Seis y media de la mañana. La noche se pierde ya en tu cintura, la noche se va, y las farolas recogen sus maletas lentamente. Cuchichean entre ellas que no hay nada más que vender y sus pasos se pierden poco a poco en una sosegada, y alargada, silueta pidiendo silencio. Desde alguna palmera, se escuchan las primeras conversaciones de los pájaros, el aire se llena de luz, mientras yo, echado entre las últimas gotas de sudor de la habitación, juego a libar de tus carnes esas historias que nunca sabré ti.