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Todo es blanco y silencio. Es invierno. Segunda Guerra Mundial. Lo mismo da si ruso o nazi… Desde un nido de ametralladoras espero ansioso bajo el sudor violento de mi cuerpo a que llegue la embestida de los soldados enemigos. Como invisibles tras una niebla traicionera saltan frente a mis ojos, através de una carretera estrecha. “Va a ser una carnicería”, pienso… Y así es. No dudo en apretar el gatillo de la inmensa ametralladora rotatoria que dirijo con los dos brazos mientras un compañero invisible sostiene, casi moribundo, la munición que me alimenta… Uno a uno el enemigo cae. Los mató a cada paso que dan. Los acribillo a cada grito que profieren, uno a uno, todos caen sobre sus crecientes cuerpos negros… Será primavera en Stalingrado, pero no aquí. Aquí todo es de un blanco caústico, blanco como la muerte que se escapa a carcajadas por entre las bocas de los muertos, más allá de las tripas derramadas y los agujeros de mis balas. Sí, la muerta es blanca cuando frente a mí no hay más que un montón de cuerpos oscuros y sanguinolentos, apilados como sacos de cemento… Hablo con mi compañero o quizás es él quien me habla, quizás me advierte acerca de un peligro a mi izquierda… Y, ciertamente, lo hay…

Giro la cabeza y el paisaje blanquinegro del bosque se evapora, desnudando la tierra sobre una enorme pista de hielo atrevasada por icebergs que rompen, en silencio, la superficie y muestran sus cabezas también muertas; ajenas como el hielo a todo y a todos los que aquí aparecemos…

Cuidado con los lobos… Te devorarán en cuanto te capturen, farfulla mi compañero.

¿Qué lobos?, pregunto.

Los guardas! ¡Míralos!… No hay escapatoria… no a menos que te suicides, a menos que te cubras de sangre da igual… da igual de donde sea, si tuya o de otros o de tripas, de carne muerta… a menos que te vuelvas loco y salvaje como ellos, morirás… ¡Morirás! ¡Lo entiendes!… Les gusta perseguir a los prisioneros, jugar con ellos mientras gritan por su vida… Les gusta deleitarse con su dolor y su agonía, ¡entiendes!… Por eso no comen carne muerta. Desprecian el olor a tripa muerta, a sangre seca o babeada por otro…Vuélvete lobo como ellos, vuélvete loco, ¡escúchame!, un animal más salvaje… mutílate…¡Haz lo que sea para sobrevivir!

 

Miro a mi alrededor y observo a los lobos, enormes y de un pelaje denso como el piche que inunda las playas. Corren de un lado para el otro bajo un cielo espeso, ciego y huero como la muerte. Frente a mí, en medio de este campo de prisioneros un hombre corre y se encarama en el saliente de un iceberg y un guarda lo persigue, y salta sobre el montículo de hielo y aúlla desquiciado por la sangre, por el hambre y ese sórdido placer de saberse próximo de un suculento banquete… El hombre, en el vértice más delgado del colmillo helado se agacha y alza la mirada. Está todo cubierto de sangre, de sangre cuajada, casi asfixiada, casa parece el enorme cuerpo de uno de los soldados acribillados antes a balazos en la trinchera…

Cierra los ojos y me mira y sonríe; sus dientes brillan blancos, refulgentes como rayos de una perfecta demencia. Cuando abre los ojos parece gritar las palabras de mi compañero:

Cuidado con ellos… No hay escapatoria a menos que te suicides, a menos que te cubras de sangre y de tripas, de carne muerta… A menos que te vuelvas uno de ellos…Vuélvete como ellos, ¡vuélvete loco, un animal más salvaje y mutílate!…

El lobo se acerca mientras tanto y olisquea la presa viva. Su saliva corre en abundancia, obscena; busca sangre, busca vida que arrancar con sus dientes… Pero se marcha. Abandona el lugar cuando ya he abierto los ojos. No está y despierto en medio de una carcajada nerviosa y unas lágrimas suicidades sobre la almohada. El lobo no está y tú tampoco…