Reflexiones desde «Para que exista el navegante»

Sobre un mapa antiquísimo, quizás el más antiguo de todos, el poeta, ensayista y crítico literario Lázaro Santana (Gran Canaria, 1940) traza en su libro de poemas “Para que exista el navegante” una búsqueda, casi un afán, en pos de la poesía en la isla, la Ysla. Sabe que la travesía es incierta y que la distancia que separa al autor de la torre oscura le advierte, entre los glifos de su sombra, de que habrá de entregar algo a cambio, si quiere alcanzarla. Con este reconocer el futuro riesgo y la aventura, el desconocido desenlace de su travesía, el poeta declara:

 

«Es necesario que penetres,

fiel, hasta el centro mismo de tu mente

y que te acoja allí el espíritu:

hecho a su vuelo, en la llama que segrega

el cristal, fúndete —solo una lengua

poseída nombrará mi alfabeto»

 

Osadía o provocación, el navegante decide abrazar la posibilidad del mástil y su atadura, ignorar y desaparecerse del circo del mundo y con Sísifo al fondo, siempre al fondo, dedicado a su vida arrastrando la piedra hasta la cima de la montaña. Así el navegante se amarra al mástil (promete para sí) para no enloquecer vanamente, para no perderse ni desviarse, a sabiendas de que no hay garantías de destino; no hay certezas. Y es en este encuentro entre los cantos de sirena, compañeros dementes y grotescas visiones donde el navegante, se encuentra con el crítico que vaga, igual que él, su mirada por el horizonte y las escarpadas olas.

Y de repente escritor y crítico, ambos navegantes, comparten la visión de cientos de espejismos, infames, volátiles, monstruosos, el espejismo incluso de una hermosa Escila. Pero ellos, aferrándose a las infinitas lecturas, acuerdan cuestionarse siempre, anotar el uno en el otro preguntas sin aparente respuesta, enigmas que deben recordar. Saben que las dudas, eternas, incordios y amigas, serán capaces de aferrarlos con vida a la nave y llegarlos a una buena orilla.

Ambos, el escritor y el crítico, en su labor, zarpan de un precario puerto y conocen el inconstante enhebrar de todos los pasos, de la ceguera cuando todo parece tener algún sentido, un plan previo, una intención en la lectura. La lectura es esa experiencia volátil y torpe que no siempre acompaña a los navegantes, y puede permitirse encallar en cualquier playa por menos de un alago de Telxepia; el navegante, sin embargo, se obliga (es su deber) a enfrentar el destino del pecio pues se sabe falible, imperfecto, transeúnte de un seno inabarcable embarazado de inquietud e incerteza, de una extraña conmoción que se le escapa entre constantes juegos:

 

«no tiene otro

fin su canción que acompañarnos,

como un poco de lluvia o un cuerpo amigo:

sin intención de asumirlos,

ni de usurparlos,

su voz llena la noche donde vives,

la enciende de sonidos que acercan

a ti toda la tierra,

y con ella su ritmo a cuanto dices.

Cuando con la luz de pájaro la luna

viene, él se va buscando otra zona oscura»

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