La poesía es deriva

Creación, ensayo y crítica

Etiqueta: Literatura en Canarias (Página 1 de 2)

Al parecer

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Al parecer deseo, en mi espera, un sirena que encalle mi proa, mi nave, mi carne,

una sirena que me abra la cabeza contra las rocas, que me desuelle y me decante sobre mis propias hojas escritas.

 

La letra, al menos, sabrá alimentarse de mí.

“flor que nace en los raíles”, algunos poemas de Daniel María

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todo

lo

que

hablan

las

flores

acaba

en

el

suelo,

ignorado.

 

***

 

 

en los bancos del parque

crecieron con la hierba

las bocas que se sientan a besar

 

 

***

 

 

amo la sombra de las ramas

que dibujan labios sobre piedras;

ellas, a las que nadie quiere

llevarse a la boca para un beso.

 

Ya Nadie Lee a Pentti Saaritsa, crítica literaria

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Siempre era hora de marchar cuando leía Ya Nadie Lee a Pentti Saaritsa (Ediciones La Palma, 2015), estreno poético de la escritora Alba Sabina Pérez (Tenerife, 1984). Siempre era tarde aunque su lectura dejara llegarme a ella en el trasegar diario hacia el trabajo, desde el sur hasta el norte frente a las tres isletas, viajando siempre desde el centro hacia a las afueras y viceversa, siempre, por las entrañas de una ciudad que descuelga caprichosa su melena de arena y viento hacia la cama. Siempre parecía tarde porque descubrimos una voz inédita para la autora cuando ya habíamos creído atisbar (y adelantar) sus futuros pasos. Y este tiempo precipitado a la fuerza aconsejaba, en medio de la sorpresa cautela; pero sobre deseo de más lecturas, de otras lidias entre la poeta y la poesía, deseo de descubrir su camino por andar. Saber quién es más allá de todo lo que otros dijeron de ella.

En Ya Nadie Lee a Pentti Saaritsa, el lector logra dibujarse una voz, una voz que ve margullar en la Poesía y que, además, resulta nueva y sorprendente para los lectores de la autora. En efecto, para aquellos que ya conocían a la escritora por sus anteriores títulos publicados (en prosa), Algo que contar (Planeta, 2008), ¿Quién cuidará de mis guardianes? (Idea, 2013) y Silence (Neys Books, 2014), este poemario avanza una propuesta que, tratando de la nostalgia, el pesar y la angustia, huye del sentimentalismo que suele estar tan a mano (resultar tan natural) para la primera  expresión poética. Además, para aquellos con lecturas previas de nuestras poetas se presente como un diálogo coral, una tertulia sobre nuestro pasado (y nuestro presente cercano) y la actualidad  que llama siempre a nuestras puertas. ¿Acaso alguien argumentar contra esa poesía, ese puerto y cuerpo que Ellas encuentran para nuestra literatura?

Ya Nadie Lee a Pentti Saaritsa consta de 56 poemas que, distribuidos en dos partes, nos presentan, nada más comenzar, un diálogo entre la poeta y el también poeta finlandés Pentti Saaritsa (Penti en Otoño y Sweet Kid), autor poco conocido en España pero que le sirve a la autora para soltar sus naves a la mar. Justamente aquí escuchamos una nos detiene en la lectura, que atrapa por la sorpresa, con un cuerpo que, ciertamente, seguimos reconociendo, una voz femenina —y deberíamos preguntarnos femenina ¿por qué? — que con una cierta y extraña calma habla desde una cierta nostalgia, desde un estremecimiento de inaprensible melancolía que parece provenir del trasiego diario, de la propia vida. Sin embargo, lejos de dejarse enredar por la primera expresión emocional de estas experiencias (sentimentalismo, emociones tremendistas y facilonería sensiblera), la autora nos que apuntan a cierto calado de fondo, unas letras cercanas, sin embargo, y desnudas, como si nos hablara realmente abrazados por una intimidad compartida, dentro, sin ansias de etiquetas ni vacías pretensiones.

 

[…]

 

Hubo un tiempo, Pentti,

en el que tú y yo estábamos seguros

de nuestro debate solitario

y de nuestra posibilidad

de encontrar lo que definía

la celebración de la vida.

 

Y ahora, sin ello, ya sin ello,

soy, yo al menos, Pentti,

como un viento vespertino

al que todavía nadie hace ningún caso.

 

Me formé en la noche y lo intenté,

quise decir algo y fui sólo una extranjera.

[…]

Pentti en otoño

 

Desde esta cadencia inicial comienza a mostrarse el poemario, lentamente, con pocos cambios bruscos en la voz, como ocurre, por ejemplo, en el texto Enfermedad Feliz. Leemos una cierta unicidad, una misma intención, un objetivo concentrado que no se desvía por egocentrismos extraliterarios, y que se mantiene a lo largo de todo el libro. Aquí nos expone a la primera duda, esa que trata sobre la fidelidad entre lo escrito y lo vivido, entre el pensamiento del autor y su expresión metafórica, entre la sonrisa de nuestra pareja de baile y el movimiento del baile como organismo vivo. A lo largo del poemario destaca, sin duda, la distancia que la autora toma respecto a lo emocional que amamanta los poemas, ese latido de una experiencia ordinaria que, en cuanto vulgar (cotidiano), le da un cierto estilo y delata otras opciones facilonas, falsamente trágicas o grandilocuentes.

 

Sweet Kid, te has teñido el pelo de negro.

Ya no te pareces a la niña

Que sostenía la taza hasta mi mesa

En el bar de tu padre,

Cuando tu padre clavaba el toldo al suelo

Sin camiseta en las tardes diáfanas

Sin camiseta cuando yo pasaba

Hacia la barra a recoger mi té.

Los días de verano hacia la barra

y tú corrías, rubia, Sweet Kid,

Tú corrías hacia mí,

Lejos de la gente, y te mentías,

Te decías que el tiempo era

Un reloj grande y ligero

Que tenía cuerda y lloraba en invierno

Y que tu padre tenía la camisa puesta

Y que tú tenías el pelo como yo.

 

Sweet Kid, te has teñido el pelo de negro

Y tu padre ya no está,

Tu padre es ahora un novio grande

Que se sienta a la mesa con un amigo

Y ríen y toman té, y son rubios

Y ellos te quieren los dos

Y se podrían llamar Jules et Jim

Pero no se llaman nada, sólo tú

Los llamas Soñadores

Y se retiran por la tarde.

[…]

Sweet Kid

 

La lectura continúa y la nostalgia se extiende sobre una cama recién iluminada, con textos que incitan al lector a otras lecturas mediante un uso equilibrado de referencias extraliterarias a otros autores y artistas como Robert Frost y Catulo, el pintor chino Xiang Shengmo, John Wayne, hacia el cine de Orson Welles y Lone Schefor. Y en este caso las referencias funcionan en tanto que no se delatan pretenciosas, ni forzadas o vacías, porque no distraen de la lectura que tenemos delante (la presente; la que facilita nuestra experiencia como lectores); y porque se ofrecen como parte integrante de la historia del este libro entre las manos. Así, una tras otra y sin que su número sea excesivo, estos viejos hiperenlaces literarios acaban por darnos pistas sobre ese sueño vivido y vívido (acaso realidad) que es Ya Nadie Lee a Pentti Saaritsa, migas de pan hacia ese deseo que la autora intenta reconstruir, ese llamamiento que, como si se tratase de una visión, nos impulsa a dibujar sobre la arena para tomar notas de un conocido insomnio. Al respecto, podemos encontrar en la poesía canaria usos anteriores de las referencias extratextuales, con objetivos más o menos diferenciados (cercanos, también), en autores precedentes como Federico J. Silva, Pedro Flores y Tina Suárez Rojas, y que, en la contemporaneidad de nuestra poesía, encuentra otro eco femenino en Acerina Cruz Sánchez.

No obstante, no podemos afirmar que haya en la lectura de Ya nadie lee a Pentti Saarista algún tipo de influencia directa o buscada (¿deseada?) desde estos autores hacia Alba Sabina; de la misma forma que al autor de esta crítica le resulta opaco señalar influencias de otros autores ante lo que podría acordarse parece hervir desde la propia ansia lectora (instinto) de la autora, lecturas propias, músicas, cine, personales pasiones y concepciones del hecho literario, la toma íntima de conciencia de su proceso creativo. Respecto a la puntación de los poemas, hay acierto como norma general para el poemario; los poemas nos dicen cómo quieren ser leídos sin que se note un uso caprichoso o principiante en los versos, de manera que palabras, sentidos, imágenes y música van de la mano con un logrado equilibrio. Ya Nadie Lee a Pentti Saaritsa extrema su tertulia de la nostalgia hasta un presente que se nos viste con una angustia secular, superviviente entre las dolorosas incertezas del día a día, distraídas, quizás, con ese viaje a la sacrosanta tregua que hallamos en el vapor de una taza de café, en el tamborileo de los dedos sobre la mesa del bar. Podemos percibir un aire a esa derrota familiar, quizás, como el deambular bajo las sábanas ante la tercera alarma del despertador. Pero la lectura, y Pentti, avanzan, y así despertamos, porque siempre es hora de recapitular una vez más.

 

Barcelona

Nubes de antracita

Vermuth

 

Cipralex

Abro la boca hacia el cielo

Se derriten mis ojos

 

Periódico mojado

África

Mi vecina lee

Es portuguesa

Origen camerunés

Crucigrama hecho

Ñu

Silicio

 

Barcelona resquebrajada

Calle Simancas

El Tibidabo ya no gira

Cielo naranja

 

Cipralex

Vermuth sin hielo

utopía es tiniebla

Reloj desierto

Desaliento

[…]

Me meto el dedo en la llaga

Escuece

Cipralex

[…]

Tiempo presente

El cipralex no funciona

 

Cielo naranja

Escupes en el armario

El Tibidabo es un reloj roto

Barcelona y Cipralex

 

Este poema junto a Matemáticas Acuáticas puede leerse como los golpes de un ahogado de repente que esperara quizás en vano, audiencia con su muerte. Se trata de poemas que podrían etiquetarse de actuales pero que sobreviven a dichas etiquetas pues no se limitan a una expresión actualizada sino que, además, dicen y cuentan, sugieren una imagen, la metáfora de una experiencia que, en este caso, nos habla del dolor, de la angustia, del sobreseimiento de replicarle a la vida; una cierta derrota bien vestida, humano retiro.

 

[…]

¿Quién eres tú?

Antes de que regrese

la noche, dímelo,

cuando atardece sobre la montaña

que prometió esperarte y no dudó.

[…]

¿Qué eres tú? Dímelo

Antes de que la noche vuelva.

No pides luz, no tienes lo que quiere

toda esta oscuridad.

 

Ahora,

hoy apenas existes. Todos duermen

y es terrible. Estás sola y es espesa la sombra.

[…]

 

En definitiva, Ya Nadie Lee a Pentti Saarista se nos ofrece como un libro equilibrado donde los poemas atraviesan sonámbulos (rebeldes de la somnolencia) una distancia a oscuras, apenas encontrando tropiezos como en Paseo por El Prado y Hojas de Arena Azul y Lirios Negros, La Casa de los Tres Días o El Escondite de Kamadeva, tropiezos que no afectan a la experiencia total del libro, que no huelen a truco. Así la lectura crece dentro de una nostalgia creíble, en medio de una incertidumbre íntima y natural, una introspección que no asusta, que no parece impostada; que logramos comprender y hacer nuestra porque llegamos a reconocerla como esa mano que a todos nos aprieta, en alguna ocasión.

 

Para adquirir el libro:

Ediciones La Palma

 

Web de Alba Sabina Pérez

 

Otros artículos sobre el poemario y la autor:

De Santiago Gil en Ciclotimias

De Manuel de la Fuente en ABC

 

Selección de poemas del libro en Vallejo&Company

Selección de poemas del libro en Plumas Hispanoamericanas

 

 

Sobre la crítica literaria, reflexiones.

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[…] Todo libro debería leerse hasta tres veces antes de escribir una crítica literaria. La crítica es un proceso creativo que se alimenta de las experiencias de lectura, de sus ecos y matices, de las sombras que proyecta sobre nuestro cuerpo. Así, tercera lectura las ideas puede abrazar una oportunidad más sólida de corporeizarse, de conformar el organismo de su propia corriente. Este discurso bien hallado es dibujado con cada página, empapándose de nuestras notas, esquivando la tentación de los dogmas y las otras piedras del camino. Y así avanza el texto de la crítica, con la generosa alimentación de esas varias lecturas que alumbran el propio horizonte.

Prosas de Jardín, de Lázaro Santana (selección breve)

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Flores en la orilla del canal, sus fragancias

rojas, azules, amarillas. El frío transparente de

marzo en Amsterdam hace más luminoso el olor.

[…]

 

Página transitada por los perros: su inconfundible olor a esquina meada.

 

[…]

 

Cuando hace el amor cree hundirse en una

ciénaga donde hasta no respirar es un placer.

 

[…]

 

¿Qué buscas en el poema: su vida o la tuya?

[…]

 

Asirte a la escritura sin tener en cuenta que

vas a hundirte con ella.

[…]

 

Hacer un (buen) poema después de haber

hecho (bien) el amor: algo parecido a eso debe

ser la perfección.

 

[…]

La nada existe un mal poema la colorea de

gris.

[…]

 

Un poema es un sistema: los astros circulan

por él según un orden estricto. Cuando ocurre

una catástrofe se produce la iluminación.

 

 

 

El cruce

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La Poesía en Canarias presenta tal variedad de propuestas y voces, voces maduras ya, voces (las nuevas) verdes y todavía en pleno proceso de carnificación (claro, intenso e identificable) que no se explica (desde la Literatura) por qué no existe un corpus de críticos literarios en Canarias que pueda merecer tal nombre, que pueda acompañar tanta variedad y retos literarios, y que se entregue a la creación y al alimento del diálogo entre autores, entre poéticas, entre propuestas y lectores, que arriesgue un aquí está la paja, aquí el grano. No se explica (desde la Literatura) por qué no existe un corpus de críticos desparasitado de amiguismos, enchufismos, vanidades y miedos y egoísmos, independientes de neocaciques (y de cobardías varias) que se comprometa aportar su parte a la Literatura en Canarias y, por ende, a la Literatura Hispanoamericana. Igualmente, no se explica cómo puede alguien llamarse investigador, antólogo o crítico literario en la España peninsular, si se permite el lujo de perpetuar la, hoy por hoy, inexplicable ignorancia del hecho poético (y literario) en Canarias.  No se explica porque ya dejó de tener excusa y sentido. De la misma forma, no se explica como la lejanía del continente (y sus circuitos editoriales y de difusión) siguen siendo esgrimidos entre paños y lágrimas de chaqueta como motivo para el poco conocimiento que de la literatura en Canarias se tiene. Y es que, en la Red, las plañideras pierden toda credibilidad profesional.

¿Acaso están todos los antólogos, críticos y poetas peninsulares vendidos a los grupos editoriales y a sus egos unipersonales y vanidades o prejuicios? ¿Acaso quedarán sin eco crítico las voces de Jorge Rodríguez Padrón y Lázaro Santana, de Domingo Pérez Minik? (por mencionar a algunos de nuestros predecesores). ¿A dónde vamos por este cruce?

Fotografía de Rayco Arbelo

El espectáculo debe continuar…

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Asisto a un espectáculo, un espectáculo de esos que acontecen en el seno de la historia, repetidas veces, sí, cíclicas, como en una rueda avasalladora dentro de la historia y sus latidos… o eso creo… Contemplo la obra desde el escenario y los asientos y me pregunto si acaso tengo cuatro ojos, dos conciencias, un solo vaso semilleno… Estudio lo que leo y veo al final mi firma acompañada de otras apostillas que apenas conozco o sé leer; y para el caso da igual, mi diálogo es mío, y yo lo alimento y yo lo rehago cuantas veces sea necesario… Sin comienzo ni fin el espectáculo siempre continúa, es su deber, y consigo trae cientos de otros papeles, papeles viejos y más que viejos, papeles viejos con pinta de nuevos, viejas ideas con letra nueva, ideas firmadas por otros, reconocidas, alabas u odiadas por otros… Sin embargo permanezco atento a mi lectura, a mi papel blanco lleno de mis letras y dudas, tientos y quiebros… letra embarazada de recovecos. A mi alrededor el resto de asistentes -actores como yo en la obra- mezclan sus papeles con los papeles de otros, de aquellos viejos, afectándose por los vicios de otros, por las obsesiones de otros… envanidándose por la sombra de otros firmando así ese potaje que precisa un papel de culo que lo filtre…

Sueño en las trincheras

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Todo es blanco y silencio. Es invierno. Segunda Guerra Mundial. Lo mismo da si ruso o nazi… Desde un nido de ametralladoras espero ansioso bajo el sudor violento de mi cuerpo a que llegue la embestida de los soldados enemigos. Como invisibles tras una niebla traicionera saltan frente a mis ojos, através de una carretera estrecha. “Va a ser una carnicería”, pienso… Y así es. No dudo en apretar el gatillo de la inmensa ametralladora rotatoria que dirijo con los dos brazos mientras un compañero invisible sostiene, casi moribundo, la munición que me alimenta… Uno a uno el enemigo cae. Los mató a cada paso que dan. Los acribillo a cada grito que profieren, uno a uno, todos caen sobre sus crecientes cuerpos negros… Será primavera en Stalingrado, pero no aquí. Aquí todo es de un blanco caústico, blanco como la muerte que se escapa a carcajadas por entre las bocas de los muertos, más allá de las tripas derramadas y los agujeros de mis balas. Sí, la muerta es blanca cuando frente a mí no hay más que un montón de cuerpos oscuros y sanguinolentos, apilados como sacos de cemento… Hablo con mi compañero o quizás es él quien me habla, quizás me advierte acerca de un peligro a mi izquierda… Y, ciertamente, lo hay…

Giro la cabeza y el paisaje blanquinegro del bosque se evapora, desnudando la tierra sobre una enorme pista de hielo atrevasada por icebergs que rompen, en silencio, la superficie y muestran sus cabezas también muertas; ajenas como el hielo a todo y a todos los que aquí aparecemos…

Cuidado con los lobos… Te devorarán en cuanto te capturen, farfulla mi compañero.

¿Qué lobos?, pregunto.

Los guardas! ¡Míralos!… No hay escapatoria… no a menos que te suicides, a menos que te cubras de sangre da igual… da igual de donde sea, si tuya o de otros o de tripas, de carne muerta… a menos que te vuelvas loco y salvaje como ellos, morirás… ¡Morirás! ¡Lo entiendes!… Les gusta perseguir a los prisioneros, jugar con ellos mientras gritan por su vida… Les gusta deleitarse con su dolor y su agonía, ¡entiendes!… Por eso no comen carne muerta. Desprecian el olor a tripa muerta, a sangre seca o babeada por otro…Vuélvete lobo como ellos, vuélvete loco, ¡escúchame!, un animal más salvaje… mutílate…¡Haz lo que sea para sobrevivir!

 

Miro a mi alrededor y observo a los lobos, enormes y de un pelaje denso como el piche que inunda las playas. Corren de un lado para el otro bajo un cielo espeso, ciego y huero como la muerte. Frente a mí, en medio de este campo de prisioneros un hombre corre y se encarama en el saliente de un iceberg y un guarda lo persigue, y salta sobre el montículo de hielo y aúlla desquiciado por la sangre, por el hambre y ese sórdido placer de saberse próximo de un suculento banquete… El hombre, en el vértice más delgado del colmillo helado se agacha y alza la mirada. Está todo cubierto de sangre, de sangre cuajada, casi asfixiada, casa parece el enorme cuerpo de uno de los soldados acribillados antes a balazos en la trinchera…

Cierra los ojos y me mira y sonríe; sus dientes brillan blancos, refulgentes como rayos de una perfecta demencia. Cuando abre los ojos parece gritar las palabras de mi compañero:

Cuidado con ellos… No hay escapatoria a menos que te suicides, a menos que te cubras de sangre y de tripas, de carne muerta… A menos que te vuelvas uno de ellos…Vuélvete como ellos, ¡vuélvete loco, un animal más salvaje y mutílate!…

El lobo se acerca mientras tanto y olisquea la presa viva. Su saliva corre en abundancia, obscena; busca sangre, busca vida que arrancar con sus dientes… Pero se marcha. Abandona el lugar cuando ya he abierto los ojos. No está y despierto en medio de una carcajada nerviosa y unas lágrimas suicidades sobre la almohada. El lobo no está y tú tampoco…

Libros en sueño

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Dos días y la misma simpática pesadilla. Entro en una librería, una amplia y luminosa en un primer sueño, y otra pequeña, más bazar que otra cosa, pero increíblemente surtida con ensayo y poesía en el segundo. En cada sueño leo los títulos, los acojo en el nido que forman mis brazos; no son más de seis en un sueño y en el otro no los llego a contar, ni siquiera los cojo… En cada librería el deseo rampa campante como un caprichoso rex en plena pampa argentina, salivando ante la visión del ganado, frotándose sus garritas contra las margaritas: el ganado de la pampa no es un ganado vulgar… Cuando llega la dependienta le digo que sí, que me los llevo todos, que ahora paso por la caja pero al cabo de unos minutos decido que no, que no compraré ningún libro… No se puede… En el otro sueño ocurre algo similar pero más doloroso aún pues ante mis ojos todo es poesía japonesa del siglo veinte, poetas contemporáreos míos que quiero leer, poesía persa…

Cuando despierto, al tercer día antes de un tercer sueño, no me resisto y compro dos libros, Cartas y Ensayos Selectos, de Raymond Chandler, uno de ellos… Ahora respiro y vivo mejor y poco a poco voy conociendo al abuelo Ray y leo sus cartas. Mi cerebro se apropia una imagen para sí del viejo, me cae bien el abuelo, y me apropio de una de sus ácidas propuestas para título de un libro: Todo lo que se necesitan son elefantes…

Pero es verdad, piénsalo. El helicóptero de Rajoy tuvo miedo de los elefantes, Rajoy también y compró pantallas de plasma, Cospedal tuvo miedo de los elefantes y compró un paquete de sobres. Temer a los elefantes hace que la gente mienta aunque mentir solo mienten los mentirosos… Soria tiene miedo a los elefantes pero se consuela soñando con trabajar en Repsol “algún día pronto”…

Todo lo que se necesita son elefantes por eso hay premios literarios que los temen y premian la mediocridad… Todo lo que necesitas son elefantes, amada mía. Aníbal lo supo antes que el tío Ray. Yo, al contrario, prefiero los osos hormigueros.

Para leer más sobre Raymond Chandler, aquí un interesante artículo en El País.

Por afectación…

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POR AFECTACIÓN…

Por afectación a la fama y la etiqueta de “escritor”, “intelectual” o “poeta”, por afectación a la desidia (y, de esto, bastante)… Se podrá hablar así y hacerlo deprisa para referirse a ciertos “escritores o poetas” —y perder, como yo, el tiempo en ello. Sin más se podrá señalar a sus pretenciosos textos y quedarse uno tan tranquilo —mentira, pues después no crecen sino las incertidumbres, las bestias enervadas, las preguntas… Pero no nos encumbremos nosotros. Sobre ellos, sobre esos despreocupados por juntar letras sin más y sin tino, sobre sus letras de mil y un agasajos, premiadas, podremos decir “Llaneza, muchacho: no te encumbres; que toda afectación es mala” y, también, “Esos esdrújulos, esos palabros, ese espejo ¡redios! ¡A ver si lo limpiamos!”. Podremos decirlo, sin duda, pero después de entregar nuestro consejo “no pedido” nada queda tras el pecho salvo una intensa desazón, un dolor (a veces), una cierta tristeza… Nos equivocaremos pocas o muchas veces (es irremediable), pero hablo aquí desde esa profunda intuición desapegada que empuja con violencia a señalar “¡Eso no es Poesía! ¡Qué haces, por Eolo, un poco de paciencia!… Desde la intención honrada de hacer frente a esas letras a las que se les nota el truco, a las que, como a las mentiras, se les coge antes que a un cojo… En el mejor de los casos, tales escritores (hablemos en general) se han podido dejar llevar por el ímpetu, o quizás la ilusión… Con suerte, claro.

Parecía apuntar Cervantes con ese “Llaneza, muchacho” la tendencia que muestran determinadas personas —aquí, poetas, escritores, críticos literarios, intelectuales y muchas otras— para hablar de manera engoada y retorcida, para ubicar sin acierto una trombosis de referencias culturales con las que —entre otros recursos y por algún extraño vicio o creencia— quieren emular o significar elegancia, saber, trayectoria, hondura, precognición, conocimiento; con el que crearse una nueva élite para ellos… Nada más lejos de la realidad. Con suerte, será aquello la muestra difusa de una intuición creativa, una, la que sea; pero con suerte y nada más. Y es así catastrófico que ellos mismos no lo sepan (triste, incluso; doloroso) pues se inflan de ciertos encumbres, pasarelas y titulares mientras sabotean lo que, se supone, es en ellos mismo un deseo real de avanzar en las Letras… Catastrófico (y exagero, sin duda), como esos premios que no entienden la necesidad de poder declararse desiertos. Desierto, cruel y bella palabra… Ya lo decía Lázaro Carreter, la afectación es ese “defecto que comete un escritor u orador cuando se aparta viciosamente de lo natural”. Pero ¿qué es lo natural en Poesía?… El diccionario de la RAE matiza, al respecto de la afectación, que esta es la “extravagancia presuntuosa en la manera de hablar” o que consiste en “poner demasiado estudio y cuidado en las palabras”… Afectación, ”bonita palabra. Lástima que medio larga…”, y lástima que eso de “poner demasiado estudio y cuidado en las palabras” tanto valga para los escritores entregados a las Letras —locos o no, vanidosos o no, obsesos por el saber y la Letra o no— como para los que solo quieren la fama, un sueldo, o la cabeza de sus ídolos hecha careta para ellos… Curioso, o no, pero ese tipo de “autores” haberlos haylos, autores que nada aportan al organismo literario, que pretenden (e insisten) en vestirse con el traje del rey desnudo, con la seda de la mona, con ese ropaje que creen brillante y que nada, sin embargo, resiste ante una lectura crítica, atenta y desapegada de famas. Ciertamente existen, y está bien que así sea. Para aprender a distinguir entre un “mal” texto y un “buen” texto hay que poder leer, al menos, uno de cada… Y ya sé que esas comillas las ha cargado Guayota, pero hay casos que duelen por esa demostración inexplicable de una casi voluntaria lejanía del conocimiento vivo y doloroso, de la “intuición” de ese presentimiento que desarma y arrodilla; del temblor… Por afectación; por falta de humildad, o debido a una vanidad sin correa que la ate en corto —aunque esté mal decirlo por mi parte… En el mejor de los casos, y con suerte, sucede por exceso de ímpetu o inocencia… Con suerte, claro.

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