La poesía es deriva

Creación, ensayo y crítica

Puerta

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Hay una puerta en mi pecho,

y siempre está abierta para ti;

al menos, eso creo…

por eso aguardas, creo,

a pesar de este nuevo hábito

de esperarte, de la velocidad de los días

y de estos gritos que vemos alejarse

atravesando las paredes a las 5:45 de la mañana.

El agua nos redime, en la ducha o bajo la lluvia

en los inviernos que nos quedan;

sobre todo, en nuestro sudor… Y el mar…

El mar, que nos contempla esperando un beso,

o que hagamos unos hijos mirándole de frente.

Playa de ciudad

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Playa de ciudad.

Abrazo palomas hambrientas

que dejan en la espuma cientos de mensajes,

que lamen mis heridas,

que picotean mis huellas,

mis pasos, mis sombras…

Todo en la orilla es de una libertad alambrada;

la marea, una delgadísima bruma que cerca el mundo.

Frente al mar

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Esta tarde, frente al mar.

En busca de silencio.

Con la piedra ahí, crepitando

bajo la espuma,

con la respiración ancestral

de los cangrejos ermitaños,

de la babosa de mar en el pico de su gaviota,

del futuro de los peces abandonados en la bajamar.

 

A pocos metros un hombre rebusca entre la rocas,

duda y tienta cada movimiento, cada antagonismo muscular;

sin duda busca donde no debiera,

sin duda busca aquello que sabe que es y está.

Y se desnuda, porque no parece encontrar nada.

—desconfía de mí—

—desconfía de los gatos pescadores—

—desconfía de las garcetas y los zarapitos—.

Se desnuda.

 

Y yo me vuelvo al mar,

a rememorar el eco reciente de la arena.

 

 

Planeta Turista, reseña

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… Cuando el filólogo Ángel Valbuena Prat, iniciador de la crítica y la historiografía moderna en la poesía canaria, señaló el sentimiento de soledad y aislamiento como una de las características de la poesía canaria, escrita hasta los años veinte, nunca pensó que, siglos más tarde, las Islas y sus habitantes desarrollarían otra de las caras de esa soledad y aislamiento de la mano del recibimiento a gran escala de visitantes de otros países.

En efecto,  esa industria que trae a millones de personas a Canarias, el Turismo, matiza las antiguas soledades, los primitivos aislamientos. En la zona turística los barrios autóctonos han sido separados por calles y travesías (en el mejor de los casos) que, a modo de verdaderas fronteras geográficas, delimitan mundos y vidas distintas. Sin embargo, el turismo también facilita una cierta comunicación entre esos mundos y tanto establece unos intercambios humanos draconianos, como los alienantes horarios del trabajador del turismo y como la vida de todas esas personas que viven margullando océanos de voces extrañas, costumbres y bocas de otros seres. La zona turística ofrece al que vive en ella y de ella un particular cóctel de aculturalidad y agridulce cosmopolitismo, donde la vida se exagera y traviste de sí misma, y donde solamente el exotismo de los encuentros parece salvarnos. Y en este ambiente tan marciano, viven, sin embargo, personas, personas de aquí y personas que fueron, en algún otro momento ya pasado, el Otro, el visitante, el extraño, el turista, pero que son ahora nuestros vecinos, nuestros conocidos o nuestros compañeros de trabajo, o pareja, o madre, o padre… Todo lugar tiene un Sur, una Zona Turística habitada por un ansia de comunicación.
Sobre Planeta Turista, tuve la suerte de conocer en sus inicios el proyecto que lo parió,  Leyendo el Turismo, e incluso pude hablar con alguno de sus integrantes sobre la vida en zona turística. A partir de ahí llegué a la conclusión de que la vida cambia, muta y se adapta bruscamente cuando se nace o vive o trabaja en el turismo. La vida aquí, en el eterno Sur, es distinta. La vida aquí hace lo que tenga que hacer para no dejar de ser ella misma, incluso a su propia costa. Así que cuando supe que el proyecto quería publicar un libro, Planeta Turista,  con los poemas de sus integrantes, me alegré muchísimo. Y ahora por fin tengo y he leído el libro.

Tras una primera lectura de Planeta Turista (Ed. Amargord, 2014), permanece la feliz sensación de que el libro sobrevive a lo que parecen algunos errores de edición,  y aquella otra de que la última parte del libro, la correspondiente al activista y gestor cultural Samir Delgado, nadaría mejor en el formato e intenciones de un ensayo interdisciplinar, de mayor hondura y logro, que los textos del autor. A través de las lenguas que habla Planeta Turista, se escucha una interpretación propia y honesta,  una mirada clara y vívida de tres experiencias distintas y, hasta cierto punto, “hermanas” que han logrado poetizarse en gran medida. Planeta turista ofrece así un análisis retrospectivo, y de presente, muy necesario sobre el turismo y la vida en él, un análisis que, si bien, y en general, se queda en la superficie del planeta que habita, también lanza al lector dardos cargados con el curare de la industria turística.

En sus páginas, los poetas David Guijosa y Acerina Cruz son los que alcanzan los mayores logros literarios y creativos, el grado más alto de autenticidad en muchos de sus poemas que,  de la mano de recuerdos e invenciones,  de traducciones e interpelaciones extraliterarias, ecos de esas otras voces que residen y se reproducen en el planeta Turista. Además, el lector puede hacer suyo un viaje al pasado, al presente (¿al futuro?) dentro de las entrañas de la criatura turística y sus criaturas, de sus propios recuerdos de infancia y los domingos en la playa. Pero que no espere el lector agradables tardes al sol y crema de coco para el olvido, la mirada sobre el plantea Turista es, aquí, cruda, y cruda de maneras distintas. Planeta Turista es una crítica social clara y directa, más o menos conseguida según el poema y el autor, pero crítica, y  es Samir Delgado el que logra las críticas más literarias, aunque se limiten a un último verso de cierre de poema.

Planeta Turista ofrece una lectura original que logra superar los tropiezos que, en mayor o menor medida, comparten sus autores, tropiezos por una cierta manía o afección (¿afectación?) tendente al efectismo de final de verso, al verso pop, al empeño de cerrar todos los poemas unívocamente.  No obstante,  tales incomodos no castran las varias miradas de sus autores, ese viaje y vida que muchos reconocerán como propio, familiar, y que es, ante todo, cruelmente actual y vívido.

Acerina Cruz ofrece la voz más variada que mantiene ha sabido mantener y desarrollar a lo largo de sus obras publicadas, mientras que David Guijosa se mueve en un conflictivo límite de voces extranjeras y un estilo provocador. De Samir Delgado, si bien podría decirse que logra con sus textos subir otro “nivel” en su trayectoria como escritor —trayectoria que el que aquí escribe conoce casi en su totalidad—, sigue manifestando impaciencia e incluso se llega a respirar un cierto “desinterés” final por la Poesía.

Planeta Turista acierta al proponer al lector una reflexión y una crítica de esos lugares que, como Canarias, no han sabido superar la sombra de la industria del turismo y sus condenas de folclorismo, mediocridad, ignorancia y caciquismo. Así, este Planeta Turista le pone algo de estilo no solo al turismo en sí, al “suvenir” y al “japiaguar”, sino que sabe delatar la adoración esclava al turista, y los monstruos que duermen entre hoteles, apartamentos, recepcionistas de noche, tiqueteros y camareras de piso.

 

Ruido

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El título de los libros

el nombre de las canciones,

el titular de los periódicos

y los editoriales,

el papel

y las palabras,

la familia,

los besos,

las sonrisas,

las caricias,

el sexo y los abrazos;

los olvidos y los recuerdos,

el agua y las yerbas,

el café,

la leche entera,

el porvenir y el pasado y el presente,

las manecillas del reloj,

los párpados cerrados y la mirada,

la tensión del cuello al respirar

al amar

al beber

al mirar

al llorar,

al caerse en derrota.

Las algas en el fondo del estanque,

las ranas del estanque,

los granos de arena en la playa

y la marea acunando sin prisa

el ser sensible, mi carne y mi cabeza…

Ruido.

Crtítica literaria, primeras aproximaciones (2)

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Alguien siembra la luz entre los surcos.

La tierra candeal se queda quieta,

y aquí, allá, se ve azorando el grano

ardiendo; florecen llamas, lenguas:

alas de luz es lo que da la tierra.

Ardiente brisa orea los sembrados,

el oleaje de los trigos encendiéndose,

el cabeceo de las brasas altas.

Arde el pan sobre la era solitaria;

huele el aire a pan, la piedra, el agua.

¡Campos de luz! La arena bulle, rompe

contra los muros blancos, se despeña

desparramada por el suelo, vuelta.

Me gusta este poema. Sin más. Me parece un poema clásico, en el sentido más generalmente aceptado como “poesía”. Tiene lirismo, tiene imágenes que me encanta y logra, a mi parecer, crear un paisaje nuevo a partir del que, seguramente, contempla o vive el poeta. Al unir sus imágenes: Luz ardiendo, llamas que florecen, alas de luz nacida de la tierra; la brisa arde en unos sembrados que ella misma refresca; el trigo se enciende; hay brasas en lo alto, es el campo todo luz y arena que bulle, que rompe contra los muros blancos y se desparrama por el suelo. parece que el poeta crea sobre el paisaje de tierra firme (tierra, sembrados, trigo, lo alto, campo, arena, muros) un paisaje que se acerca a una playa; o, quizás, se trata del camino que realiza el poeta-poema desde dentro (la tierra) hacia la playa…

Y me gusta. Es un poema cálido, tranquilo, con aroma a sueño despierto, a espejismo de incandescencia y soledad. Veo el poema como un texto ya terminado, muy cercano al “poema último” que es todo texto en blanco antes de que el poeta se lance a buscarlo con pruebas y correcciones. Se percibe una mirada profunda y sobria, con un ligera intención de elevar lo vivido a la grandeza (¿épica?). No obstante, hay dos versos que me dejan un leve resto de desconfianza acerca del lugar que ocupa en el poema, y de desconcierto. Así, el verso “huele el aire a pan, la piedra, el agua”, es un verso que me encanta; tiene algo en su sonoridad que inyecta calma directamente en el cerebro, al mismo tiempo que fecunda la intuición de la sospecha de que quizás sobran los dos últimos elementos del verso. Pero, ¿cómo decir sin ser el autor que un segmento u otro sobra de un verso? Como dije al principio, el poema me parece sólido, compacto, además de muy colorido, por lo que no afirmaré que sobran los elementos “la piedra, el agua”. Por lo tanto, me limito a señalar que hay algo en ellos que me inspira infantil “desconfianza”…¿o quizás un desconcierto poético?

Para terminar, el verso que también me desconcierta es el último, no en su totalidad, sino únicamente cómo termina “desparramada por el suelo, vuelta”. Sea quizás por tratarse de un final “típico” para un tipo de poesía concreta, o incluso para la poesía del autor (Sea quién sea), ese “vuelta” me llega como un el único fleco del poema, ese mechón de pelo que, en un peinado hecho a propósito, con un fin, basado en una idea-imagen concreta, se sale del marco.

Imagen: cuadro de Manuel Padorno, en Galería Bat

Notas para una crítica literaria, sobre “El hacedor de ludópatas”

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SE COGE ANTES A UN LUDÓPATA QUE A UN COJO

La Naturaleza, llamada reino animal por los químicos, se procura instintivamente los tres medios que necesita para perpetuarse…hambre, apetencia del coito, odio que tiende a la destrucción del enemigo…dispensémonos de llamarlas placeres…son satisfacciones habituales en los brutos…El hombre comparte la condición de los brutos cuando se entrega a esas tres inclinaciones sin que su razón intervenga. Si, en cambio, nuestro espíritu interviene, las tres satisfacciones se convierten en placer, placer, placer…

CASANOVA

Así comienza el poemario, y no es para menos. El placer; el placer, el placer ronda “El hacedor de Ludópatas” de Elica Ramos (La Palma, 1970), navega sus venas abiertas a conciencia, y con premeditación, para hacer del tema amoroso un juego confesional en el que, desde la primera persona y el tuteo, ensaya poemas y silencios. Por no todo debe decirse, y al Hacedor de ludópatas le gusta jugar, marcar el espacio físico de las pausas en la lectura, dejar constancia de sus propios caprichos. El yo poético de Elica Ramos parece depredar aquí sus propias experiencias amorosas, las personalísimas ficciones con un lenguaje refrescado, urbanizado incluso, con con esa mezcla de desdén, sexualidad y descaro tan de estos tiempos. No obstante, se aleja mucho de lo prometido en el prólogo-introducción. Muchas palabras para el tema estrella de la Poesía, el amor, cuyo planteamiento resulta, al mismo tiempo, cercano y distante en el libro, como si la poeta fuera actor y público de su propio teatro; poeta, mujer, artista del poema declamado que encuentra en sus esquinas más oscuras la madera que provoca todos sus incendios… No habrá paciencia para pirómanos.

“El hacedor de ludópatas” es un poemario de distancia corta, de combate a puño cercano, a tiro de gancho, con un estilo intimista, quizás próximo o característico de las poetas canarias; con poemas que, en general, buscan el efecto, el golpe final a pocas milésimas de la campana, el arriesgado desconcierto por knock out al lector… Pero que afloja el ímpetu por una imperfecta coordinación entre los versomúsculos del inicio y el desarrollo del impacto. El resultado: el combate se prolonga, los poemas no se cierran, quedan colgantes de un sinsaber si tirar la toalla o lanzarse de nuevo con arrojo y confianza a otro round. Esta descoordinación aparece a lo largo de todo el libro, algo más que intermitentemente, y amenaza con solidificarse como marca de “estilo” o “pretensión” aunque no únicamente de la autora, sino de cierto enfoque poético que busca el punch, en detrimento de la técnica, del fondo (sobre todo)…

Esta búsqueda del efecto y el gancho termina frecuentemente en cojeras de la experiencia lectora, incoherencias, incluso cuando se pretende el uso del espacio físico como pausa, porque luego, en otros poemas, no ocupa su lugar de la misma manera. ¿Capricho? No lo sé, pero quizás lo termina siendo: capricho visual, marca de la casa; un búsqueda que quiebra en pretensiones perpetradas de efectismo, y me reitero en ello aunque no sea tanto el estruendo, el pretender en epigramas que…  no llegan, no abofetean con fuerza la cara. Quizás porque:

La dicha es una tormenta de verano

repentina y naufraga al sol

oscura como el abatimiento.

y se muestran, así, las dudas que los propios poemas parecen albergar acerca de su propia integridad, de su verdad. Incompletos. Cuasiformes.

Sin embargo, no todo son pretensiones e impactos fallidos. Hay muchos logros en el poemario, pero rara vez se encadenan y dan el alejóp final con éxito. Aunque el lector tendrá que arrojar su propio veredicto ante esta propuesta poética, confirmar o no, esos golpes que, desde aquí, parecen lanzarse al tuntún (muchos). Y allí donde los velos se apagan, las direcciones se extravían… donde El tuyo es un horizonte desolado porque…He recelado tu nombre y La aritmética del hambre estuvo cerrada a pócimas… la Poesía se (re)vela como una aritmética de efectos, y se arriesgas a provocar hambre y sed lectora… Pareciera que todo el libro no fuera más que un deseo de llanto veloz que perezca en el naufragio de sus propios párpados; y, muy a pesar de la actualidad de sus combinaciones léxicas, sus imágenes, cuando no caen en algo peor que el tópico, se leen pretenciosas. Y lo pretencioso es ofrecer dos frases (incluso una) como poema completo, como arma cargada de futuro… para luego cerrar página, sin más, supuestamente satisfecho y por completo:

«Hace tiempo abandoné el recurso

de disfrazarme de verde entre las algas…»

o un pensamiento o verso aislado que se anuncia y exhibe poema:

«Dejad que el mar también me arrastre…»

No obstante, hay mucha carne en El Hacedor de ludópatas, y casi de igual intensidad es la capacidad de dispersión.