Para los inmortales gusanos

Todas estos pozos de carne y sus tesoros,

el ojo derecho (y no el izquierdo,

por siniestro),

y la mano derecha también,

y el hígado, no lo olvides,

grasiento diario de bitácora,

rastro de cientos de travesías y papeles remojados.

Todos los deseos que quedaron pendientes

de la mano al suelo, testimonios de un tiempo

que no llegará,

atrapado entre esas horas que nos observan desde el espejo.

Toda mi sangre, llévate;

todos los posos del tórax vacío, llévate,

para que puedas leerlos y cuestionarme inerte,

sin hielo que me guarde,

seco sobre las rocas…

Pero no me rompas.

Desintégrame, acaso.

Córtame la cabeza, tal vez;

quédate tú con la existencia,

que yo seré pasto único para los inmortales gusanos.

Fotografía: Madalena Salvado

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