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“Una vez asistí a una tomatina… No terminó bien. O sí, depende. Desperté a la mañana siguiente frente a un reloj de esos redondos con campanas a ambos lados. Obviamente no escuchaba el tictac y mi compañía de cama tampoco parecía escucharlo. Así, enfrentando fijamente el reloj y sus tentáculos me miré la palma de las manos… rojas… pringosas… Recordé aquella vez que desperté, tras una queimada, sobre un colchón en medio de un salón rodeado, ¡no!, ¡cercado!, por una marabunta de moscas ansiosas de azúcar… ¿Qué había pasado? ¿Qué sucedió anoche?… Cuando miré al otro lado, aquella compañía se tapaba su bella desnudez con unas sábanas que anteriormente fueron blancas… Por todo su cuerpo había restos de tomate, jugo exprimido una vez y restregado luego a conciencia, pepitas aquí y allí, en el pliegue de los seños, en los pezones, alrededor del ombligo y sobre el vello del pubis junto a las gotas de un rocío extraño… “Buena noche, pensé”… Desde entonces no puedo ver un plato de tomates, ni una salsa de tomate sin sentir una “extraña” tensión en la entrepierna…” , extracto de Luigi y las tortugas (del mismo autor)

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