San Palos de Carcosa

      No hay comentarios en San Palos de Carcosa
Había en Carcosa una costumbre veraniega, la única, posiblemente, que era celebrada en la vieja ciudad. Todos los jueves de cada verano, ese verano de arrastrado por la piedra que recordaba a la misma muerte, los habitantes de Carcosa se reunían en los timbeques y bochinches de la ciudad, y cada de una de sus bodegas, y bebían hasta perder el control, todos, hombres y mujeres, viejos, enfermos y también niños -los niños, sí; así sobrevivían los niños. Y la bacanal, cuando ya alcanzaba su máximo hervor, era chivada por algún ser ubicuo o susurrante al mestre bodeguero. El aire reventaba entonces con 9 campanadas que sabían a bitter y maracuyá, y los celebrantes carcosianos, impelidos por algún reflejo antiguo, abortaban cualquier movimiento, las copas caían, los bocas quedaban rebosando líquido dentro de un silencio voraz. De esta forma enmudecidos salían a la calle, filas y filas de gentes apostadas contra los muros de las casas blancas de Carcosa, expectantes. Y solamente aquellos que no habían bebido «a la Carcosa» quedaban expuestos, danzando a veces en el medio de las calles, forzando a bailar a viejos y niños, a las sórdidamente bellas mujeres de la ciudad.
Ya era demasiado tarde cuando se daban cuenta. Desde todos los extremos de la Carcosa, sus habitantes se infusionaban en una marea enloquecida que se lanzaba con palos contra los extraños, esos que no hubieron bebido «a la Carcosa». Corrían por toda las calles siendo perseguidos por caras descompuestas, espuma en todas las bocas y una sonrisa extremada y salvaje… Este era el día de San Palos de Carcosa. Los que sobreviven se refugian en los bares.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.