La poesía es deriva

Creación, ensayo y crítica

Extraños

Duermen bajo una luna imperceptible,

luces sólo tras una cortina de verano,

inoportunos, de una necesidad.

Millones que vuelven a diario

como si en el regreso encontraran

algo de paz, y algún sosiego.

Viven en cuevas,

ablandando las migajas que caen.

Poems from long ago… 2 de n

Perdónalos,

porque no saben lo que hacen…

 

Y todos ellos

quedaron tranquilos y satisfechos.

Y al terminar la quema sumarísima ejecución,

todos abandonaron el lugar.

Y a las cenizas carroñeras del paredón,

se las llevó el viento.

Las ascuas impertinentes

se amontonaron frente al muro…

 

En un claro del bosque alguien azuzaba

una gran hoguera, prendía las cruces apiladas,

para una perfecta combustión,

mientras él comenzaba a ahogarse, lentamente,

en los brazos del fuego.

Y en el aire había una misma cantinela,

un advertencia condenada de muerte

repetida una y otra vez…

 

El futuro condenado observaba sin emoción,

con distancia y silencio,

a sus ejecutores honoris causa.

No medio palabra alguna, y se sacó los ojos

y los dejó sobre la mesa.

Una fosa en blanco común

le separaba de todos ellos…

 

Y entonces entraron los hambrientos y ansiosos de carne.

Frente al escritorio, permanecía absorto en la realidad,

en las claves de ese desorden

que solamente él comprendía…

 

Tuvo que salir.

Alguien llamó a la puerta

y pronunció su nombre.

Las islas móviles

Esta es la primera vez que escribo de memoria, desde un recuerdo lejano, desde un lugar que, quizás, nunca habité… La cabeza es un tejado donde anidan las palabras, casi siempre dormidas, atentas a la luz que nace del suelo… Pienso en ellas y sueño con sombreros, con islas sobre el mar, estas palabras nuevas desconocidas y que aparecen en un recanto de mi cráneo para escribirse instintivamente… Cada letra se procura un sonido, cada letra siembra un mapa de tinta tras la piel del papel y la pantalla, una familia, un juego de cientos de palomas hambrientas a pleno arrullar de migas de pan… En este momento veo imágenes, imágenes que se tornan instantes mientras yo busco más y más aire para ellas. Y cuando las encuentro, ¡una sonrisa!

            Cuando una ballena expulsa todo el aire de sus pulmones, millares de palabras saltan por encima de su lomo. Ellas quieren volar y, de verdad, que algunas vuelan; a otras les gustan los barcos y en ellos se alongan al gozo del viaje, para avistar los juegos de los delfines. También hay palabras que se quedan mirando al fondo del mar, a la pesca de los ecos de la Atlántida o el murmullo del mencey Loco, aguardando aquellas antiguas historias de los peces. Otras palabras permanecen flotando en la superficie, arrepiadas de frío y sin rumbo, sedientas… En la antigüedad, los marineros hablaban de palabras que se guardaban los secretos del mundo en el vientre de las ballenas; las islas son esas palabras que nuestros brazos no pueden jamás abarcar, que mergullan cerca de los barcos, como el milano que también se sumerge en el aire y la esa gaviota perdida que tienta las torretas eléctricas y las farolas en las autopistas.

Cada palabra es una isla… Pero ya anochece, ya he vivido esta escena… El barco se aproxima lentamente al puerto, el horizonte casi duerme entre las nubes; quietecita, una línea oscura baja las luces de las casas hasta el cuerpo de las calles y allá, al fondo del escenario, una aparición, los sueños que persiguen un bocado de tierra más, y las estrellas, anunciando la islamadre llena de futuros, un puñao sueños y el recuerdo de la primera emoción de la mirada.

Publicado inicialmente en El Alisio

brinden y ni piensen en olvidarse

De camino a casa dejo atrás algunas parejas de guiris, no recuerdo si son vecinos, vivimos vidas distintas, nuestra realidad es diferente. Cuando casi llego a la esquina de la calle antes de doblar hacia mi apartamento, ellas, las veo. Primero llevo mis ojos hacia a ella, pierna arriba: ropa de deporte, ropa corta, mucho más allá de lo que diríamos muslo; pasea a un par de perros, de esos pequeños, con personalidad, no son ratas de compañía; y la miro de nuevo pues obviamente el contraste de colores, negro de su ropa, blanco con leve color a sol en la piel, llama la atención, y una cierta curvatura más allá de su espalda. Pero entonces casi al pasarla vuelvo mi vista hacia Ella. Ella es la otra de esta conversación de vecinos, Ella me reconoce, y yo la reconozco. Sigo caminando y ya ahora doblo la esquina curva y vuelvo la vista atrás, y es Ella. La reconozco. Ella me reconoce también una vez más y ya en el portal de mi casa vuelvo a buscarla y la encuentro y encuentro que ella también me busca. Nos conocemos aunque me lleve treinta y pico años y hubiéramos hablando en la terraza de un restaurante italiana a las tantas de la noche y con tantos números de copas encima y yo a la espera de una de tantas superlunas de este año… Ella y yo. Coincidimos en algún lugar, en alguna hoja de la vida que se pasa, en alguna línea de ese diálogo que continúa para dos después de que ambos se hablen, brinden y ni piensen en olvidarse.

“Calima· y “Rompeolas”, como primeros poemas (o casi)

Calima

Suspiro africano

 

Este aire luminoso

ramal de luz

 

cadencia de arena oceánica

que seca eléctrica las bocas y gargantas

Melodía del sueño

 

modorra insistente de la demencia

el abandono en sábanas anticiclónicas

de los cuerpos atrapados

en la saciedad líquida de la sombra.

 

 

El Rompeolas

Permaneces

 

casi inmóvil

 

al vaivén de la música

 

la melodía salina

el iris marino de la azul espuma

 

¿Cuántas lágrimas guardas?

¿Cuánto deseo entrega tu piel?

 

Permaneces

 

casi inmóvil

 

al soplo divino de la luna

Y cantas, imperceptible, casi un susurro,

una nana forjada en tus manos.