22 de noviembre

Divide y vencerán

Justo antes de comunicar delicadamente al mamut que ya debía ponerse en marcha, algunos sectores de la tribu comenzaron a señalar las carencias del grupo de tiradores, a quejarse de las ausencias de determinados colectivos, reclamar una repartición más equitativa de minorías y géneros no representados tanto como los otros. La discusión avanzó y el mamut, aburrido, se marchó a que lo devorasen unos leones y hienas. Al menos ellos se ponían de acuerdo en lo que les importaba. La tribu, lógicamente, murió de hambre.

Una vela para Darío, de Dalton Trevisan

            Darío viene apresurado, paraguas bajo el brazo izquierdo, tan pronto dobla la esquina, disminuye el paso hasta parar, apoyándose en la pared de una casa. Por ella deslizándose, se sienta sobre la acera empedrada, todavía húmeda por la lluvia, y pone sobre la acera la cachimba.

          Dos o tres paseantes se acercan y le preguntan si se siente bien. Darío abre la boca, mueve los labios, no se escucha respuesta. El señor gordo, de blanco, sugiere que debe estar sufriendo un ataque.

          Se recuesta un poco más, tumbado ahora sobre la acera, y con la cachimba que ya se hubo apagado. El chico de bigote pide a los demás que se aparten y le dejen respirar. Le abre la chaqueta, el cuello de la camisa, la corbata y el cinturón. Cuando le quitan los zapatos, Darío se atraganta ruidosamente y espumarajos le salen por la comisura de la boca.

          Cada persona que llega se pone de puntillas aunque no le puedan ver. Los vecinos de la calle conversan de puerta a puerta, se despierta a los niños y en pijama se asoman a la ventana. El señor gordo repite que Darío se siente en la acera, que fume el tabaco de su cachimba y que apoye el paraguas en la pared de la casa. Y ya no se vio paraguas ni cachimba a su lado.

          La vieja de pelo canento grita que él se está muriendo. Un grupo lo arrastra hasta el taxi de la esquina. Ya dentro del coche la mitad del cuerpo, protesta el conductor: ¿quién pagará el viaje? Acuerdan llamar a la ambulancia. Darío recostado de nuevo en la pared —no tiene ni los zapatos ni el alfiler de perla en la corbata—.

          Alguien informa acerca de la farmacia en la otra calle. No cargan a Darío más allá de la esquina; la farmacia, demasiado lejos y él, muy pesado. Lo largan en la puerta de una pescadería. Un enjambre de moscas le cubre la cara, sin que haga por espantarlas.

          Llena la cafetería cercana con las personas que se acercan a apreciar el incidente; ahora, comiendo y bebiendo, gozan de las delicias de la noche. Darío permanece torcido, tal y como lo dejan, en el escalón de la pescadería, sin el reloj de pulsera.

          Un tercero sugiere que se examinen sus papeles; extraídos —junto a varios objetos—de sus bolsillos y alineados sobre la camisa blanca. Quedan sabiendo el nombre, edad, marcas de nacimiento. La dirección en la cartera es de otra ciudad.

          Hay una desbandada de más de doscientos curiosos que, hasta ese momento, ocupan toda la calle y las aceras: llega la policía. El coche negro enviste a la multitud. Varias personas tropiezan en el cuerpo de Darío, que es pisoteado diecisiete veces.

          El guardia se aproxima al cadáver y no puedo identificarlo —los bolsillos están vacíos. Queda la alianza de oro en la mano izquierda, que él mismo —cuando vivo— solamente podía sacarse humedeciéndola con jabón. Cosa de la funeraria.

          La última boca repite —Ha muerto, ha muerto—. La gente comienza a dispersarse. Darío estuvo dos horas para morirse, nadie creía que estuviese en las últimas. Ahora, para los que pueden verlo, tiene todo el aire de un difunto.

          Un señor piadoso usa la chaqueta de Darío para apoyarle la cabeza. Cruza sus manos sobre el pecho. No puede cerrar los ojos ni la boca, donde la espuma ha desaparecido. Apenas un hombre muerto y la multitud se dispersa, las mesas del café quedan vacías. En la ventana algunos vecinos con almohadas donde descansar los codos.

          Un niño negro y descalzo viene con una vela encendida, que deposita al lado del cadáver. Parecía muerto hace ya muchos años, casi el retrato de un muerto descolorido por la lluvia.

          Se cierran una a una las ventanas y, tres horas después, Darío sigue a la espera de la funeraria. La cabeza, ahora, sobre la piedra, sin la chaqueta, y el dedo sin la alianza. La vela se ha consumido ya más de la mitad y se apaga con las primeras gotas de lluvia, que vuelve a caer.

Paseaba por Chiado cuando, en el mostrador de la librería Bertrand, leía, en la portada de un libro, “Cemitério de elefantes”. Su autor, Dalton Trevisan, apodado el “vampiro de Curitiba”, había recibido en 2012 el Premio Camões, el más importante premio literario en Portugal. “Cemiterio de elefantes” es un conjunto de cuentos breves, incisivos y de diálogos secos, muy a pie de barrio y marginación en los que el autor talla los personajes a golpe seco, sobre la piedra de un realidad cruda. A lector apenas le queda el esbozo de un sencillo atrezzo, habitado por múltiples jirones o agujeros, mordidas casi en el lenguaje, y unos diálogos en extremo austeros que tratan de acercarnos la aspereza de y la violencia del día a día… Comenzar a traducirlo fue inevitable.

… Esta inédito en España. Busco editor interesado en publicarlo.

El baile, de Dalton Trevisan

EL BAILE

       Baile en el almacén de doña Querubina, con acordeonista, fuegos artificiales, cachaça. Gran armonía hasta que Tobias, bajo efectos de aguardiente de naranja, comenzó a romper copas y botellas. Dueño del bareto, el marido de doña Querubina, protestó.

        —Ahora es botella, luego cabeza de negro —avisó Tobias—. Aquí no hay hombre.

        Más que ligero soltó un cabezazo sobre el viejo Emilio, que rodó aturdido, escupiendo sangre. Exhibiendo la navaja, Tobias, en voz alta:

        —Cuando no tengo aguardiente bebo sangre de gente.

        En el salón quería rajar el acordeón; evitado con mucho esfuerzo. Daba tumbos con las damas, ora de una forma, ora de otra. Con las jóvenes y las que no lo eran; si alguien se quejaba, hacía burla.

        —¡Aquí nadie me aguanta!

        Y lanzaba agua en la frente de las señoras que, apartando el rostro, huían a la cocina.

        Al instante, golpeado por todas partes. Acabó la confusión, lo largaron fuera, durmiéndose bajo una guabiroba.

        Media noche, la fiesta seguía animada. Diogo entró por la cocina llamando mierdas e hijos de puta a los presentes. Ya acababa el baile, amenazaba con un rabo de tatu[1], sobre todo, a la vieja alcahueta Querubina.

        Sombrero en la cabeza y rebenque en el cinturón, despreció al viejo Emilio, que no era hombre. Rebatió el viejito que sí era hombre, pero no para bregar.

        Con el rabo de tatu Diogo lanzó aquí y allí puñaladas. En medio de gran griterío, preguntó si alguien le encontraba ruin. Como nadie se manifestó, declaró que allí no había hombre. El ciudadano de nombre Sizenando, bien tranquilo:

        —Soy hombre para cualquier ofensa.

        Diogo saltó por la ventana, con un puñal rayó el suelo.

        —Aquí no hay hombre.

        —Ya saqué el cuchillo de macho, y más mierdas.

        Sizenando sacó el revólver. El fanfarrón desplomó con el cuchillo, entre gritos:

        —¡Ay, Dios mío, me disparó!

        Corriendo herido, penetró en la oscuridad.

        El baile continuó en el más completo orden hasta las dos de la mañana. Eurídes invitó a una dama a bailar y desentonaba en el salón. Honesto y trabajador, gustaba de conquistar a las jóvenes y cuando bebía era pendenciero.

        —¿Con la cara revirada, niña? Qué soberbia, ¿no quieres valsear?

        Rechazado, prohibió que bailase con otro. El novio de la chica, al ver que la apretaba, agarró una botella y la reventó en la cabeza de Eurídes, que cayó atontado entre trozos de vidrio. Dos invitados condujeron al herido hasta el camino de tierra de la entrada.

        Aníbal salió a bailar con la chica. El otro a su lado sin desviar el ojo rojo:

        —Hablar, vamos, fuera.

        La novia corrió para la cocina. Doña Querubina le dio sirope. Fuera en el camino, aires de enfrentamiento, Eurídes cogió el puñal y lo puso en el cinturón, fuera de la vaina.

        —¡No se acerque que yo te corto! —bramó Aníbal, al tiempo que reculaba.

        Eurídes exigía explicaciones por botellazo. El joven le acusó de mucha inconsciencia por no respetar novia ajena. Se rió el otro, si algún día tuviese novia podía él proceder de igual manera con ella.

        Sacando el cuchillo, quiso acertar a Aníbal. El otro respondió con la mano izquierda, salpicó sangre. Eurídes intentó segunda vez. El novio dio un brinco para atrás, el golpe rasgó la camisa. Aníbal tiró del puñal, el otro envistió. Le esperó con el brazo tieso, con todo el peso del cuerpo: el pecho de Eurídes fue atravesado. Se viró con grito de espanto, corrió para caer de cara al suelo.

        Aníbal fue a buscar la novia y, al pasar cerca, nadie miraba al muerto.

        Doña Querubina pidió al acordeonista el valsito Lágrimas de Virgen. El baile continuó animado y en la más perfecta armonía hasta el nacer del día.

Paseaba por Chiado cuando, en el mostrador de la librería Bertrand, leía, en la portada de un libro, «Cemitério de elefantes». Su autor, Dalton Trevisan, apodado el «vampiro de Curitiba», había recibido en 2012 el Premio Camões, el más importante premio literario en Portugal. «Cemiterio de elefantes» es un conjunto de cuentos breves, incisivos y de diálogos secos, muy a pie de barrio y marginación en los que el autor talla los personajes a golpe seco, sobre la piedra de un realidad cruda. A lector apenas le queda el esbozo de un sencillo atrezzo, habitado por múltiples jirones o agujeros, mordidas casi en el lenguaje, y unos diálogos en extremo austeros que tratan de acercarnos la aspereza de y la violencia del día a día… Comenzar a traducirlo fue inevitable.

… Esta inédito en España. Busco editor interesado en publicarlo.

[1]Cuchillo hecho en Brasil cuyo mango está hecho con el rabo de un armadillo NdT

«Sangre», proceso de una traducción de Ernst Jünger

       

Allá por 2012 una amigo me encargó la traducción de La Guerre Comme Experiénce Interieur (traducción francesa de Der Kampf als inneres Erlebnis), inédito aún en español. Acepté el riesgo de traducir desde una traducción. El resulto le satisfizo; la voz de Jünger me había sobrevivido.

El género humano es un bosque virgen cuyas cimas, misteriosamente entrelazadas por el aliento de mares inmensos, no cesan de provocar extenuantes escalofríos, vapores y tufos en su encuentro con el sol, para abarcarlo todo majestuosamente. Si las copas de los árboles quedan sumergidas, allá en lo alto, bajo un aura de perfumes y eflorescencias de colores, en el fondo del bosque prolifera una mezcolanza de plantas extrañas. Ya medida que se consume el sol, se observa la luz caer sobre el alto fronde de las palmeras ondulantes, como una concurrencia de papagayos rojos semejante a un escuadrón de sueños regios; y, al mismo tiempo, desde el suelo ya sumido en la oscuridad, la repugnante algarabía de los brutos humillados sobre la tierra, y al acecho, que asciende, y también los gritos estridentes de las víctimas que la violencia esconde entre sus dientes, y las manos rotas que la muerte arrancó de sus sueños y de la madriguera, del calor del nido para quitarles la vida. Y siempre que un bosque virgen se esfuerza por llegar a las alturas, una masa cada vez más imponente crece alimentada por sus energías, que son también las de su propio hundimiento, elevándose hacia aquellas partes de sí misma que se pudren y corrompen en el seno de los suelos cenagosos. Cada nueva generación de la humanidad es hija de esos fondos que acumulan la descomposición de los linajes innumerables que, ahí, descansan del devenir de la vida. Así es como los cuerpos de los difuntos, una vez la orquesta dejó de tocar para ellos, quedan reducidos a la nada, barridos por las arenas del tiempo y condenados a pudrirse en el fondo de los mares. Pero la vida eternamente joven y victoriosa los mezcla, una vez más, para crear sin cesar nuevas mutaciones, nuevos agentes energéticos y eternos de la fuerza vital.

        De esta manera, el contenido mismo de la existencia y, bien pensado, todo acto y todo sentimiento, todo aquello que impulsa esta interminable sucesión de antecesores que deambulan por los campos de la vida, se conserva eterna. Así el hombre se yergue sobre los animales y sus contingencias, así echa raíces en todo aquello que crearon sus padres con sus propias manos, con su corazón y su cerebro a lo largo del tiempo. Las generaciones del hombre se asemejan a los estratos de un coral donde hasta el más mínimo fragmento es inconcebible sin los infinitos otros fragmentos, muertos tiempo atrás, pero que se ofrecen para conformar su base y sustento. El hombre es el portador, el recipiente incansablemente metamorfoseado de todo aquello que, antes de él, ya le había hecho pensar y experimentar. Es también el heredero de todo el deseo que ya hubo empujado a sus antecesores más allá de las sombras de la bruma, con una fuerza irresistible.

        Los hombres continúan esta obra de hacer de su propio viaje en la vida uno de inconmensurable altura, un viaje hecho de generaciones y generaciones, de estados amontonados, ordenados unos sobre los otros, de su ser, sobre la sangre, sobre el deseo y la agonía. Cada nueva generación coge impulso para tomar alturas más abruptas, cuyos merlones sostienen y señalan al hombre el camino hacia el triunfo supremo, con una mirada que se alimenta de tierras cada vez más extensas y ricas. Sin embargo la construcción de los antiguos hombres no es regular ni tranquila y, a menudo, se ve amenazada y sus muros se derrumban con frecuencia o son abatidos por los necios, por aquellos que presa del desánimo, por los desesperados. Es en ese instante cuando se desvela la poderosa vitalidad de las energías inmemoriales, las consecuencias de un estado del mundo que se creía superado, hace ya mucho tiempo, y que se agitan entre las erupciones de las fuerzas elementales, hirviendo en gigantescas burbujas bajo la vibrante corteza terrestre. No en vano, el individuo está hecho de innumerables piedras y arrastra tras de sí, por el suelo, la cadena sin fin de sus antepasados; el individuo está atado y cosido por miles de vínculos e hilos invisibles, entrelazados desde sus mismas raíces hasta el bosque primigenio y pantanoso cuya tórrida fermentación ya cubrió el germen primero. Así es, el salvajismo, la brutalidad, la creciente intensidad de los propios instintos se ha suavizado y pulido, ha sido atenuada en el sexo de una sociedad que embrida las pulsiones de los apetitos y los deseos. De la misma manera, el refinamiento creciente de la sociedad ha iluminado y ennoblecido las ideas del hombre, a pesar de que la bestia continúa, ahí, dormida en el fondo de su ser.

        La bestia está siempre presente, incluso dentro de quien dormita sobre las cómodas alfombras, finamente tejidas, de una civilización sin deformaciones, de una civilización iluminada cuyos engranajes ruedan y deslizan sin estridencias, recubierta por la costumbre y los delicados modales. Pero la vida va y viene, regresa bruscamente al camino descarnado de lo primitivo y es, entonces, cuando caen las máscaras. Y desnudo, como siempreha estado, el hombre resurge así en hombre primero, el hombre de las cavernas, completamente desenfrenado a lomos de unos instintos desencadenados. Y entonces surge el atavismo, una vez más, como el eterno retorno de la llama que, desde la vida misma, se rememora en sus funciones primitivas. También la sangre arde furiosa bajo el ritmo mecánico y repetitivo de las ciudades, esos nidos de piedra que irrigan frío regularmente en las venas mientras la roca primitiva, fría desde hace ya mucho tiempo, sigue sin dejarse doblegar a pesar de su larga estancia sepultada en las profundidades; y se funde, una vez más, al rojo vivo, escupiendo las saetas encendidas que la devoran por sorpresa, arriesgando un nuevo descenso al pozo negro de semejante laberinto. Mientras tanto, la sangre que ha desgarrado el hambre aguarda una vez más dentro de esa melé jadeante delos sexos, en el fragor del combate a muerte.

        Durante la lucha que arranca del hombre toda convención, como si fueran los harapos de un mendigo, la bestia ilumina el momento, se muestra misteriosa tras su regreso de los abismos del alma. Surge de lo recóndito consumiéndolo todo, géiser de llamas, la irresistible embriaguez que posee a las masas, la divinidad que domina desde su trono a ejércitos enteros. Cuando todo pensamiento, cuando todo acto se reduce a una fórmula, es preciso que hasta los sentimientos regresen y se confundan con la espantosa sencillez del objetivo único: destruir al adversario. Solo así existen los hombres. Las apariencias no cuentan, pues en el instante del enfrentamiento final se muestran las garras y los dientes, se agitan las hachas toscamente talladas, se empuñan los arcos, y las flechas que se elevan en el cielo llevando la destrucción hasta lo más alto de su arte supremo, con una técnica sutil. Y siempre llega ese momento en que se ve arder, inyectada en los ojos del adversario, la roja embriaguez de la sangre. Siempre llega el momento de la anhelada carga, del avance último y desesperado que suscita un colmo de emociones idéntico al de la mano empuñando la maza de madera o la granada explosiva. Desde siempre, cuando la humanidad ha hecho causa para abrirse las venas,aunque fuera por un estrecho desfiladero separando dos pequeños pueblosmontañeses, aun infinito y retorcido, la sangre se ha derramado sobre la arena.

        En las batallas modernas, todas las atrocidades, todos los refinamientos acumulados por el miedo no pueden igualarse al horror en el que se sumerge el hombre cuando, en cuestión de segundos, se enfrenta a su propia imagen, retorcida por todas las muecas del fuego prehistórico. Y puesto que la técnica no es sino máquina, azar y proyectiles ciegos sin voluntad, el hombre encarna esa voluntad de matar que lo posee en medio de la tormenta de explosivos, hierro y acero. Porque cuando dos hombres chocan el uno contra el otro, sumidos en el vértigo de la lucha, colisionandos seres de los que uno solamente quedará pie. Así ocurre cuando, frente afrente, quedan en relación primigenia, la lucha descarnada por la existencia. Es en este enfrentamiento, cuando el más débil muerde el polvo mientras que el vencedor, con el arma fuertemente agarrada entre sus dedos, deja atrás el cuerpo que acaba de abatir para excavar en la vida un agujero profundo, más hondo en la lucha. El clamor de uno y otro en semejante choque se entremezcla para arrancar un grito a los corazones que ven brillar, frente a ellos, los confines de la eternidad, ese grito olvidado hacía ya mucho tiempo por el apacible curso de la cultura, un grito hecho de reminiscencias de terror y sed de sangre.

        Sed desangre y más pues junto al terror, junto al oleaje que anega al combatiente en sus propios espumarajos bajo el macareo de olas rojas; la embriaguez, la sed de sangre cuando las preñadas nubes de la destrucción llevan su pesada sombra hasta los campos de la furia. Por extraño que parezca, es esto lo que esperan quienes que nunca antes lucharon por su vida, el colmo del horror provocado por la visión del adversario, la descarga de una pesada e insoportable presión. Es la voluptuosidad de la sangre sobrevolando la guerra con el velamen rojo de las tempestades desplegado en los mástiles de una negra galera, cuya energía infinitatan sólo es comparable al amor. Es la fuerza que rompe los nervios cuando, en medio de los pueblos asediados hasta la aniquilación, las columnas de gente searrastran hacia las afueras, bajo una lluvia de rosas en llamas, como elcortejo de los morituri[1];esta es la sangre que alimenta en las masas un frenesí, que las rodea con su bullicio ensordecedor y sus gritos estridentes. Es una de las emociones que se descarga durante las hecatombes, una de las emociones marchan hacia la muerte, acumulándose en las vísperas de la batalla, en la dolorosa tensión de la tarde anterior y también durante la marcha hacia las olas de fuego, en el centro del terror, justo antes del combate a cuchillo. Y cuando la lluvia de proyectiles desmiembra las columnas de desplazados, la sangre se abraza con retorcido furor en todas las energías, con un único deseo, y solo uno: abalanzarse sobre el adversario, conmocionarlo —eso es lo que exige la sangre—, sin armas, con el vértigo y las manos deformadas como garras salvajes. Y ha sido así siempre, y desde siempre.

        Este esla rueda de las emociones, la lucha que estraga el pecho del combatiente cuando vaga por el desierto de fuego de las gigantescas batallas; este es el horror, la angustia, la aniquilación presentida, la sed de un estallido total en la lucha. Una vez que este pequeño mundo en sí mismo sea engullido por un meteoro monstruoso, reventarán sus goznes y descargará, entonces, toda la barbarie contenida, tras una brusca explosión de instantes que se perderán para siempre en la memoria… Cuando la sangre aflore en la propia herida, o en la herida del otro; cuando los ojos se cubran de niebla y caigan los párpados, cuando la mirada se clave como la de un sonámbulo que despertase de un sueño opresor. Ese sueño monstruoso que en el hombre sueña su animal, recuerdos de un tiempo cuando el hombre estaba rodeado, a todas horas, por hordas amenazantes, se abre camino en el guerrero a través de las estepas y se disipa, dejándolo estupefacto, deslumbrado por aquello que nunca sospechó de sí mismo, agotado por la gigantesca conflagración de voluntad y de fuerza brutal.

        Sólo entonces, el hombre toma conciencia del lugar donde ha caído en el transcurso del asalto, de los peligros que le acechan a su alrededor y del cuales quiere escapar. Y palidece. Una vez que supera ese límite, y solamente entonces, comienza la valentía.


[1]     Expresión latina «Morituri te salutamos». En este fragmento «aquellos que van a morir». (N.d.T)

Cinco poemas de Sandra Santos

Los siguientes poemas de Sandra Santos fueron publicados inicialmente en la Colección Di-Versos: Una hoja un libro ZR02, a cargo de Jorge Contreras Herrera (idea original y editor general) y Raquel Zarazaga Pablo (editora de la colección di-versos)

 

PÁGINA 1

si yo fuese puñal

dejaría caer

la lámina

todos los días

sobre la hierba mojada

hasta ella regresar

en flor

 

PÁGINA 2

y hay flores que hieren

el fondo de las cosas

hay flores margullando

en el vientre de las maguas

hay fuerzas emergiendo

de lo grotesco ungido del mundo

hay fórmulas enarenadas

bajo el vicio y el limbo

de quien no habla del amor

el floreciente dolor

que sobre todo se derrama

 

PÁGINA 3

pero alguien debe continuar

con la furia feliz en el gesto de darse

a la vida y clavar una emoción

en cada piedra

un color en cada trova

y una suerte en cada curva

que alguien debe continuar

 

PÁGINA 4

acepta que eres sólo hogar

de algo que muda y forja

y chirría y rasga

acepta que eres miríada de algo

que duele y calla

y rumorea y se estremece.

acepta que eres sólo

un pedazo que recrudece

en un todo del todo

 

PÁGINA 5

y quien acomete el viaje

no sabe cuando padece la palmera

cuando cesa el viento

no sabe y recusa saber

que la muerte se instala en el miedo

calcificando la mujer a su suerte

y nadie osa siquiera indagar

si prefiere ser eterna

o simplemente pasajera.

 

Sobre la autora:

Sandra Santos (1994, Portugal). Es profesora, poeta, editora, traductora y co­rrectora. Licenciada en Lenguas y Relaciones Internacio­nales por la Universidad de Oporto, tiene el máster en Estudios Editoriales (Universidad de Aveiro). Es profesora de portu­gués como lengua extranjera. Participa en diversos proyectos culturales, artísticos y literarios. Sus poemas han sido publicado en Portugal y traducidos en España, América Latina y Esta­dos Unidos. Su primer libro de poesía, éter, fue seleccionado por un programa de apoyo a la edición y traducción del Ins­tituto Camões y de la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas para ser publicado en portugués y español en México, Perú y Brasil.