La poesía es deriva

Creación, ensayo y crítica

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Años 90, poesía canaria: dos poetas tinerfeños

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Horizonte oblongo

La isla es una utopía ligera e inmensa, dinámica. La isla es Ysla que muda a diario sus formas, que no cabe en los mapas. La unión de puntos y tintas, de trazos y rectas, las zonas de color que vemos representadas sobre ellos no son la Ysla, a pesar del empeño de reducirla a nombres y etiquetas. En la plaza de los pueblos, en las obras de la ciudad y sus barrios, en las plazas más alejadas (las plazas silenciosas), lo saben. Los mayores se paran a mirar las obras para adivinar hacia dónde irá esta vez, se preguntan: ¿cómo la harán?, ¿tendrá la Ylsa formas novedosas, nuevos colores?, ¿atraerá toda la luz del día e iluminará, más tarde, la noche?, ¿nos cegara por completo?, ¿Y cómo lo harán?, ¿acaso con una expresión retorcida, antigua, o, al contrario, sonará con un verbo más actual?, ¿acaso golpeará nuestra percepción?, ¿qué nos provocará?; ¿será, al contrario y quizás inesperadamente (solo quizás), una vuelta a los clásicos, conservadurismo en sus líneas, una Ysla de islas pretenciosas con aires de “soy antigua y eterna, inmutable; yo soy esa, soy tradición?… La Ysla es inabarcable, y así son sus manifestaciones. Por mucho que poetas y movimientos, que tendencias e ismos insistan, por mucho que poetas oficiosos y oficiales estudiosos se empeñen, ella está más allá y en todas partes… Precisamente, es gracias a esta ubicuidad de las islas (de la Ysla) que sus recreaciones en la poesía fueron reconocidas por el profesor Valbuena Prat, allá por los años 20. Fue entonces cuando quedaron señaladas las características que la poesía canaria había sedimentado desde sus inicios hasta aquellos años. Y fue entonces también cuando se crearon las primeras coletillas para nuestros poetas, las primeras cadenas, las primeras piedras para “padres” de la poesía contemporánea… Los primeros lastres, sin duda, que algunos poetas venideros se encargarían de desarrollar, renovar, o perpetuar. Pero la Ysla no compra eslóganes, ni se guarda solo para poetas, y las islas (al igual que la Ylsa) buscan respuestas constantemente, preguntas, coordenadas hasta ahora ignotas… Los poetas, en ese caso, pueden andar los caminos de ella, las pequeñas sendas, los revirados vericuetos. Algunos logran arrojar luz en su avanzar a tientas; otros, al contrario, inventan luces y apariciones, profecías y dogmas, espejismos que no huelen más que a pasado que ata y no cesa… No obstante, con frecuencia unos y otros parecen olvidar que todos participan de la misma rueda y todos ruedan y ruedan, a trompicones, sobre las piedras del camino.

            La poesía de Coriolano González Montánez (Tenerife, 1965), como también se ha dicho de Víctor Álamo de la Rosa, parece andar ese redescubrimiento, arrojar esa otra luz para los “objetos y lugares cotidianos” de las islas, de la poesía en ellas. Al menos así puede pensarse de los poemas seleccionados en la antología “La nueva poesía Canaria” (Verbum, 2001), pero habría que seguirles el rastro sin duda, preguntar si, como acontenció en otros poetas, han terminado por hacer Poesía al recordar las islas…

 

CORIOLANO GONZÁLEZ MONTÁÑEZ

 

SEPPUKU

La daga de esos dedos tuyos

tan finos como la lluvia

que alguna vez acaricié

de espaldas a ti

me penetra hasta la sangre.

Así a de ser nuestra imagen

de siglos desbordados

porque sucede que adivino

el galopar de la llegada

de la muerte

de una muerte tan lejana a ti

como tu propio deseo

o alma

como tus ojos de lágrimas

o cuerpo difuminado

entre mis manos cortantes

como cuchillas que invaden

mis entrañas.

No debes olvidar entonces

amor mío

que antes de partir hacia mi olvido

has de cortarme la cabeza

con tus besos

y llevarla contigo por tu paseo

de calles erosionadas

por el tiempo de tu ausencia

como testimonio

de tu locura o mis palabras

que aún permanecen despiertas

escuchando el estertor

de este último milenio

de sombras tras tu recuerdo.

Este último milenio de sombras tras tu recuerdo (1994)

 

El hombre fue creado de esa piedra

y el mundo surgió de ella.

El hombre conoció mujer

y las piedras, como el mundo,

se multiplicaron.

Este fue el comienzo.

Sobre esta piedra

el hombre conoció el miedo a las estaciones

y el valor de las muertes,

lloró desconsolado la ignorancia

y  predicó mentiras.

Sobre esta piedra

el hombre honró sus desdichadas

con ofrendas de sangres

y amó hasta el dolor

su inmutable atadura

a los caprichos divinos.

Pero el hombre también sabe olvidar.

Y la piedra creadora

se aletargó en el silencio paciente

de la redención.

El sol no cuartea la memoria

ni la visión que la sabiduría otorga

a los inmortales.

Esta piedra ha contemplado

cómo el hombre se vanaglorió del olvido

-y la soberbia lo atenazo-,

cómo emergían pueblos

y cómo eran azotados por los embates

de la cólera.

Sólo la eternidad es inmutable.

Por eso ahora erigimos estas palabras

sobre la piedra de la creación

y recordamos al hombre

que fue hombre,

para que la magia destierre

los mares de nubes

de nuestras mentes.

Sólo el sacrificio velará

por nuestros sueños.

Conjura del silencio (1994)

 

LAS MONTAÑAS DONDE HABITAN LOS PÁJAROS DIOSES

Nadie ha visto jamás a los pájaros dioses.

Nadie conoce su primer nombre.

Nadie sabe bajo qué forma se muestran

ni cuándo acompañan a nuestra sombra.

Pero sabemos que existen,

que su palabra es misterio,

que traen el destierro y la muerte.

Sabio es el que escucha la voz

de los antepasados.

Por eso he llegado a estas montañas,

para ver el rostro de los pájaros dioses,

para inundarme de su palabra,

para abarcar su cuerpo y comprender

por qué nadie esperará jamás mi regreso.

El libro de la tierra

 

VÍCTOR ÁLAMO DE LA ROSA

 

CORREO CERTIFICADO

Ambos sabemos

(sobre cabezas y a ras de suelo)

de un mundo más arriba

sin sótanos de fiesta pagana

que lo cierto acaba

(y es el porqué de estas líneas)

para citarnos en un vuelo de palomas

sin posdatas donde sellar

el vértigo del viaje.

EL VACÍO

Es aquel vacío de cabina telefónica,

aquél de sordos pasos en el arcén contiguo,

el que nos hace volver la cara con tristeza,

elegir sitio en el banquete de la avenida,

pinchar con tenedor bocaditos al limón de soledad

y sorberla con grato paladar,

como si fuera o fuese siempre siempre

una última cena,

y es que, verdaderamente, de eso se trata,

dilucidar si este torrente sangriento es agua,

fuego azul,

infancia inmatura

olvidados fósiles.

Fósiles o armaduras del tiempo(1991)

 

HAZ

Huella de la luz

no te asombres:

las mejores hojas

son aire, sílabas

que timonea la brisa,

historias que lleva el viento

Altamiras (1997)

Años 90, poesía canaria: Alicia Llarena

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Más de media noche… Los transeúntes que han percibido su presencia se quedan maravillados un instante, se dejan sorprender por el dulce martilleo, detienen incluso el paso y se van. El insólito visitante nocturno no gira la mirada y continúa afanado su tarea; quiere irrumpir en las oficinas, prender fuego al lugar, hacerlo volar con los kilos y kilos de jabón que servirán de explosivo. Pero de repente asoma la luna sobre las nubes negras de la ciudad y el justiciero de ladrones cierra, sorprendido, los ojos ante la luz reflejada en la ventana… Tras unos segundos, pasa el picor y puede disfrutar de la Blanca, de la senda que derrama sobre el mar. A esa hora el puerto parece un lugar habitable donde los barcos han cesado ya de lanzar su alma por las chimeneas (como dijo el poeta) y todos los marinos yacen en tierra. Todo parece distinto, y también él que reconoce en su reflejo un mirlo encaramado al rellano de una ventana… Ahora lo entiende todo, el pico azafrán se había hecho fantásticamente visible desde las alturas; aunque no sabe qué hace ahí, tan en lo alto, lejos de una cama entre ramas, sin volar, ahí aferrado a la misión de irrumpir las oficinas de la planta número 7 de una agencia de calificación delincuente… Por fin el mirlo vuelve a lo alto de farola de en una avenida siempre bulliciosa. Lee en su ratos libres, se dedica a su labores de mirlo (investigación literaria, prosa, docencia, prepara exámenes…) vive como mirlo, y recuerda en ocasiones, rememora con calma, aquella noche cargada de nitroglicerina frente a la luna con sus dos libros de poesía bajo el brazo.

Así, con dos libros de poesía, comenzó Alicia Llarena (Gran Canaria, 1964) su andadura literaria, si bien, el grueso de su obra publicada se reparte entre prosa y prosa de investigación. No obstante, la lectura de sus primeros poemas llama, por lo menos, la atención, la curiosidad por el lugar que ahora ocupan esos comienzos poéticos, por su prosa. Sobre los comienzos, podemos observar en Alicia Llarena un verso calmado, de técnica narrativa y mucha ternura. Quizás sea aquí, en la ternura, donde se podría señalar la juventud de sus primeros libros, pero sería un tópico en el que no caeremos sin recomendar al lector que saque sus propias conclusiones. Su verso, además, es verso a medio camino entre un poesía clásica, por ese aroma que desprende su discurso, y una “ahora” que avanza mientras mira hacia otro lugar, un pasado, un “otro mundo”, una persona, algún tipo de familiar melancolía.

I

 

Contigo he conocido

ese conjunto de animales

que se disputan la quietud del cuerpo,

su secreta agonía.

Era muy pronto entonces

para asomarme al mundo

y conocer sus signos

a veces tímidos, o simplemente oscuros.

Nada había que no fuera inocencia,

la plenitud que ignora

cuanto existe,

el olor del romero

en las esquinas de la casa.

Afuera me esperaban

sin embargo

la bestia y su locura.

De Fauna para el olvido

 

XV

 

¿Qué animales salvajes me hacen hoy el amor?

¿Qué afán es éste que llena nuestro lecho

con sus signos oscuros,

los indicios del naufragios,

el terror del invierno?

Lo sé porque hoy tientas mi fondo primitivo

con tus manos calientes,

con la soberbia del ladrón

ante su víctima,

agitado por el orgullo

de su rara habilidad.

No me inquieta tu aliento posesivo,

tu animal celoso extraño a la ternura.

Abro incluso las puertas de mi cuerpo

y dejo al aire las ventanas

que dan al interior.

Procedo con la calma de quien sabe cerca

la noche del delito,

y abandona el hogar

después de haber guardado con sigilo

los objetos del alma,

las joyas importantes.

de Fauna para el olvido

 

PROPORCIONES

 

En esta tierra el agua

ocupa superficies gigantescas.

Mareas que con su fuerza

harían de esta ciudad

un puñado de escombros inservibles.

Líquidos que atestiguan inservibles.

Océanos que adentro pugnan por salir

para rendir su culto a los deseos.

Abrevaderos que en el alma

tienen la misma substancia que la lluvia.

Sin embargo nos asusta nuestra sed.

Y nos ahogamos en un vaso

pequeño y transparente.

(Inédito, presente en antología de “Última generación del milenio”)

 

 

RELEYENDO A GARCILASO, AÑOS DESPUÉS

 

Cuando me paro a contemplar mi estado

y a ver los pasos por do me han traído

 

sé que todo está bien

incluso el orden

en que fueron otorgados

los fracasos.

(Inédito, presente en antología de “Última generación del milenio”)

Años 90, poesía canaria: Pedro Flores

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Una tarde de una vida cualquiera

Imaginemos una pequeña caja… Un buen día, rebuscando debajo de la cama o dentro de una gaveta, bien al fondo, tras todos los pantalones, camisas y chaquetas colgadas, incluso puede que bajo algunos montones de libros y zapatos, la encontramos, sin más. De alguna manera sabíamos que estaba ahí, que la poseíamos aun después de tanto tiempo sin saber de ella. Pareciera como si desde el colegio y el instituto nunca más volvimos a verla o sentirla. Sin embargo, sigue ahí. En el mismo sitio donde la habíamos dejado… Al sacarla, la limpiamos y nos sorprende descubrir una delgadísima película de polvo, palpable para la yema de nuestros dedos como sueño entre las manos. Tomados por la alegría, enseguida compartimos el descubrimiento, la extraña floración que ha salido de algún lugar remoto y se la mostramos a los otros. Sorprendentemente, todos parecen conocerla bien y les gusta y hablan de la caja y asienten como si la conocieran científicamente en todos sus límites. Pero no la miran como nosotros. Cuando nosotros la miramos, observamos con inocencia y gratitud que es inmensa e inabarcable…

            Así es que la Poesía se abre camino y encuentra, en el tiempo, modos nuevos de “decirse”, de sorprender y provocar cabalgando los mismos temas de siempre. Y es que, si no fuera así, si nada lograra de lo anterior, simplemente flotaría como pez muerto en un mar de mediocridades o ensimismamientos onanistas. Y a veces es así. Sin embargo, en el caso de Pedro Flores tenemos a un poeta completo, de expresión cercana que logra hondura y muestra sentido del humor; que sorprende y llega a renovar la denuncia social sin adoptar tonos de anuncio televisivo, ni eslogan publicitario. Se trata de un poeta sólido que al igual que Federico J. Silva se lanza al diálogo entre tradiciones y autores, y desarrolla, también, una de las obras más amplias desde los 90 hasta la actualidad. Si bien la expresión cercana y la extensa obra de Pedro Flores lo expone a no llegar con sus golpes en todas las ocasiones, es un riesgo que asume y acepta, moviéndose con mucha soltura en la mayoría de sus poemas. Asimismo, y como curiosidad destacable, es el primer poeta que dedica un libro (“Memorial del olvido”) a mirar con otros ojos (ojos críticos, serenos y de distancia) la historia de Canarias en tiempos de la conquista, re-creándola a partir de ella misma.

La venganza

 

Ejecutose aquella cruel sentencia la víspera de

Pentecostés por la mañana, en medio de la

plazuela que hoy es de San Antonio Abad…

VIERA Y CLAVIJO

Gobernador Pedro de Algaba.

Verás tu cuello postrado en el cadalso.

Verás rodar las nubes.

Ese que hoy se aleja encadenado

volverá al veneno de las conjuras

y te pondrá en la voz del pregonero.

Ese echará tu vida a los tambores.

Lo último que veas

ha de ser la sonrisa de Rejón.

Y nadie tendrá piedad

para cerrarte la mirada.

De Memorial del olvido (1996)

 

Carta a Penélope

 

Te escribo, Penélope,

a orillas de la espera,

hacia no sé qué lugar del mar,

tejiendo escenas de regresos

en la desangelada urdidumbre

de la impaciencia.

Decirte solamente

que Ítaca no es la misma

sin ti,

que no tiene el mismo encanto

charlar en el ágora

a la hora en que Apolo

retira al Sol en su carro.

Que ha perdido en oráculo

su confianza de antaño.

Está de más desearte

que te sean los vientos propicios.

Guárdate de los engaños del Hades,

de las islas con cíclope,

de la legendaria envidia de los dioses

y faltaría a la sinceridad

si no te dijera que también

del dulce canto de los sirenos.

Sin más me despido;

vuélvete a tu Odisea

que yo me vuelvo a mi trama,

y aunque desde el día de tu marcha

no he encontrado el hilo,

tejiendo,

cómo no,

tejiendo te aguardo.

Tuyo, siempre:

Ulises.

Ítaca.

Mil novecientos

noventa y cuatro.

Bestiario

 

El poeta es una vaca.

Gerrrit Achterberg

Efectivamente en ciertos casos

el poeta es una vaca;

una bestia utilitaria y afable

hecha a la rutina del granjero,

regocijada en su cielo de paz verde,

ignorante del eco de los bramidos

en la helada losa de los mataderos

– Hay lugares donde los niños

no han visto jamás una vaca-.

El poeta puede ser un buey

que el fuego repentino en el corral

convierte en toro inesperado, o viceversa,

de lo que se deduce que el poeta

puede ser una gallina.

A menudo el poeta es un ganso

hecho al prado amarillo del ocio,

vivo gracias al recuerdo del tiempo

en que lideraba salvajes hordas migratorias.

El poeta puede ser un potro

desdeñoso del lazo y de la espuela,

condenadas sus huellas a la lluvia,

su leyenda al calor de las hogueras.

Pero ante todo el poeta es un cerdo;

se come cualquier despojo,

retoza resignado por el lodo,

úsase su nombre con asco, con odio,

para después de muerto

aprovecharse de todo.

Nunca prendimos París (1998)

 

Fin del hechizo

 

A las doce;

cuando tengas que abandonar

el baile y se tornen

calabaza la carroza,

ratones los corceles,

andrajos el vestido,

ceniza el resplandor,

por favor,

no te olvides del zapato.

El complejo ejercicio del delirio (1998)

Años 90, poesía canaria: Tina Suárez Rojas

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Suave cruce de caminos

La habitación no es pequeña pero la mayor parte del espacio lo ocupan libros desordenados. En el suelo, y junto a la almohada, Kavafis juega con Pessoa y sus heterónimos al laberinto inglés y como si la vida fuese, de verdad, un sueño, ruedan sobre los setos con los ojos cerrados. Así, despreocupada aunque muy atenta, Safo aguarda en el filo eléctrico del estante más alto, tumbada, dejando un brazo colgar en la boca del abismo. Drácula llegará de un instante a otro, y ella lo sabe y arde en deseos de volver a sentir su ansia, la palidez enrojecida de repente y, siempre, por última vez, los otros labios con que este siempre compone sus visitas. Sus labios nunca son lo suficientemente ardientes… La luz recorre sin prisa toda la estancia, las sombras mudan de lugar y se estiran en todos los vértices imaginables, en las aristas de los cuerpos sobre el suelo, de los muebles y de la cama. Mientras tanto, el reloj rebusca entre sus papeles un instante perdido hace tiempo. Busca, pero nunca da con él. Persigue eternamente el aroma de unos instantes que, sin embargo,  parecen no querer volver a repetirse… Así es la poesía que logra arponear Tina Suárez Rojas, una captura donde, a medida que se avanza en sus libros, aparecen el humor, la ironía, un lenguaje bordado con placer, diálogos con otras tradiciones y lenguas, y el eterno tema del amor y el desamor.

De la poesía que busca y comparte la autora, el estudioso Antonio García Ysábal ha dicho que «con su sorprendente tratamiento del poema, que sin conocer la obra de José Rafael Franco, a veces nos lo recuerda con sorprendente naturalidad». No obstante, leer los poemas de Tina Suárez Rojas es rememorar, sobre todo, la poesía de Federico J. Silva, y también reconocer la voluntad de la autora por explorar sus propios caminos, sus idas y venidas, veredas que, en ocasiones, sobrevuelan el estilo de otro poeta canario, Pedro Flores, mostrando una cercanía vaporosa.

Tina Suárez Rojas es poeta de poema largo, con todos los riesgos que ello conlleva… el ritmo, por ejemplo, que cuesta mantener; la intensidad de una vivencia, de un instante que aflora casi místico, y cuya solidez se resiste a ser extendida; la alquimia implícita a las palabras que se combinan para buscar crear sentidos nuevos en conocidas expresiones. La autora es poeta de una búsqueda que desgrana poco a poco en cada libro; es un punto medio desde el cual se atisba el Amor como tema y origen del movimiento.

 

III

 

hermoso de puro negro

negro

como las barbas de mansa lujuria

que envuelven el cielo

como la sangre irredimible sí

irredimible caliente

de la hojilla oxidada

injerta entre mi rara infancia

el deseo amor

tómatelo con calma

es ese perro viejo

que no te deja dormir

que ladra en la noche

y sale a tu encuentro

justo

cuando te escribo

de “Huellas de gorgona” (1998)

 

Autorretrato de la etérea

 

me abracadabro cada vez

que quiero

duerman o no la siesta merlín

y sus barbas

 

me aposento en una nube

más allá de esas meriendas

cuyo hojaldre lleva demasiado

lunes demasiado invierno

demasiado azufre

 

desaparezco sin excusas dejo

mi presencia en babia

 

me tolero la ventura repentina

de pisar los parques siderales

y mientras tú me esperas

ceremoniando un bostezo

consumido entre balaustres

yo me solazo en las eternidades

del aire enórbitamente

sumida en vagos trapecios

con el mayor descaro

sin el menor decoro

 

reconozco que he nacido

de un affaire de mi madre con la luna

que mi corazón es un astro

no hay duda y que en mí

se fundamenta ¡ea!

 

 

Cumpleaños feliz

 

todo era bajar hasta tu casa

 

escapar de puntillas

sobre los adoquines del pueblo

llegar a la playa

inundada de luna

 

eran tus malvasías en mi cesto

el jable haciéndonos hueco

en la oscura complacencia

de tenernos tan cerca

 

era todo un susurrar a tientas

 

unas felicidades mi vida

y un quererte mucho ¿recuerdas?

 

y un saberme a poco

de “Una mujer anda suelta” (1999)

Años 90, poesía canaria: Federico J. Silva

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Dentro del laberinto

Nada se acerca más al vacío que el poema. Pero incluso el más exiguo puede estar impregnado del éter poético o llegar azorado por los vientos del vértigo sentimentalista, el ahogo expresivo o la vanidad del autor, del verso por el verso así rimado y con palabros. El poema, por sí solo, no produce luz; de la misma forma que una sensibilidad más desarrollada, honda o receptiva no hace al poeta… Es preciso un autoconocimiento de sí mismo, una cierta profundidad en las cargas bélicas, una conciencia estructurada y en orden o feliz o caóticamente consciente y con cierto estilo. Algo que decir… Es necesaria una mano capaz de señalar el lugar de las mareas que perpetran el asalto del poeta y lo nublan. La poesía exige un compromiso personal, un reconocimiento de las propias limitaciones para que el verso no quede en tentativa, en lagrimeo o vanidad, que sea más que una línea de ojos pintarrajeada bajo la larga sombra del ego… De ahí que el poema sea, a veces, un espacio tridimensional habitado por nubes separadas entre sí y que el poeta intenta unir en un nuevo ser, sueño, órgano, vómito o pesadilla, construir una paisaje aprensible y real, al menos para él y el Otro… Los efectos de la poesía se sienten cuando la hay (igual que la materia oscura), cuando provoca en el lector, cuando es capaz de guiarlo hacia una experiencia, hasta ese momento, desconocida o velada… Y es en estas coordenadas, donde nada parece acercarse a una certeza, a una definición absoluta y radical (acomodaticia), donde cada individuo debe aceptar su parte de responsabilidad y libertad, y donde podemos conocer la poesía a través de Federico J. Silva (Gran Canaria, 1963).

Federico J. Silva es la voz poética más original (publicada hasta el momento y con obra personalísima) de la poesía canaria y que, aún en este recién comenzado siglo 21, se defiende perfectamente sobre un cuadrilátero. Sin duda, hay y habrá poetas jóvenes que sepan ponerla en aprietos (¡y es necesario que así sea!), pero no deja de ser la propuesta del grancanario una poética sólida, un diálogo constante con otras tradiciones y autores (vivos y muertos), además de (o sobre todo) con el lector y su lengua… todo un reto. Federico J. Silva no hace concesiones en sus poemas y exige complicidad y esfuerzo, sentido del humor ( tan necesario en los poetas) mientra da unas bofetada en sus primeras lecturas… Además, lejos de propuestas “facilistas” o de sensibilidad de consumo rápido, Federico J. Silva no duda en asumir sus armas (y riesgos) para usarlas y actualizarlas, a horcajadas de una cuasiomnipresente y fina ironía, mientras derriba los monstruos de la vieja dama polvorienta y la siempre joven tradición latinoamericana.

A los poemas de J. Silva se les puede señalar con rotundidad y crítica ese nivel de exigencia, las piruetas lingüísticas que comparte para llegar a la poesía; las “malas” maneras de un léxico acrobático (aunque no superfluo) que parece no preocuparse por comunicar; el ser un “extremista” del lenguajePero, si se puede hacer, es porque hay fondo y porqués en todo ello; porque existe la novedad y la extrañeza en los poemas, un profundo distanciamiento de la sensiblería y de romanticonas ideas, del elitismo, que otros se han empeñado en perpetuar sobre los poetas y la poesía. Ante todo, se intuye un trabajo de minero detrás de los versos, de ahí que los planteamientos de Federico J. Silva provoquen en varios direcciones, desde las más “técnicas” hasta las que afectan al lector y su lectura… Así, una muestra como un par de ojos:

 

“Hijos de pauta”

decididamente yo soy

yo soy un hombre que ha roto

más de un plato

que escupe para arriba sesenta

veces por segundo

que señala con el dedo

a quien esconde la piedra

y nos da la mano

a quien matar quiere dos pájaros

de un tiro

 

̶yo vivo en guerra con los hombres

y en paz contra mis entrañas ̶

he de morirme me moriré

de un ataque de víscceras quizá

solo y en mi sangre perfumado

pero no de asco

contemplándolos

los sintripas

los reversibles

los transferibles

los inercambiables

los que una prótesis tienen de pasión

con la etiqueta colgando

̶si no queda satisfecho le devolvemos

su dinero ̶

los del corazón de zarzuela

los que simulan llevar ruedas

pequeñas

en la bicicleta

los de hombreras en el alma

los cocodrilos sin conjuntivitis

los envasados en tetrabik al vacío

los inmunizadores sinmaculados

los hermeneutas inconvincentes

los hermenetuas neumatizados

los efervescentes artificiales

los inodoros

los incoloros

los insípidos

los freevolos sin alas

los que hay que ver

cada ver

cada vergüenza

cada cadáver

de Sea de quien la mar no teme airada (1995)

 

 

“Con destinatario”

yo miro tus ojos como se mira un índice

a ti                                          estoy destinado

aliterada clandestina de mis versos

amotinada en la bibliografía de mis versos

obstinada mente                                     tintinean

̶te quiero es la onomatopeya ̶ mis huesos

te quiero es la onomatopeya de mis huesos

 

sin ti

nada es

guillotina de los relojes

plenilunio sin retinas

tinieblas tinieblas

 

sin ti nieve soy

sin ti niebla soy

sin ti náufrago voy

patinadora de mi sangre

 

salvo tus ojos todo es ilusión

de La luz que nos hiera (1996)

 

“Crítica del juicio”

 

sobre gustos hay demasiado

escrito

de gustibus non est disputandum

pero yo soy uno de esos

que siempre

preferiremos la mujer

que nos pise los ojos

que nos escupa las manos

especialmente las reincidentes

 

“Historia autocrítica”

 

hace unos siglos

para qué engañarnos

la habría arrastrado por los cabellos

como a una sabina

la hubiera raptado

la hubiera comprado

con catorce años de pastoreo

por tres o cuatro camellos permutado

pero oiga me alegro

pese a todo

de no poder

arrastrarla raptarla permutarla

comprarla

de que sea libre hasta

la desolación y la congoja

y de tener que escribirle estos poemas

tan feos como camellos

por ver como no sucumbe a mis deseos

civilizados

 

 

“Espíritu olímpico”

 

el sexo contigo es el único deporte

donde lo que me importa es participar”

 

“Un objeto sexual”

 

me mandaba a callar

̶come y calla ̶

entre sus muslos

 

sólo te soporto me repetía

cuando te tengo debajo

o con la boca llena

 

me gustas cuando callas

̶bilingüísmo d las ingles ̶

y estás como

de A un amar adverso (1996)

Años 90, poesía canaria: Paula Nogales

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El rey

Has decidido salir de casa, de tu isla, del país quizás. El medio de transporte y la velocidad de llegada determinarán, en gran medida, el disfrute del trayecto, pero no únicamente. Si al partir no has decidido tu destino no reconocerás el lugar que pises por primera vez, y procurarás su posesión, hacerlo tuyo, señalar en él similitudes… Tus nuevas referencias. Esta necesidad vital de dibujar nuestras coordenadas acontece de igual manera en la literatura, pues nos permite contactar con otras perspectivas, con datos y vivencias de este mundo y otros mundos pasados, completar nuestras propias referencias.

En esta ocasión, las referencias de la poesía canaria de los años 90 llegan con Paula Nogales (Gran Canaria, 1966). Los poemas aquí presentes han sido seleccionados de la antología Última generación del milenio (Varios autores, 1998), libro en el cual se lee, sobre la poeta, lo siguiente, en boca del novelista Emilio González Déniz: «está empeñada –legítimo empeño– en gritar que es mujer, y lo hace con fuerza, siempre, aunque sus versos hablen a veces de los hombres». Al tiempo, el novelista destaca del poemario la tendencia de la poeta a mitificar lo cotidiano y a bajar lo mítico de su pedestal, en su poemario Manzanas son de Tántalo. Para este artículo, y tras la lectura de los poemas de la autora en Última generación del milenio, podemos decir que la de Paula es una poesía extraída con fluidez, de verso largo y fuerte naturaleza “oral”, pincelados con la palabra justa, sin estridencias. Se piensa a veces que se lee en un sueño sobre la cadencia recreada tras los ojos de la poeta. Hay, también, una contención narrativa que deja intuir el temblor que los hizo aflorar.

 

¿Qué más podemos pedir, amor,

si no es esta complicidad culpable

que nos lleva a forzar el tiempo en palabras oscuras

que vestimos como niños en día de fiesta?

Sólo queda el usufructo de nuestros cuerpos,

blancas ovejas desvalidas que regalamos

con la rara alegría de quien ahoga una conciencia.

 

(de Contra reloj)

 

 

GUERRA DE LOS SEXOS

 

Ellos no entienden: de siempre lo oí decir,

como un axioma irrefutable, como un dogma de fe,

igual que aprendimos que la tierra es redonda

o que existen los números periódicos.

Ellos no entienden, y no querían

jugar con nosotras: hasta el más pequeño

nos miraba desafiante, para luego marchar corriendo

tras las lejanas siluetas de sus camaradas.

Había que organizarse, ofrecer resistencia,

desterrar en público las lágrimas y los mocos,

crear redes secretas de información y logística,

apuntar más bajo, aullar la victoria.

Ellos no entienden. Yo tampoco entiendo nada.

No lo entendí nunca,

ni cuando sus cuerpos eran misterios anatómicos

de delirantes bestiarios

en la infancia incrédula,

ni cuando sus voces se quebraban en provocaciones

de interés puramente antropológico.

Nunca milité en bando alguno. Me confieso apátrida.

Algo así como una quinta columna sin base:

asentía a todo, fingía los acuerdos,

como un topo ciego que se escurre

entre el dudoso glamour de la adolescencia.

Supongo que jamás se produjo el alto el fuego.

Aunque en algún momento debió de perderse

la dulce alegría de las hostilidades,

y aparecieron los rictus en las comisuras

de los combatientes,

veteranos en sus cuarteles de invierno;

los pactos vergonzantes,

la secreta claudicación de aquellos gloriosos batallones,

de aquellas ingenuas conjuras

que el tiempo cubrió de moho.

No más guerrillas fraternas. Soy francotiradora.

Parapetada en una azotea de soledad.

Ese hombre que pasa de largo

lleva en su frente la marca divina.

Lo sé bien: yo misma lo ungí hace un instante

con la metralla líquida del deseo.

( de Manzanas son de Tántalo )

 

 

 

A la sombra de Dafne no crecen sino ortigas.

Sobre el azul sin tacha del acantilado,

del borde mismo de la sima

de la espuma,

donde su pie de nieve no osó la pirueta

definitiva.

 

La sombra de Dafne acuna abrojos,

teje siempre entre sus ramas la misma ajena melodía.

 

No amasa pan.

No arregla sus cabellos

para el amante porfiado.

No regala ya más el fruto

de su vientre intacto.

 

Bajo el azul sin tacha del cielo eterno,

mirad la sombra estéril de Dafne,

como un fantasma tendido sobre la mala yerba.

 

( de Manzanas son de Tántalo )

Años 90, poesía canaria: Rafael Franco

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Necesitamos referencias. Referencias desde las cuales poder abordar la realidad, el pasado y ese futuro que, por definición, no existe. Para el hoy de la literatura canaria, me parece fundamental recuperar la obra de aquellos poetas que escribieron en los 90 y que, por diversos motivos, no ha llegado a nosotros con intensidad, o como debería. Y es que, al igual que el recién parido enfrenta una barranquera frenética de estímulos sensitivos, los jóvenes lectores de hoy quedan ciegos ante tanta “oferta lectora”, aunque no sea más que ocio vacío. Y si, además, recordamos que los planes de estudio perpetúan la enseñanza de la Literatura con lecturas ajenas a la lengua que vive el lector, la literatura canaria sigue como siempre, atrapada entre el desconocimiento de la mayoría y la connivencia vanidosa de muchos autores, su casi congénita despreocupación por el “después” de la obra. Me refiero a poetas cuya obra comenzó a ser publicada en los años 90, un grupo al que se denominó “última generación del milenio”, “grupo poético de 1992” o “del redescubrimiento”, y que cuyo verso sigue actual en fondo y forma. Entre ellos, José Rafael Franco (Gran Canaria 1961-1993) aparece, a pesar de su fallecimiento prematuro  y del silencio que se vertió sobre sus poemas, uno de los actualizadores de la poesía canaria para el siglo 20.  El muestrario de poemas que compartimos a continuación se lo debemos al estudioso (ya fallecido) Antonio García Ysábal, que dio a conocer la obra del poeta en “La Nueva Poesía Canaria” (Verbum, 2001) y “Matemorfosis” (Colección San Borondón ISLA DE SOMBRAS, 2003); obra, esta última, cuidadísima hasta el más mínimo detalle y publicada tal cual la había preparado el autor. En ambos libros, leemos una expresión nueva, una poesía capaz de aflorar y decir, de provocar y conmover lejos de rimas y palabros retorcidos, de hacer amor y filosofía universal desde un terruño innombrado porque ya se había asumido, seguramente, que la Isla es inabarcable.

 

No implores mi perdón

No me es dado contigo el poder de vivir

Pues la vida es corta

Y mi arte no espera

Y todas mis balas son estos papeles translúcidos

Ahora abro las cortinas de mi ser

para entenderte

Ese crimen por tanto prolongado

Y tenderte la mano del diálogo

Que imploras desde hace tanto

Comprende al fin que la ley es esta

Nos hemos demorado en la estancia del mal

 

 

En la arena

TENDIDO al frente

Así se apalanca un cuerpo

ESTOCADO

Y dos orejas

 

 

El amor es el lugar del excremento

Y habéis cambiado

Usureros

El sitio

por el producto

 

Tierra de la mar infinita, bosque de lapas, éste, tu pueblo, quinientas mil caras repetidas que se vuelven a ver, que no pueden ver otro pueblo, cuya mirada es ajena y su mito repetido y prestado como las quinientas mil caras de memoria estampada; donde todo nada… la mar, golfo de tanta agua tragaste, nostalgia de piedra cuya agua se hizo nudo en la garganta, mirada de otro ajena a ti, cabo que te quiero cabo, ; oasis al revés, donde todo nada… la mar: tiempo es de dar al continente lo que es suyo, el mito arcádico, el sueño y la aventura de tantos robinsones con pasaje de vuelta, que no pudimos tragar sin devolverlos.

La isla inabarcable

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La primera vez que escuché hablar de la Isla fue para saber que había nacido en una, al igual que mis hermanos, mis padres y mis abuelos. Desde aquel entonces la Isla se transformó en un ser que habitaba, una Gaia autónoma, completa, de múltiples dimensiones. Un estar inabarcable donde ver la luz por primera vez, casi sin querer. Un estar en todas partes… Quizás por eso nunca entendí aquellos libros, en la escuela, que hablaban de la Isla como un pequeño pedazo de tierra rodeado de mar por todas partes. Y algunos profesores se limitaban a leer en voz alta aquella extraña definición, con tanto desinterés, como si hablasen de la arena que se pisa sin mirar.

Sin duda, no sabían de lo que hablaban y, obviamente, no hablaban de la Isla, sino de mera geografía. Quién podría creer que la Isla que abrazaba la inmensa calle azul, animando a los navegantes a ir siempre más allá; la Isla que en su mismo centro abría invisibles puertas de roca y silencio hacia otros mundos, hacia otras preguntas y respuestas, fuera la misma sitiada por el mar… Tal definición era imposible, inevitablemente. Hay muchas islas, pero la Isla no era ninguna de aquellas descritas en los libros de la escuela, con pálidos colores, planas y sin vida.

Desconozco si esta íntima verdad que parecía presentir, aún siendo niño, era conocida por los profesores; como tampoco sé si estos, acaso, conocieron alguna vez la Isla, si de verdad descubrieron cómo habitarla de tanto que caminaban por ella. Sin embargo, lejos de decepcionarme, olvidé pronto aquella frase árida y geográfica, aquella falta de aire que ni el agua erizaba y hacia ensordecedor el vacío, y comencé a investigar nombres que, a la Isla, se le daba en otras partes del mundo: la tierra verde (Groenlandia), la tierra austral (Australia), la tierra de las tortugas (Galápagos), la tierra mítica del Atlántico y sus hijas… Es evidente. La Isla no cabe en la palma de ninguna mano. En tan hambrientas coordenadas solo viven las aristas de un pensamiento momificado y un vago anhelo de olvido, evasión o barbarie.

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