La tribu

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La tribu está de vuelta pero no llegó ayer. Durante las últimas décadas fue haciéndose hueco entre nuestros pensamientos, alimentándose de miedos y deseos. Opera siempre de la misma manera, ocupa los lugares vaciados de razón, prolifera con discursos en la médula de fósiles atávicos, regando las siemprevivas de la desconfianza, el miedo y el odio; reanima los ecos de ese oscuro agujero en el que el ser humano se inflama y llena de sangre, cuando lo sabe alejado de la búsqueda de alguna verdad o bien común, o que anda distraído.

La tribu come despacio, sabe esperar el momento adecuado. Entonces salta de entre las sombras y bloquea nuestro paso insistentemente. Y ha sido paciente. Tras casi una generación al soco de las clavículas de las viejas y grandes ideas y luchas de otros tiempos, la tribu se ve hoy legitimada para proyectar su masturbatoria y mórbida ceguera sobre la sociedad y los individuos. Nada importan sus excesos, intercambiar unas injusticias por otras, crear nuevos enfrentamientos en el seno de la sociedad en vez de procurar el diálogo en el disenso. El poder es lo único que importa, la masa, y ahora se exhibe junto a su melliza, su volumen negativo, la némesis que propició a su imagen y semejanza. Ambas conducen al abismo porque hacia el abismo nos conducen y se abrazan.

El miedo fortalece a la tribu y la tribu promociona el miedo, alienta la incertidumbre de inciertos tiempos venideros, mientras se crece con la existencia de su opuesta. Ambas se alientan y se buscan, se azuzan y fustigan, la una a la otra, íntimamente, para hincharse el pecho y las palabras. La tribu es la ceguera que censura la razón crítica, la enfermedad de los ganaderos de cabezas que consume al individuo con las promesa articuladas bajo la complacencia de algún ismo, alguna ista o ita, algún ero, algún anti, algún ultra, algún ino o alguna ina o alguna otra moda. La enfermedad entonces se propaga, alcanza las vísceras y la boca, y de ahí estrangula los circuitos neuronales encargados del pensamiento autónomo e independiente, enrocando las razones del individuo en los intereses de los líderes de la tribu, en su defensa irracional y enrabietada.

La tribu y sus acólitos se arrogan siempre una superioridad moral sobre todo aquel discurso extraño y no coincidente, sobre aquellos que no demuestren su pertenencia a la tribu. Los individuos condenan así, de antemano, toda posibilidad de diálogo, impedidos por una especie de sordera de la lengua que no deja hablar, que rechaza cualquier punto de encuentro con la opinión, el argumento y la experiencia ajena. Está fuera de lugar cuestionarse las propias ideas y filiaciones: manda el placer que me proporciona la pertenencia a la tribu, pues la tribu colma las aspiraciones del ego, apacigua ansiedades y miedos.

La enfermiza necesidad de etiquetar al otro, de marcarlo cuanto antes como amigo o enemigo caracteriza el comportamiento de los individuos de la tribu. Y cualquier estrategia es válida: tergiversación y manipulación, ridiculización, ataques personales, acoso, violencia. Como resultado, los individuos de la tribu caen en la contradicción de escenificar aquello que critican, de perpetuar la injusticia que dicen combatir. Y no parece importarles. La tribu tiene sed de poder y sus individuos quieren que algo de esa lluvia dorada les empape.

A veces, la tribu coincide con el gobierno de turno; otras, con el partido de la oposición, o un partido minoritario de nueva aparición. A veces, la tribu son todos ellos y otros más, y deviene entonces una hidra jedionda encantada de devorar a sus hijos y los pedazos de sus hijos. Porque la tribu aspira a reinar sobre su propio gólgota.

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