Reading Time: 8 minutes

       

Allá por 2012 una amigo me encargaro para su lectura la traducción de La Guerre Comme Experiénce Interieur (traducción francesa de
Der Kampf als inneres Erlebnis), inédito aún en español. Acepté el riesgo de traducir desde una traducción pero el resulto le satisfizó; la voz de Jünger me había sobrevivido.

El género humano es un bosque virgen cuyas cimas, misteriosamente entrelazadas por el aliento de mares inmensos, no cesan de provocar extenuantes escalofríos, vapores y tufos en su encuentro con el sol, para abarcarlo todo majestuosamente. Si las copas de los árboles quedan sumergidas, allá en lo alto, bajo un aura de perfumes y eflorescencias de colores, en el fondo del bosque prolifera una mezcolanza de plantas extrañas. Ya medida que se consume el sol, se observa la luz caer sobre el alto fronde de las palmeras ondulantes, como una concurrencia de papagayos rojos semejante a un escuadrón de sueños regios; y, al mismo tiempo, desde el suelo ya sumido en la oscuridad, la repugnante algarabía de los brutos humillados sobre la tierra, y al acecho, que asciende, y también los gritos estridentes de las víctimas que la violencia esconde entre sus dientes, y las manos rotas que la muerte arrancó de sus sueños y de la madriguera, del calor del nido para quitarles la vida. Y siempre que un bosque virgen se esfuerza por llegar a las alturas, una masa cada vez más imponente crece alimentada por sus energías, que son también las de su propio hundimiento, elevándose hacia aquellas partes de sí misma que se pudren y corrompen en el seno de los suelos cenagosos. Cada nueva generación de la humanidad es hija de esos fondos que acumulan la descomposición de los linajes innumerables que, ahí, descansan del devenir de la vida. Así es como los cuerpos de los difuntos, una vez la orquesta dejó de tocar para ellos, quedan reducidos a la nada, barridos por las arenas del tiempo y condenados a pudrirse en el fondo de los mares. Pero la vida eternamente joven y victoriosa los mezcla, una vez más, para crear sin cesar nuevas mutaciones, nuevos agentes energéticos y eternos de la fuerza vital.

        De esta manera, el contenido mismo de la existencia y, bien pensado, todo acto y todo sentimiento, todo aquello que impulsa esta interminable sucesión de antecesores que deambulan por los campos de la vida, se conserva eterna. Así el hombre se yergue sobre los animales y sus contingencias, así echa raíces en todo aquello que crearon sus padres con sus propias manos, con su corazón y su cerebro a lo largo del tiempo. Las generaciones del hombre se asemejan a los estratos de un coral donde hasta el más mínimo fragmento es inconcebible sin los infinitos otros fragmentos, muertos tiempo atrás, pero que se ofrecen para conformar su base y sustento. El hombre es el portador, el recipiente incansablemente metamorfoseado de todo aquello que, antes de él, ya le había hecho pensar y experimentar. Es también el heredero de todo el deseo que ya hubo empujado a sus antecesores más allá de las sombras de la bruma, con una fuerza irresistible.

        Los hombres continúan esta obra de hacer de su propio viaje en la vida uno de inconmensurable altura, un viaje hecho de generaciones y generaciones, de estados amontonados, ordenados unos sobre los otros, de su ser, sobre la sangre, sobre el deseo y la agonía. Cada nueva generación coge impulso para tomar alturas más abruptas, cuyos merlones sostienen y señalan al hombre el camino hacia el triunfo supremo, con una mirada que se alimenta de tierras cada vez más extensas y ricas. Sin embargo la construcción de los antiguos hombres no es regular ni tranquila y, a menudo, se ve amenazada y sus muros se derrumban con frecuencia o son abatidos por los necios, por aquellos que presa del desánimo, por los desesperados. Es en ese instante cuando se desvela la poderosa vitalidad de las energías inmemoriales, las consecuencias de un estado del mundo que se creía superado, hace ya mucho tiempo, y que se agitan entre las erupciones de las fuerzas elementales, hirviendo en gigantescas burbujas bajo la vibrante corteza terrestre. No en vano, el individuo está hecho de innumerables piedras y arrastra tras de sí, por el suelo, la cadena sin fin de sus antepasados; el individuo está atado y cosido por miles de vínculos e hilos invisibles, entrelazados desde sus mismas raíces hasta el bosque primigenio y pantanoso cuya tórrida fermentación ya cubrió el germen primero. Así es, el salvajismo, la brutalidad, la creciente intensidad de los propios instintos se ha suavizado y pulido, ha sido atenuada en el sexo de una sociedad que embrida las pulsiones de los apetitos y los deseos. De la misma manera, el refinamiento creciente de la sociedad ha iluminado y ennoblecido las ideas del hombre, a pesar de que la bestia continúa, ahí, dormida en el fondo de su ser.

        La bestia está siempre presente, incluso dentro de quien dormita sobre las cómodas alfombras, finamente tejidas, de una civilización sin deformaciones, de una civilización iluminada cuyos engranajes ruedan y deslizan sin estridencias, recubierta por la costumbre y los delicados modales. Pero la vida va y viene, regresa bruscamente al camino descarnado de lo primitivo y es, entonces, cuando caen las máscaras. Y desnudo, como siempreha estado, el hombre resurge así en hombre primero, el hombre de las cavernas, completamente desenfrenado a lomos de unos instintos desencadenados. Y entonces surge el atavismo, una vez más, como el eterno retorno de la llama que, desde la vida misma, se rememora en sus funciones primitivas. También la sangre arde furiosa bajo el ritmo mecánico y repetitivo de las ciudades, esos nidos de piedra que irrigan frío regularmente en las venas mientras la roca primitiva, fría desde hace ya mucho tiempo, sigue sin dejarse doblegar a pesar de su larga estancia sepultada en las profundidades; y se funde, una vez más, al rojo vivo, escupiendo las saetas encendidas que la devoran por sorpresa, arriesgando un nuevo descenso al pozo negro de semejante laberinto. Mientras tanto, la sangre que ha desgarrado el hambre aguarda una vez más dentro de esa melé jadeante delos sexos, en el fragor del combate a muerte.

        Durante la lucha que arranca del hombre toda convención, como si fueran los harapos de un mendigo, la bestia ilumina el momento, se muestra misteriosa tras su regreso de los abismos del alma. Surge de lo recóndito consumiéndolo todo, géiser de llamas, la irresistible embriaguez que posee a las masas, la divinidad que domina desde su trono a ejércitos enteros. Cuando todo pensamiento, cuando todo acto se reduce a una fórmula, es preciso que hasta los sentimientos regresen y se confundan con la espantosa sencillez del objetivo único: destruir al adversario. Solo así existen los hombres. Las apariencias no cuentan, pues en el instante del enfrentamiento final se muestran las garras y los dientes, se agitan las hachas toscamente talladas, se empuñan los arcos, y las flechas que se elevan en el cielo llevando la destrucción hasta lo más alto de su arte supremo, con una técnica sutil. Y siempre llega ese momento en que se ve arder, inyectada en los ojos del adversario, la roja embriaguez de la sangre. Siempre llega el momento de la anhelada carga, del avance último y desesperado que suscita un colmo de emociones idéntico al de la mano empuñando la maza de madera o la granada explosiva. Desde siempre, cuando la humanidad ha hecho causa para abrirse las venas,aunque fuera por un estrecho desfiladero separando dos pequeños pueblosmontañeses, aun infinito y retorcido, la sangre se ha derramado sobre la arena.

        En las batallas modernas, todas las atrocidades, todos los refinamientos acumulados por el miedo no pueden igualarse al horror en el que se sumerge el hombre cuando, en cuestión de segundos, se enfrenta a su propia imagen, retorcida por todas las muecas del fuego prehistórico. Y puesto que la técnica no es sino máquina, azar y proyectiles ciegos sin voluntad, el hombre encarna esa voluntad de matar que lo posee en medio de la tormenta de explosivos, hierro y acero. Porque cuando dos hombres chocan el uno contra el otro, sumidos en el vértigo de la lucha, colisionandos seres de los que uno solamente quedará pie. Así ocurre cuando, frente afrente, quedan en relación primigenia, la lucha descarnada por la existencia. Es en este enfrentamiento, cuando el más débil muerde el polvo mientras que el vencedor, con el arma fuertemente agarrada entre sus dedos, deja atrás el cuerpo que acaba de abatir para excavar en la vida un agujero profundo, más hondo en la lucha. El clamor de uno y otro en semejante choque se entremezcla para arrancar un grito a los corazones que ven brillar, frente a ellos, los confines de la eternidad, ese grito olvidado hacía ya mucho tiempo por el apacible curso de la cultura, un grito hecho de reminiscencias de terror y sed de sangre.

        Sed desangre y más pues junto al terror, junto al oleaje que anega al combatiente en sus propios espumarajos bajo el macareo de olas rojas; la embriaguez, la sed de sangre cuando las preñadas nubes de la destrucción llevan su pesada sombra hasta los campos de la furia. Por extraño que parezca, es esto lo que esperan quienes que nunca antes lucharon por su vida, el colmo del horror provocado por la visión del adversario, la descarga de una pesada e insoportable presión. Es la voluptuosidad de la sangre sobrevolando la guerra con el velamen rojo de las tempestades desplegado en los mástiles de una negra galera, cuya energía infinitatan sólo es comparable al amor. Es la fuerza que rompe los nervios cuando, en medio de los pueblos asediados hasta la aniquilación, las columnas de gente searrastran hacia las afueras, bajo una lluvia de rosas en llamas, como elcortejo de los morituri[1];esta es la sangre que alimenta en las masas un frenesí, que las rodea con su bullicio ensordecedor y sus gritos estridentes. Es una de las emociones que se descarga durante las hecatombes, una de las emociones marchan hacia la muerte, acumulándose en las vísperas de la batalla, en la dolorosa tensión de la tarde anterior y también durante la marcha hacia las olas de fuego, en el centro del terror, justo antes del combate a cuchillo. Y cuando la lluvia de proyectiles desmiembra las columnas de desplazados, la sangre se abraza con retorcido furor en todas las energías, con un único deseo, y solo uno: abalanzarse sobre el adversario, conmocionarlo —eso es lo que exige la sangre—, sin armas, con el vértigo y las manos deformadas como garras salvajes. Y ha sido así siempre, y desde siempre.

        Este esla rueda de las emociones, la lucha que estraga el pecho del combatiente cuando vaga por el desierto de fuego de las gigantescas batallas; este es el horror, la angustia, la aniquilación presentida, la sed de un estallido total en la lucha. Una vez que este pequeño mundo en sí mismo sea engullido por un meteoro monstruoso, reventarán sus goznes y descargará, entonces, toda la barbarie contenida, tras una brusca explosión de instantes que se perderán para siempre en la memoria… Cuando la sangre aflore en la propia herida, o en la herida del otro; cuando los ojos se cubran de niebla y caigan los párpados, cuando la mirada se clave como la de un sonámbulo que despertase de un sueño opresor. Ese sueño monstruoso que en el hombre sueña su animal, recuerdos de un tiempo cuando el hombre estaba rodeado, a todas horas, por hordas amenazantes, se abre camino en el guerrero a través de las estepas y se disipa, dejándolo estupefacto, deslumbrado por aquello que nunca sospechó de sí mismo, agotado por la gigantesca conflagración de voluntad y de fuerza brutal.

        Sólo entonces, el hombre toma conciencia del lugar donde ha caído en el transcurso del asalto, de los peligros que le acechan a su alrededor y del cuales quiere escapar. Y palidece. Una vez que supera ese límite, y solamente entonces, comienza la valentía.


[1]     Expresión latina “Morituri te salutamos”. En este fragmento “aquellos que van a morir”. (N.d.T)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.