“Mecánicamente mira a su izquierda. A esta hora el cansancio es ya una criatura informe y pesada que se engarza en sus párpados mientras mordisquea del cuello su sangre. Un extranjero lee “L’Histoire de l’érotisme”; pálido, con la frente la nariz y los cachetes enrojecidos del poco sol de este invierno; el pelo claro y la cabeza también clareada en la coronilla, gafas de pasta y el uniforme típico de un turista de la granbretaña… Lee una vez más el título y busca en su móvil el autor… George Bataille… Levemente le recuerda algún otro autor, loco de atar, relacionado con él… Ernst? Jünger?… Da igual. Lo mejor del libro -piensa- es su portada. Sobre fondo verde de anverso de hoja de acacia una mujer desnuda y con gafas de pasta, abierta de piernas, con la boca también abierta dejando solamemente entrever un velo de dientes bajo el labio superior -húmedo seguramente, piensa él- acoge en su sexo un cisne de alas extendidas y pico tenso como en éxtasis… El cristal de las gafas es blanco y no refleja nada, resalta sus labios y los dientes; nada deja ver tras de sí. El cisne, macho según la deducción de aquel que mira, es blanco igualmente, pero menos… algo más sucio… La guagua brinca en un bache y su cuello gira y rebota contra el cristal de la ventana a su derecha. No duele. Se espabila. En ese momento una niña extraneja mira fijamente aquella portada mientras su madre o abuela o hermana o mujer tira de su brazo hacia la salide del transporte público… Ve lo mismo que él: sobre fondo verde de anverso de hoja de árbol una mujer desnuda y con gafas gruesas, abierta de piernas, con la boca también abierta dejando solamemente entrever los dientes bajo el labio de arriba -húmedo, o no; esto no lo piensa ella, no lo conoce aún- está caída sobre el suelo mientras un cisne de alas extendidas y pico tenso -como en éxtasis, esto tampoco lo sabe; nada sabe de éxtasis la chiquilla-… El cristal de las gafas es blanco y no refleja nada, nada deja ver tras de sí. El cisne o cisna es blanco igualmente, pero menos… algo más oscuro, piensa ella…
Hanna termina de bajar las escaleras de la guagua y él vuelve al libro y topa con otra mirada… Un mujer negra parece torcer el labio, levanta disimuladamente las cejas, las pupilas dilatan, observala siguiente canción en su teléfono móvil… Lleva el pelo recogido en una coleta imposiblemente lisa; ropa ajustada y justa, gorro violeta, de invierno, y no deja de mirar al frente, más allá de la cristalera del chófer… Él vuelve la mirada al cristal de la derecha y recuerda para sí que no son las 12 ni la una ni las dos de la noche, a pesar de ser jueves, noche de tapas en Vegueta; piensa, una vez más y con algo de tristeza que es una prostituta hacia zona turística…”