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Comunicación leída en el I Encuentro Joven Crítica Canaria, en el tuve el inmenso placer de participar gracias a las gestiones de Daniel María y Covadonga García Fierro:

Antes de llegar al cuerpo de la comunicación, les confieso que esta es, irremediablemente, incompleta e imperfecta y que con ella su autor sólo pretende exponer sus graves y grandes carencias. Además, me veo en la obligación de cambiar el título propuesto y decirles que no podremos hacer un seguimiento lineal a lo largo de la historia de la crítica literaria en Canarias, entre otras cosas, porque tal historia, de momento, no existe; o no he podido encontrarla. No obstante, quiero proponer un viaje en el tiempo, hacia el pasado y el futuro, de la mano de dos síntomas de inmadurez espontánea que afectan a esta literatura atlántica, que es la nuestra, aunque no sea de una manera exclusiva. En eso, sí que no somos únicos. Asimismo, y con algo de suerte, podré arrinconar a algunas de esas falsas certezas que, aquí y en todas partes, venden la vanidad y el miedo al escritor, y recordemos que el crítico literario es, también, un autor, un escritor… Pero no nos equivoquemos. Hablar de estos síntomas más o menos espontáneos de inmadurez en nuestra literatura, no es hablar de la ausencia de importantes, novedosas, sólidas o relevantes propuestas literarias; se trata, al contrario, de señalar sin pudor ese hábito o vicio que seduce a poetas y escritores, a críticos e investigadores por igual y que, junto al amiguismo y los textos travestidos, oscuros y neoacadémicos perjudican seriamente la salud, la literatura y la crítica literaria.

 

Vanidad y miedo. Miedo, y sobre todo vanidad, ese peligroso atavismo de la hipnosis de la propia mano que desliza de izquierda a derecha, de arriba abajo sobre la propia letra y sobre las letras afines, sobre la letra del gurú o del maestro; ese abandono entre las sábanas anticiclónicas del papel. La vanidad es ese gusto vicioso por el olor propio, por el olor de la tribu y que afecta, sin remedio, al juicio y la letra del que escribe, empujándolo a buscar rebaños a los que seguir o grupúsculos que crear. La se distancia del dogma con apenas una frase envenenada; la distancia entre la vanidad y la ansiedad de “querer ser popular” son unas pocas líneas irresponsables donde el autor se autoproclama poseedor y conocedor de la verdad, donde, incluso, dicta el lugar que habita la Poesía, un lugar que afirma único. Y tal comportamiento carcome la esencia misma de la Literatura, de la Poesía como conocimiento y búsqueda perpetuas; la médula misma de la crítica literaria que es, también, camino y búsqueda de conocimiento. Lo sorprendente es que, a estas alturas de la Historia, aún se encuentran ejemplos de actitudes que perjudican seriamente la propia capacidad crítica y reflexiva, dentro del ámbito literario, y que, sobre todo, contaminan y manipulan al lector. Véase, por ejemplo, un extracto del artículo titulado “La falacia como realidad” (La Provincia-Diario de Las Palmas, 6 septiembre 2001), de la mano de Francisco León y referente a la antología de Antonio García Ysábal “La nueva poesía canaria” (de. Verbum, 2001) y la polémica en torno a esta. Textualmente, se lee que:

 

«existe otra poesía en Canarias, más nueva, más joven y más seria, que lleva el sello liberador de las corrientes syntácticas. Ya sé que no gusta mucho, en Canarias, oír esto. Pero a veces no queda más remedio que hacer recordar la verdad. Y yo apuesto por la verdad y por quienes se bañan en esas aguas: aguas de la responsabilidad y la dificultad»

 

Lo sé. Se trata de una cita con poco contexto pero que sirve a uno de los propósitos de esta comunicación, animarles a que investiguen, a que investiguen tal contexto; permite animarles, además, a que se pregunten qué significa “poesía más joven y más seria”, qué significa “sello liberador”; qué significa “corrientes syntácticas”; qué significa “recordar la verdad”, qué es la Poesía, y proponerles también que se pregunten si es responsable que alguien se haga valedor de la verdad presentándola como única, y más cuando se habla de Poesía. Les animo a que lean, que lean en soledad y pregunten por sí mismos, a que expongan sus conclusiones en grupo; les animo a que sacudan a la “tribu” porque es preciso recordar que si bien las lealtades de grupo tienen su momento y lugar, también acanceran la sangre de la Literatura. Orwell ya lo decía:

 

«Las lealtades de grupo son necesarias, pero en la medida en que la literatura es obra de individuos, las lealtades envenenan la Literatura»

 

Vanidad y miedo pueden afectar por igual al escritor y al crítico literario aunque sea más fácil pensar que mucho más a este último. Al respecto, confesaré que contemplo la crítica literaria como otra forma de escritura, igual en sus sacrificios y exigencias, con su parte (re)creativa, interpretación del Otro, de lo leído, de la propia experiencia de la lectura. Por eso hablo tanto de vanidad, porque somos personas que leen y experimentan la lectura, leyentes (e imperfectos). Pero la vanidad y el miedo actúan, generalmente, sobre períodos distintos del tiempo. Así, mientras que la vanidad se deja sentir, sobre todo, en el presente y el futuro, en su intento de controlarlos, el miedo mira constantemente hacia el pasado, ese pasado que le provoca un terror atávico y el cual, de una manera u otra, desea cambiar, modificar o manipular. Y la historia literaria de Canarias nos da ejemplos al respecto, tanto para hablar de la vanidad como del miedo. En el caso de este último, al hablar del pasado,  recuerdo unos ejemplos estudiados por el poeta, ensayista y crítico literario Lázaro Santana en su ensayo “La memoria mixtificada”. En él, y acerca de la afirmación tan repetida de la superioridad del poeta Domingo Rivero sobre la obra de Miguel de Unamuno, el crítico escribe su dedo en la llaga y nos recuerda que la obra de calidad que Domingo Rivero publicó es la única que el propio poeta consideró de calidad, cosa demostrada cuando se ha podido tener acceso al resto de “obra no publicada” del poeta. Y todo esto frente a la obra de Miguel de Unamuno que es suficiente, honda y extensa para sostenerlo como uno de los grandes españoles del siglo XX. Otro ejemplo es la reivindicación de Nicolás Estévanez como el poeta del sentir canario y del nacionalismo cuando clara era, en su prosa, el pensamiento político revolucionario y anarquista, y que, además, en lo tocante al verso, no pasaba de aficionado. Hablemos, también, de la fama dada al Vizconde del Buen Paso (Cristóbal del Hoyo) como el primer “collagista” de la poesía española cuando, según la investigación de Lázaro Santana, apenas escribió un verso propio, limitándose a hacer “sus poemas” de traducciones de poetas portugueses; hablemos, también, de la afirmación e insistencia que desvincula el surrealismo de la poesía canaria del surrealismo español con la intención de hermanarlo, directamente, con el surrealismo francés, justificando tal “vínculo” con la breve visita de los padres del surrealismo a Tenerife, además de la relativa importancia de la exposición de 1935. Al respecto, añade Lázaro Santana, que si bien Canarias dio dos buenas figuras al surrealismo español y europeo, a saber, Agustín Espinosa y Oscar Domínguez, poetas y artistas como Pedro García Cabrera, Domingo López Torres, Emetério Gutiérrez Arbelo, Juan Ismael, entre otros, que fueron poetas y pintores estimables, sí, tuvieron méritos lejos del de aquellos. Además, continúa el investigador grancanario, “los mejores libros de García Cabrera, escritos con posterioridad a 1940, nada tienen que ver con el surrealismo.

A la vista de estos ejemplos, no puedo sino recordar la urgencia de estar atentos a todo aquello que se repite sin pensar y que puede afectar a nuestra lectura, a todos esos juicios, valoraciones y parabienes y premios que se reproducen sin filtro ni tino (y mucho en Canarias); a esas “palabras papales”, como diría el poeta Rayco Arbelo Robaina, que se repiten sin cesar y sin argumentos. Además, si nos atrevemos a aceptar que la Poesía no necesita quién la defienda, podremos estar de acuerdo en que tampoco necesita sordos o loros que le hagan eco, que la vacíen de su carne. Y hablar de Poesía es hablar de crítica literaria.

 

Cuando se escribe, un poema, una novela, un cuento (una crítica literaria) por vanidad o miedo el texto es empujado por su autor a la hinchazón, al hematoma, a la deshonestidad. En palabras de George Orwell, citadas por el crítico y ensayista Jorge Rodríguez Padrón en “La memoria y sus signos”:

 

«El estilo hinchado es por sí mismo una suerte de eufemismo (…) El gran enemigo del lenguaje claro es la insinceridad. Cuando hay un hiato entre la realidad de uno y el propósito de uno, uno se vuelve de modo instintivo a las palabras largas y a las frases hechas y gastadas, como un calamar que hace derramar su tinta»

En efecto, la vanidad y el miedo inflan la escritura pero la vanidad lo hace para convertir sus letras en sumidero de todo lo que no sea ella misma, bocanegra hambrienta de “ego” y ciénaga llena de los reptiles-ideas del autor. De ahí que la vanidad de nada sirva, salvo para alimentar al ganado guanil; la vanidad de nada protege y a todo expone al autor con el ridículo del rey desnudo. La vanidad apuñala a la Literatura por la espalda y no permite cultivar la Letra sostenida en el tiempo. Y acaba reduciéndose ella misma a unas simples y escuetas coordenadas sobre el papel; ese mismo papel que, antes o después, querrá convertir en dogma y crucifixión. Desde este punto de vista, la vanidad en la crítica literaria contamina el objetivo del autor convirtiéndolo en un simple promotor enaltecido de sí mismo, o enaltecedor del amigo o maestro. La vanidad crea dogma y olvida lo fundamental: ofrecer el texto a nuevos lectores, a nuevas lecturas, a nuevos diálogos y encuentros; ofrecer al lector esas nuevas conexiones e interpretaciones que, a priori, ni el mismo autor ha podido llegar a ver ni pretender. Y el ser del crítico literario no debe ser el poder, ni siquiera esa pretensión de “crear opinión”, pues antes que crear opinión el crítico debe proponer un diálogo múltiple, con el texto y con el lector, y, finalmente, con el autor de la obra que contempla e intenta desvelar. Porque cuando el crítico literario ha sido capaz de entregarse al texto y sacrificar su propio ego, cuando ha sido capaz de dedicarle el tiempo necesario a la experiencia de su lectura, el crítico literario, como escritor, huye de su propia vanidad y se deja llevar por la creación y el análisis desapegado, el silencio de navegar el inabarcable remanso de la lectura; esa extraña soledad sin magua que camina lentamente en busca del conocimiento, de un rumor que todo lo envuelve y que, en todas partes, se expone a la intemperie.

 

Y llegados a este punto, podemos hablar del presente, aunque sea del limitado presente que puedo ofrecerles. Al respecto, si bien el panorama de la crítica literaria en los medios impresos y electrónicos en Canarias está en coma, cuando no muerto, es justo señalar la labor realizada en El Escobillón y El Perseguidor para la difusión de la Literatura. Sin embargo, esta más que estimable tarea sobrevive como un oasis en medio de un desierto donde hasta los cactus mueren de sed… de no ser por la Red. La Red se mueve más, y, quizás inevitablemente, de una manera más caótica. Una muestra de ello es que apenas conozco webs dedicadas a la crítica literaria; sí, sin embargo, para la reseña y la investigación literaria, como la revista Fogal (http://www.revistafogal.com/), la revista de la Academia Canaria de la Lengua (http://aclrevistaliteraria.academiacanarialengua.org/), el blog del poeta Daniel Bernal (http://impresionesdesdeutopos.blogspot.com.es/). Pero poca crítica literaria, y desconozco algo más que lo que escribo en el blog Mierda Perro y en la revista digital de El Alisio. Aún así, lejos de ennegrecer el futuro, y a la vista de este I Encuentro de Joven Crítica y de las relaciones que por la red se han ido estableciendo, creo que el panorama de la crítica literaria, tal cual la he planteado o, al menos, de una crítica no visceral ni destructiva, está más cerca de un cambio para bien. El aviso, no obstante, y si estuviera yo en condiciones de advertir de peligros, presentaría a ese tipo de textos que se pretenden o se quieren críticos pero que no pasan de reseñas o de artículos de opinión y reflexión. Y, en este caso, y tal cual reza una canción de Violadores del Verso, hay que llamar a las cosas por su nombre.

 

Sin embargo, he de reconocer que la mirada que me acerca a la Letra, a la Escritura y a la Poesía, a la crítica literaria, no es una mirada de certidumbres. No hay certezas, y no puedo ofrecerlas. Indico, sí, lugares, esquinas y, lejos de tranquilizar a nadie, hablo de esa cabeza que transforma el horizonte (antes recto y rígido) en un hogar oblongo, circular, curvo y sin límites; alejado de tranquilos paseos a la luz de las estrellas, hablo de esa luz de Mafasca que se aparece en este instante en que escribo, o cuando siembro y doy agua a un poema, a una crítica literaria, con la intención de mostrar la inmensidad del lugar que habitamos… Pero esta es una mirada de aliento, de ánimo; mis pasos son pequeños y este mundo inaudito, tremendo y hermoso, y en verdad que me hace sentir muy pequeño, y que acrecienta mi propia desnudez. Pero, a cambio, y casi sin querer, ofrece la transmutación en creación y luz de la urdimbre que convulsiona la mirada. Así que, llegado a este punto, y para hablar el presente y del futuro de la crítica literaria, el acercamiento crítico que propongo huye de hacer dogma, huye de la vanidad, huye de convertir la experiencia poética que es la Ysla (con “i” griega) en una “poca tierra que pisar”; huye de hacer del océano un “mucho mar por estorbar” y quiere habitar el encuentro. No en vano, me he expuesto aquí a hablar de la vanidad y del miedo para acercarles esta propuesta, esta crítica literaria que, al margen de corrientes y ataduras de todo tipo, lejos de reseñas disfrazadas de críticas y de contexto excesivo trabaje una crítica de mano a mano, un a solas con el texto y con la obra, con el poema, con la incertidumbre y el riesgo. Pues la crítica literaria es, a fin de cuentas, un acto creativo y de recreación, de análisis e interpretación que se debe a su naturaleza subjetiva pero que, al contrario de una opinión, se compromete con la red coherente y flexible de interpretaciones, de ejemplos y argumentos que elabora y teje a partir de una experiencia lectora. Y es ahí donde ubico la humildad, la honradez y el sacrificio del crítico, su combate constante contra el miedo y la vanidad (egoísmo); de su compromiso múltiple. A mi entender, el crítico literario extiende el trabajo del autor del poema, del libro, de la obra, por su cuenta y riesgo, y reconoce sus propias limitaciones al mismo tiempo que se ofrece como una luminaria para el lector; de esta manera, el crítico es a veces un mago o un ilusionista que transita para nosotros veredas que, en ocasiones, nunca estuvieron claras ni admitidas en el plan inicial del poeta o escritor.

         En otras palabras, el crítico ha de saber entregarse a la incertidumbre y al temblor que alimenta la creación literaria. No hay certezas, pero vale la pena.

 

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