El mensaje

La mano de una bombera nos encendió desde nuestra inconsciencia. ¿Cuánto tiempo llevábamos así, apagados frente al mar?

Abrió los ojos.. Extrañamente excitada. En vez de darse la vuelta y calentar otras áreas de la cama, la pupila enfocaba el cuadro azul sobre el sofá; un fondo celeste celeste cayendo al fondo, degradando hasta un blanco irreal que parece posarse como una nieve hecha de bruma. A la izquierda de ese delicado horizonte, entra un brazo extremo de tierra que, rápidamente, se sumerge bajo la nieve; fundido, apenas otra línea de tierra también, una tierra flotante apartando del aire el agua. Sobre ella decenas de personas pasean distraídas; algunas prolongan conversaciones que intenta detener el pintor; otras señalan la dirección de un futuro movimiento; otras, casi diluidas en la derrota del cielo, pretenden lanzarse el agua. Y una mujer. De frente. Señala más allá del cuadro, hacia el mar, un futuro indicativo.

Apenas sí conoció del artista que había sido pescador, marinero en buques coreanos, que hubo pintado todos los ríos de Europa, de Brasil, y de los bosques helados de Finlandia. Nada más. Edad, nombre, familia, procedencia. Nada. Aquel acento que pudo manejar el pincel, no fue suficiente para decantar una nacionalidad u otra. Y aquel azul de sus ojos, también el mar habitando el lienzo, parecía erguer leve la cama esa mañana.

Aquel azul. Cada mañana desde hacía dos semanas,; despertar la mirada y aquel cuadro. Una persona que señalaba hacia ellos y el otro mar a sus espaldas como paredes del seno de un ser antiguo y gigantesco, anterior, incluso, a los ojos que intentaban nombrarlo. Como el amanecer, una luz de promisión. Incluso sumido en aquella dolosa soledad.

Hoy, despertaba con ella… Horas después ya frente al espejo. Él la observaba desde atrás. Desnudos. Ella antojaba su propia imagen mientras movía, ritualmente, la manos hacia abajo y hacia arriba, a izquierda y a derecha, hacia el espejo y hacia atrás, articulaba la muñeca deslizando en sus dedos lo que quería decir. Buscó entre sus piernas con la mano. Delicadamente se llegó al rostro extendiendo el menstruo por toda la cara. Se volvió hacia él y le besó la mejilla.

Un día más, el sudor fosilizado sobre las sábanas ferrosas. Almorzarían cabrito. Ella pedía el corazón para si.

Reseña: «Personne», de Alba Sabina Pérez.

Nos equivocamos al pensar que la Literatura, que la Poesía debe movernos las entrañas. El fuego y los escombros de las tripas apenas dieron a la Historia más que lectores oportunistas del miedo y la ignorancia, pornógrafos de las ansias de la tribu por separar a los otros, los extraños, de nosotros, para arrinconar, señalar, quemar. Pero hemos regresado a ese tiempo de oscuridad (lo sabemos), y la superstición reverberada por las cajas del eco que fecundan de ruido nuestros gritos, gobierna de primera instancia nuestras vidas. El silencio, contener nuestra sangre para comprender y actuar minimizando el riesgo de suicidio… Si fuera posible… Mantener un rumbo mediado, atento a las entrelíneas, al bajo de las mareas que, al despistarnos, nos encadenan con las sebas de los suelos arenosos de las horas, muerte y condena; mantener una opinión crítica y directa, o esquiva porque se asume el riesgo de no tener una respuesta ya y sí la precaución, cuando toca, quizás, ser cautos para no caer entrampados. Idénticamente, castigamos la decepción. Somos incapaces de hablar de ella, nombrar todas las decepciones, argumentar la realidad de su posibilidad, aceptar la responsabilidad de nuestra espera. Somos nosotros quienes esperamos ser satisfechos por cada aliento que gastamos, ver colmadas nuestras carencias. Acaso una condena.

Personne”, la segunda entrega poética de Alba Sabina Pérez (Ediciones La Palma, 2018) nos enfrenta a una decepción o, si se prefiere, al reajuste de experiencia con la obra en verso de la autora. Tras su debut poético con “Ya nadie lee a Pentti Saaritsa” (Ediciones La Palma, 2015), cuya lectura recomendaría y en cuya crítica concluía, su momento, con los siguientes términos:

“[…]un libro equilibrado donde los poemas atraviesan sonámbulos (rebeldes de la somnolencia) una distancia a oscuras, apenas encontrando tropiezos […], tropiezos que no afectan a la experiencia total del libro, que no huelen a truco. […] Así la lectura crece dentro de una nostalgia creíble, en medio de una incertidumbre íntima y natural, una introspección que no asusta, que no parece impostada[…]”

Aquel poemario dejó un deseo y una impaciencia por leer otra entrega de poemas de la autora. Se trataba de un libro que sorprendería a propios y ajenos, independientemente de la valoración de sus anteriores entregas en prosa. “Personne” nos muestra un poemario bien escrito, correcto, con un planteamiento llamativo que refuerzan la salva de citas introductorias y las acepciones de la palabra francesa “personne” antes de los poemas. Todo insinúa una idea acabada y una creatividad destinada a iluminar buenas profundidades con sus juegos y recovecos; entre ellos, el elenco y los universos de todos los “personajes secundarios” que encuentra el lector y que la autora podría aprovechar para futuros textos, ensayos, cuentos, elucubraciones:

“Cuando colocamos máscaras

a los seres invisibles

que habitan las esquina

los ponemos en el centro de la mente:

Como estatus de Rodin en una playa de Veracruz.”

en Invisibles.

“He nacido

sin más ventilación

que ahogarme

al morir

y flotar luego

en una piscina

parecida a una tumba.

Me sujeto en tus palabras

para hablar,

para hablar(me)

y nadie parece escuchar.

Tal vez un dios

en una habitación oscura

me dice que has gritado

al fondo de una botella.”

en Lucia Joyce.

“Las mujeres fuertes

más que amar

logran evitar la nada.”

en Ena Berenguer.

Sin embargo, más allá de esta corrección literaria y su creativa puesta en escena, “Personne” deja un sabor agridulce tras una primera lectura, una inevitable decepción al lado de “Ya nadie lee a Pentti Saaritsa”. La voz y la propuesta poética de la autora no florece entre esto poemas, no aspira al aire ni a las raíces; se estanca, ofreciendo un paisaje extraño al calor, al “decir”. Satisfecha, quizás, por una idea acabada. La lectura nos rodea con un olor a “pequeñas historias”, ricas en personas pero sin que salgamos de sus páginas con nuestra experiencia enriquecida:

“La veo andar hacia la plaza

la veo en chándal

con el pelo recogido

en una coleta torcida

sosteniendo una carpeta gruesa

caminando con la mirada al frente

sin desviar

sin bajar los ojos

como si pudiese con las pupilas

tocar el horizonte.”

Después de tres lecturas, la conclusión de no haber leído poesía sino historias en verso, microrrelatos verticales, no cambia. Y de la Poesía, del Conocimiento, poco o nada de temblor a la vista. Nuestras manos quedan desnudas tras cerrar el libro, sin poso alguno en el que seguir leyendo en silencio; el horizonte permanece así, un plato vacío con unas migas de pan apenas. Acaso porque los poemas prefirieron limitarse a flotar, ignorando las profundidades del agua.

Enlaces sobre la autora:

Entrevista en la revista Dragaria.

Entrevista en ABC, edición Sevilla.

Reseña de Iván Cabrera Cartaya a «Personne».

Algunos poemas de «Personne», en la web de Valeria Correa Fiz.

0,5 por ciento, de Gonçalo M. Tavares

Texto de Gonçalo M. Tavares publicado en Jornal das Letras del 2 de Janeiro a 15 de Janeiro de 2019.

0,5 POR CIENTO

1 Cada vez más: ensayo y filosofía de la espesa. Recordar leer a Heidegger, hace muchos años: la sensación de que alguien hablaba un lenguaje secreto, paralelo al del lector. El placer de, con cada lectura, comprender más. Dos rectas lejanas que se fueran acercando, como dos hermanas en proceso de reconciliación. Y, entonces, súbitamente, un cruce entre dos líneas que amenazaban encontrarse solamente en el infinito. Leer y entender lo que se está leyendo como un proceso de investigación, bisturí mental; un esfuerzo.

Dos líneas paralelas: durante la primera lectura de Heidegger; en su límite, la posibilidad de que, con esfuerzo, coincidan ambas líneas.

La prosa dura, que requiere ser abierta, disecada, y en cuya disección se desvelan sorpresas, frases con las que podríamos vivir.

Con Baudrillard o Deleuze, etc., aunque mucho más sencillos, un proceso semejante.

En otros, la entrada es inmediata. Un ejemplo: Peter Sloterdjk, filósofo alemán —para mí el gran escritor vivo—.

[…]

Lo que resulta fascinante en Sloterdijk se encuentra también en Ortega y Gasset: grandes imágenes, grandes metáforas; un estilo por encima del nivel terrestre pero completamente accesible. La sencillez y la amabilidad del filósofo, decía Ortega. En Ortega y Gasset hay algo incluso perturbador: la sencillez entre la que parece moverse siempre, cuando habla de cualquier cosa, habla en realidad de nuestra vida.

2 ¿Quién habla hoy de Ortega y Gasset? ¿Cuántas personas consiguen sintonizar con Sloterdijk en una de sus ponencias? ¿Una centésima parte del recinto del Meo Arena? ¿Un 0,5 por ciento?

3 Es curioso como tanto el pensamiento como los grandes pensadores del siglo XX están desvalorizados en el siglo XXI. ¿Para qué pensar si todos estamos, precisamente, ahora mismo, preocupados con tener una opinión?

Para los inmortales gusanos

Todas estos pozos de carne y sus tesoros,

el ojo derecho (y no el izquierdo,

por siniestro),

y la mano derecha también,

y el hígado, no lo olvides,

grasiento diario de bitácora,

rastro de cientos de travesías y papeles remojados.

Todos los deseos que quedaron pendientes

de la mano al suelo, testimonios de un tiempo

que no llegará,

atrapado entre esas horas que nos observan desde el espejo.

Toda mi sangre, llévate;

todos los posos del tórax vacío, llévate,

para que puedas leerlos y cuestionarme inerte,

sin hielo que me guarde,

seco sobre las rocas…

Pero no me rompas.

Desintégrame, acaso.

Córtame la cabeza, tal vez;

quédate tú con la existencia,

que yo seré pasto único para los inmortales gusanos.

Fotografía: Madalena Salvado

La isla, dos poemas

Stranger in a stranger land, Lázaro Santana

CUANDO tus pies se afirman en la tierra

extranjera (extranjero tú en ella) y con su gente

hablas y con sus vidas vives y con su música

cantas con sus pasiones trabajas te haces libre

(un cuarto a medianoche un cuerpo amigo

unos dólares discos bourbon yerba

la ciudad y sus árboles oboe

de la carne y del aire adolescente y frío)

el mar y su nostalgia de isla en isla

buscan sitio en el lecho donde amas lees finges

Argonauta de nuevo a tus asuntos

pisas la vieja piel del fiel navío y abres

las velas a su establo de los pinos

¿ves esa tierra extraña forastero? es la isla.


Isla, Pedro da Silveira

Apenas esto:

     El cielo fechado, una gaviota

     Planeando. Mar. Y un barco en la distancia:

     Ojos de hambre adivinándole, a proa,

Californias perdidas de abundancia.

Otro fotografía a contraluz de las hojas de un árbol desconocido

¿Sabías que sonreímos ante la belleza? A veces el gesto no alcanza los labios y se queda en un entornar la cabeza, imperceptiblemente; son los brazos quienes entablan la sonrisa sobre el pecho, góndola libre y limpia navegando entre islas, y ante la belleza se desnuda de repente. Aunque no lo creas, a nosotros nos aparece sin mediar aviso una erección, no rígida e inamovible sino llena, plena de sangre y humilde, dada a ti. ¿Pero sonreir por esta fotografía? No hace falta, contente. No es más que otra fotografía a contraluz de las hojas de un árbol que no conocemos.

Comencemos por no cometer esos pecadillos (piadosa metáfora)

No, no es fascismo. Ni Trump es Hitler, ni los caballeros andaluces que prometen la Reconquista lo son. No, no es fascismo. Aún no es la violencia organizada, el asalto al poder para institucionalizar el fin de la democracia. Por ahora. Es esta certeza, la de que vamos camino hacia el descontrol político en un futuro cercano, la que debemos ponderar. Principalmente los políticos deben pensar en esto. Me refiero a esos, los nuestros, todos los políticos de izquierdas y de derechas para quienes la democracia debe ser lo primero. ¿Debe? Entonces comencemos por no cometer esos pecadillos (piadosa metáfora) que en nuestros días pueden volverse pecados capitales.

extracto de «lo cierto es lo incierto», artículo de Ferreira Fernandes en Diário de Notícias