La poesía es deriva

Poesía, traducción, ensayo y crítica literaria

Etiqueta: Luz

Luz y malas yerbas

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Llamar a la luz

y en seguida darle

otro nombre,

silencio, quizás,

o corazón de la carne

y acostarse con ella

y arar ese surco de la vida,

esa tierra para otros vuelos,

y volar, entonces, por un instante,

bien alto, llevarte el vértigo

a las latientes y profundas veredas,

las venas y su angustia por más,

las arterias y sus tenerte siempre tantas ganas;

ellas siempre estarán erguidas hacia donde tú quieras,

como un silencio más,

como otra forma de retrasar la muerte unos segundos.

“Detrás de tu nombre”, algunos poemas de Rafael-José Díaz

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con estas letras de miel yo te bautizo con leche

mientras te hundes en las aguas y pruebas el sabor

de mi semen o mi sangre

 

***

 

las condiciones de la palabra solitaria son cinco.

la primera, que se esconde en lo más oscuro del

libro. la segunda, que no sufre compañía, aunque

sea de su propio cuerpo o de su propia imagen.

la tercera, que se adentra hasta lo profundo del

aire. la cuarta, que no tiene determinada su voz. la

quinta, que sólo se dice como sonido del silencio.

detrás de esta palabra está tu nombre.

 

***

¿CUÁNDO PODRÉ sentir

tus manos en las mías,

cuándo entrarás al cuarto

donde duermo esta noche

para darle tu cuerpo

a mi cuerpo en el sueño?

 

***

 

EN LA noche

voraz. No sé qué está más cerca de la luz:

el aroma

de la nada nevada en la ladera

o el rostro que pregunta por sí mismo

en otro rostro oscuro.

 

***

 

¿LA LUZ que yace aquí, en este poema,

ilumina tu cuerpo ausente o es la luz

que brota de tu cuerpo ausente

la que ilumina este poema en que tú yaces?

 

A Propósito del Tiempo que Tarda la Luz en Recorrer un Metro de Distancia

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Contigo, sólo alcanzo a medir
la precisión del tiempo que nos mueve:
nos alejamos; orbitamos el uno al otro;
recorremos erráticos el laberinto de cesio del reloj;
nos acercamos.
Contigo, la distancia que nos separa
huye de medidas exactas.
La distancia que nos acerca
es difícil de precisar
y, sin embargo, la luz que compartimos
recorre, imperturbable, 1 metro de espacio en 0,00000000333564052
segundos de tiempo.

publicado en Confluencias (BeginBook, 2010)

Las sombras

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Descansan

también de noche

las sombras

 

cuando la luz apenas se agita

y las luces centellean

 

pegaditas al suelo.

El Desvelo

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             Silencio y oscuridad se confunden. No sabes dónde estás pero ya abres los ojos. Con la mano tientas el aire y la respiración. Al principio es contenida, exhalada en la tensión calma de unas velas, en la mirada que lanzas y el cedazo del iris a la espera de una buena captura, cuerpos o islas que quizás nunca existieran. Mientras tanto la pupila palpa y dilata gritando por un poco luz, pero nada ves, nada; al menos, de momento. Y crees que arriesgas cuando te incorporas de no sabes dónde, cuando avanzas tus pies, el paso del uno detrás del otro, con ambos brazos extendidos y vacilantes como antenas de una cucaracha hambrienta en plena noche de verano. El tiempo no ha hecho aún acto de presencia pero en cuanto resuena tu estómago tomas conciencia de que no sabes cuántas vueltas, cuántos caminos, cuántos vuelcos has dado ya, cuántos los errores fueron los cometidos… aunque ahora la tensión despierta de otra manera.

Allá al fondo y en el medio de nada, un haz ínfimo de luz atraviesa la oscuridad e ilumina un punto en el espacio. Piensas entonces que hoy sí, que hoy sí podrías llevarte algo a la boca, y en cuanto olvidas tus temores inicias la maniobra. Te acercas despacio, cimbreando el extremo de los dedos, reconociendo el aire con los labios. Ya no encuentras obstáculos, ya nada te obliga al suelo, desde todas direcciones la experiencia del momento que avanzas te empapa y, al llegar a la luz, pausadamente dejas que beba de ti, por un instante, entre esta nueva incertidumbre y desvelo. Lees[i]:

 

Acostumbrados como estamos, hablo.

Como cualquiera; de lo que acontece.

Pero también, por causas mejoradas

mi cuerpo tiene la palabra: él solo.

Se pronuncia de forma que parece

que fuera por entero lengua mía.

Parezco conversar, hablar por medio

de mi comportamiento otro lenguaje;

dialogar con las olas, los peñascos,

con las gaviotas; única manera

de entendernos, afines, naturales.

 

[i] “El otro lenguaje”, de Canción atlántica, Manuel Padorno

Amor y erotismo, algunos primeros poemas

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LA LUZ Y EL GALLO

 

Me arden mucho más los párpados

desde que estoy contigo,

con este olfato de gallo para la luz

de entre tus piernas,

bajo la finísima piel de los acertijos

ensimismados con tu boca,

en pugna por conquistar y poseer

todo lo que queda de mi maltrecha

y cardíaca retina.

 

 

PARA UNA FOTOGRAFÍA

 

No encuentro gravedad

en el agujero negro que habita tus ojos
por eso me mantengo alejado de ti:

las leyes de la física son inmisericordes.

No puedo dejar de mirarte,

aunque me ciegue el luto viejo de tus canciones,

 

la derrama eterna de tus labios…

¿Quién eres? ¿Qué haces ahí sentada

a lomos de dios?

¿Qué se me ha perdido en medio

de tu carne?

El desvelo, primera parte

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Silencio y oscuridad se confunden. No sabes dónde estás pero ya abres los ojos. Con la mano tientas el aire y la respiración. Al principio es contenida, exhalada sobre la tensión calma de unas velas. Lanzas con la mirada un cedazo del iris a la espera de una buena captura, detalles, percepciones de medio cuerpo, promesas de sirena y una tranquilidad que, quizás, nunca existió… Mientras tanto la pupila palpa y dilata como gritando por un poco luz pero nada ves; nada. Al menos de momento. Y crees que arriesgas cuando te incorporas de no sabes dónde, cuando avanzas tus pies, el paso uno tras del otro, con ambos brazos extendidos y vacilantes como las antenas de una cucaracha sofocada en plena noche de verano. Y el tiempo no ha hecho aún acto de presencia, pero en cuanto resuena tu estómago tomas conciencia de que no sabes cuántas vueltas, cuántos caminos, cuántos pasos has dado… pero ya la tensión es otra. Allá al fondo y en el medio de nada un haz ínfimo de luz araña decidido la oscuridad e ilumina un punto en el espacio. Piensas entonces que hoy sí podrías llevarte algo a la boca, y en cuanto olvidas tus temores comienzas la maniobra; te acercas despacio, cimbreando el extremo de los brazos, reconociendo el aire con la punta de tus dedos. Ya no encuentras obstáculos, nada ni alguien saltan a tu encuentro, y nada te obliga al suelo. Desde todas direcciones la experiencia del momento que hilvanas te empapa y, al llegar a la luz, pausadamente dejas que beba de ti el eco de una nueva incertidumbre:

Acostumbrados como estamos, hablo.

Como cualquiera; de lo que acontece.

Pero también, por causas mejoradas

mi cuerpo tiene la palabra: él solo.

Se pronuncia de forma que parece

que fuera por entero lengua mía.

Parezco conversar, hablar por medio

de mi comportamiento otro lenguaje;

dialogar con las olas, los peñascos,

con las gaviotas; única manera

de entendernos, afines, naturales.

“El otro lenguaje”, de Canción atlántica, Manuel Padorno.

Ruido o Luz, crítica literaria

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He doblado sobre las hojas las coordenadas que me dieran, he descubierto un nuevo braille en las esquinas del papel. En este mapa de lecturas puedo recordarme, rescatar del tiempo lugares que leí, voces que escuché y que llegaban de los confines del universo, que parecían hablar de mí y de ti, de todos nosotros, niños dibujando historias entre las estrellas:

(N 28º 29’, 16º 18’)

 

Miran los niños la cúpula

del planetario

 

El cielo dibujado

cuenta una historia

que ya apenas recuerda

la memoria de la especie,

cuando caminábamos tras una estrella

cruzando la sabana

hacia el norte

 

Por mucho que te tensan los ojos

los pibitos no ven

o no recuerdan

Sólo ven puntos

 

Desordenados

 

En Ruido o Luz (Ediciones Amargord, colección. ONCE, 2013) doblar las páginas por sus extremos acrecienta el juego que nos proponen los autores, Daniel Bellón, Carlos Bruno y Ernesto Suárez; un juego que nace de un planetario y que sorprende con una «obra poética colectiva y multidimensional», con un cuerpo y una voz que parece no ser fácil de encontrar en las estanterías. Ruido o Luz consolida, además, la realidad de la poesía en Canarias, una realidad variada y rica, que literariamente no tiene dificultades en traspasar a la poesía que se publica y promociona en el territorio peninsular español. Y al mejor conocimiento de esta realidad, la editorial Amargord continúa contribuyendo, haciendo cada vez difícil que el desconocimiento y la ignorancia, que aún se vierte sobre la poesía hecha (y hallada) en Canarias sea un hecho explicable o no avergonzante. Y es que desde los años 90, en Canarias ha crecido una diversidad poética continúa desarrollándose; en pocas líneas, podríamos hablar en esos años de las corrientes syntáticas y voces como Rafael-José Díaz en Tenerife, y de Federico J. Silva, Pedro Flores, Tina Suárez Rojas, Rafael José Franco, entre otros en Gran Canaria, y llegar así a nuestros días con voces tendentes a un universo intermedio, un volcán del medio, literario donde parecen ubicarse (al menos de momento) Iván Cabrera Cartaya y Alba Sabina Pérez (desde Tenerife) y Acerina Cruz, David Guijosa y Rayco Arbelo (inédito) en Gran Canaria, entre otros. La editorial Amargord aporta aquí, y una vez más, su esfuerzo editorial al imagen siempre dinámica la Poesía en Canarias, confirmando, en este caso, la existencia de poetas para los que la poesía es lo fundamental.

Ruido o Luz nos acerca una voz imposible de diseccionar si queremos desnudar sus partes constituyentes, y ya desde el primer poema declara un ritmo y colores que permanece a lo largo de toda la lectura. Y aunque la propuesta poética parezca acomodarse en varios poemas de Geodesia, la tercera parte del libro, el equilibrio poético no se ve afectado y no se maltrata el encuentro radical entre el lector y los poemas, entre el lector y la poesía.

 

(N 28º 45’, O 17º 53’)

 

la luz nos oculta la luz

para ver

hacemos uso de lo oscuro

 

 

(N 28º 18’, O 16º 31’)

De un golpe venimos             de la reventazón

de un tiempo y un espacio encerrados

en apenitas una casi nada         De una violencia

original nacimos y vamos repitiendo

la onda expansiva

 

Matando por miedo a la muerte

esta abstracción se concreta

en las páginas de nuestros diarios.

 

 

En Ruido o Luz, un poemario de cuatro partes más un epílogo y una elucidación entrañable y cercana, nada sobra. Atravesamos historias, sueños, ecos de tierras y universos lejanos, ciudades invisibles y reconstruidas por mecanismos diversos, reflexiones más o menos veladas, como el eco de una tierra que orbitara una constelación de tres estrellas sonoras:

(N 33º 18’ E 43º 37’)

 

El sabio decidió

no disponer más nombres de estrellas

(se le acababan los alfabetos)

no invento más para las constelaciones

(se le agotaban los mitos las bestias y los objetos)

 

murmuró Omar Jayyam

las estrellas se apagan

regaló al sultán un calendario

el más preciso que los tiempos vieron

la caravana alerta

            pidió una copa de vino

sonrió triste o socarrón

parte ya hacia la nada

            ¡ya es la hora, despierta!

 

El sabio cerró los ojos y respiró

el sabio dejó de oír el ruido y las voces

dejaría pasar cien mil años

y entonces moriría en paz

 

La propia escritura de los poemas quiere acercarse al lector, de la mano de un estilo directo, como de cuentacuentos a veces, y una escritura comedida y tranquila que nos propone averiguar el significado de los silencios, su lugar en la comunicación, proponernos la pregunta del Qué, qué es eso que hace perfecto al silencio, a los silencios que habitan la lectura, el espacio entre estrofas; Qué hay más allá de este lugar donde acaba el poema, entre página y página.

 

(N 40º 4’, O 74º 44’)

Tras el azul

 

extraña condición alzar afuera

del confín del planeta

el telescopio necesario que nos muestre

tanta luz

lejanísima

 

contar

una a una

esas sombras iluminadas

 

dos mil seis mil

galaxias que fluctúan

más allá del campo profundo

 

calcular hasta los cientos

de miles

de millones

los solitarios globos que giran

alrededor de

toda esa luz toda

pero eso y más dado por bueno

si existiera algún cielo otro:

 

demasiado infinito para un solo azul respirable

 

demasiado límite

 

demasiado anhelo

(Hubble, 25 de septiembre de 2003)

 

Además, en lo que respecta al ritmo, cada poema logra decirnos como quiere ser leído de manera que la no puntuación extraña y se asimila naturalmente, transformando así la lectura un observatorio, ubicado en algún espacio exterior, desde el cual podemos reconocer la naturaleza germinativa de los poemas que vienen de profundo, de algunos de los dolorosos lugares de la realidad. Y se abren paso, entre la materia negra, y nos piden que tengamos el coraje de preguntar, de cuestionarnos:

 

(N 33º 35’ O 7º 37’)

En Casablanca explotan hombres-bomba

 

El astrónomo recuerda al viejo de la montaña

cuando era una joven zarza ardiente,

delgado como una caña consumida de fervor.

 

¿Cuándo el místico se viró mensajero

de la matanza? ¿De qué sustancia alimenta

a sus suicidas? ¿Cuándo imaginó la palabra

asesino como sinónimo de predicador?

 

EL astrónomo aguza la vista: las estrellas se mueren

El cielo se vacía. Cada explosión de Casablanca

es un agujero negro. Toma notas. Murmura:

[…]

El cielo se vacío

¿Escapa algo a un agujero negro?

 

Ruido o Luz es, en definitiva, un libro de poemas para muchísimos lectores, un libro que nos recuerda que la poesía no se constriñe (ni debe hacerlo) a la tiranía de la rima ni los egotismos lingüísticos, y mucho menos a la pretensión de exhibir etiqueta y título, fama o tribu. En él la Poesía anida y sabe mostrarse de diversas formas, con ropas distintas y los necesarios accesorios gracias a una letra sencilla, pero no simplicista ni simplona, con ventanas abiertas a la metáfora y sus entendimientos, al encuentro del pensamiento y las pequeñas verdades.

El libro en la editorial Amargord, aquí.

Web de Daniel Bellón, aquí.

Entrevista a Carlos Bruno, aquí

Crtítica literaria, primeras aproximaciones (2)

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Alguien siembra la luz entre los surcos.

La tierra candeal se queda quieta,

y aquí, allá, se ve azorando el grano

ardiendo; florecen llamas, lenguas:

alas de luz es lo que da la tierra.

Ardiente brisa orea los sembrados,

el oleaje de los trigos encendiéndose,

el cabeceo de las brasas altas.

Arde el pan sobre la era solitaria;

huele el aire a pan, la piedra, el agua.

¡Campos de luz! La arena bulle, rompe

contra los muros blancos, se despeña

desparramada por el suelo, vuelta.

Me gusta este poema. Sin más. Me parece un poema clásico, en el sentido más generalmente aceptado como “poesía”. Tiene lirismo, tiene imágenes que me encanta y logra, a mi parecer, crear un paisaje nuevo a partir del que, seguramente, contempla o vive el poeta. Al unir sus imágenes: Luz ardiendo, llamas que florecen, alas de luz nacida de la tierra; la brisa arde en unos sembrados que ella misma refresca; el trigo se enciende; hay brasas en lo alto, es el campo todo luz y arena que bulle, que rompe contra los muros blancos y se desparrama por el suelo. parece que el poeta crea sobre el paisaje de tierra firme (tierra, sembrados, trigo, lo alto, campo, arena, muros) un paisaje que se acerca a una playa; o, quizás, se trata del camino que realiza el poeta-poema desde dentro (la tierra) hacia la playa…

Y me gusta. Es un poema cálido, tranquilo, con aroma a sueño despierto, a espejismo de incandescencia y soledad. Veo el poema como un texto ya terminado, muy cercano al “poema último” que es todo texto en blanco antes de que el poeta se lance a buscarlo con pruebas y correcciones. Se percibe una mirada profunda y sobria, con un ligera intención de elevar lo vivido a la grandeza (¿épica?). No obstante, hay dos versos que me dejan un leve resto de desconfianza acerca del lugar que ocupa en el poema, y de desconcierto. Así, el verso “huele el aire a pan, la piedra, el agua”, es un verso que me encanta; tiene algo en su sonoridad que inyecta calma directamente en el cerebro, al mismo tiempo que fecunda la intuición de la sospecha de que quizás sobran los dos últimos elementos del verso. Pero, ¿cómo decir sin ser el autor que un segmento u otro sobra de un verso? Como dije al principio, el poema me parece sólido, compacto, además de muy colorido, por lo que no afirmaré que sobran los elementos “la piedra, el agua”. Por lo tanto, me limito a señalar que hay algo en ellos que me inspira infantil “desconfianza”…¿o quizás un desconcierto poético?

Para terminar, el verso que también me desconcierta es el último, no en su totalidad, sino únicamente cómo termina “desparramada por el suelo, vuelta”. Sea quizás por tratarse de un final “típico” para un tipo de poesía concreta, o incluso para la poesía del autor (Sea quién sea), ese “vuelta” me llega como un el único fleco del poema, ese mechón de pelo que, en un peinado hecho a propósito, con un fin, basado en una idea-imagen concreta, se sale del marco.

Imagen: cuadro de Manuel Padorno, en Galería Bat

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