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Perdónalos,

porque no saben lo que hacen…

 

Y todos ellos

quedaron tranquilos y satisfechos.

Y al terminar la quema sumarísima ejecución,

todos abandonaron el lugar.

Y a las cenizas carroñeras del paredón,

se las llevó el viento.

Las ascuas impertinentes

se amontonaron frente al muro…

 

En un claro del bosque alguien azuzaba

una gran hoguera, prendía las cruces apiladas,

para una perfecta combustión,

mientras él comenzaba a ahogarse, lentamente,

en los brazos del fuego.

Y en el aire había una misma cantinela,

un advertencia condenada de muerte

repetida una y otra vez…

 

El futuro condenado observaba sin emoción,

con distancia y silencio,

a sus ejecutores honoris causa.

No medio palabra alguna, y se sacó los ojos

y los dejó sobre la mesa.

Una fosa en blanco común

le separaba de todos ellos…

 

Y entonces entraron los hambrientos y ansiosos de carne.

Frente al escritorio, permanecía absorto en la realidad,

en las claves de ese desorden

que solamente él comprendía…

 

Tuvo que salir.

Alguien llamó a la puerta

y pronunció su nombre.