía entre el mundal ruido, desviándose de la actualidad periodística. El tiempo cronológico —aquel de las ruedas monótonas del reloj— será una amputación y el pespunte de los días un enfado para quien navega las urgencias: la del amor, la de un barco en la mar, la de destruir ciertas palabras —odio, soledad, crueldad. El poema habita el Instante mayúsculo. No el que se agota mal principia, sino aquel que se define por la paradoja de nunca tener principio y de no tener fin. Ese monstruo, a quien nadie verá nunca la cabeza o la cola, como asegura Eduardo Lourenço, es al que convenimos en llamar Tiempo.

¿Y cómo habitará la poesía el tiempo actual? Un tiempoque dejó de tener noción de la infinitud del Tiempo. «No quiero sercatastrofista», asegura Filipa Leal, «pero creo que tenemos un problema grave (y transversal) con la velocidad»: «Estamos en un tiempo sin tiempo siquiera para la palabra completa.» La poeta, que en una reciente comunicación en el Festival Literario Corrientes de la Escritura (Correntes d’Escrita) intentó traducir a Camões al argot de los LOL, transportándonos por los “pasillos sin retorno”, donde no se permite parar, de los aeropuertos:

«Debemos seguir caminando, o las puertas no se abrirán y quedaremos presos en el pasillo. Si nos paramos, quedamos, literalmente, entre las puertas, en un lugar vacío.»

 

Extraña forma de vida, si —desde la plataforma de la estación— observamos el tren de los días con la sensación de que nos movemos en el andén más velozmente que los vagones sobre los raíles de la Historia.

El vértigo de la velocidad y la ausencia de un lugar de reposode la vida sin reposo —si hasta en un sitio de espera, el andén, seguimos enmovimiento— nos roba la perplejidad del instante o, en palabras de Roberto Juarroz, de lo eterno: «Pero no la en la gran eternidad de los rezos», antes«las pequeñas eternidades olvidadas» preferibles a la gran eternidad —«La parte que no fluye del río, aquello de la ciudad que siempre calla, el lugarque no duerme en tu cuerpo dormido, aquello que no despierta en mi cuerpodespierto». Todo aquello paralo cual no tenemos tiempo en la fugacidad del tiempo es reclamado por la poesía.

Ahí, fijamos el encuentro con la duración del instante que la poesía nos proporciona, tan distinto de las miradas fugaces. «El impulso de la duración/ya comienza por sí mismo a entonar un poema», dispara Vasco Gato, citando a Peter Handke. Para el poeta y traductor portugués, el trabajo poético es «esa tarea de retener en el flujo del tiempo las impresiones que, por más discretas que sean en el cine del mundo, se funden con nosotros, se hacen materia nuestra.»

La fugacidad de la vida que nos hace menos vivos y, después, menos humanos, «la percepción de que esa escasez se juega la carta fundamental de la existencia», en las palabras de Vasco Gato, subrayan la importancia de la poesía, porque es en la penuria del tiempo cuando más se debe reclamar un tiempo para la poesía como quien reclama un código de conducta en privación. Sería la luz con la que exploraríamos el corazón del sol, de cuya existencia Eduardo Lourenço siempre dudó. Nuestra máquina del tiempo recuperadora de humanismo.

Filipa Martins (Lisboa, 1983) é escritora, argumentista e jornalista. Recebeu o Prémio Revelação, na categoria de ficção, atribuído pela Associação Portuguesa de Escritores (APE), com Elogio do Passeio Público, o seu primeiro romance, e o prémio Jovens Criadores do Clube Português de Artes e Ideias, com Esteira. Editou ainda os romances Quanta Terra (2009, Guimarães Editora) e Mustang Branco (2014, Quetzal Editores). Também com chancela Quetzal, apresenta o romance Na Memória dos Rouxinóis (2018). É co-argumentista da série televisiva Três Mulheres, a estrear na RTP no segundo semestre de 2018, nomeada para o Prix Europa – The European Broadcasting Festival na categoria de ‘Televisão’. Mantém, em co-autoria, um programa semanal na Rádio Renascença de promoção do livro e da leitura que se chama A Biblioteca de. Está, presentemente, a escrever a biografia literária da poeta açoriana Natália Correia, a publicar em 2020 na chancela Contraponto (do Grupo Porto Editora).

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