La poesía es deriva

Creación, ensayo y crítica

[12:50pm]

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Sala de estar. Televisor encendido.

La abeja Maya en el interior del bosque.

Un ciempiés exhibe sus dotes de trobador…

pero no convence.

Tras la cristalera de la sala de estar del hospital

un hombre de polo rojo falla su único y último hoyo

en el green. La pelota queda muerta,

y él la mira apenas un segundo y la recoge,

y se va.

En el bar del hospital, sobre una butaca vacía,

da a luz una mota de polvo entre una multitud ausente y gérmenes que la ignoran.

Es un mediodía soleado. Las nubes dibujan la historia del tiempo sobre el césped

mientras un árbol gris y muerto me susurra una historia repetida.

Abandono mis ojos sobre el césped.

La muerte se torna verde.

 

En la sala de espera un viejo moribundo intenta servirse un café de máquina, mientras me mira, perdido, adivinando

la muerte de mi abuela. Se comenta en los pasillos -dice-las palomas en los ventanales, y las tórtolas y los niños.

 

Pero sólo cabe amar cuando unas lágrimas afloran nuevas tentativas de asalto.

Sin título, primeros poemas

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Esta noche es perfecta.

Hay luz. Hay silencio.

El cerebro se inyecta de sangre

y la sangre de azúcar y de alcohol

y de tanta poesía

que nunca

cabe en un poema…

*

¿Qué importa

si nos quedamos solos?

Hace tiempo que dejó

de extrañarnos.

El tiempo gira sin cesar,

la vida se multiplica en nuestra retina

y no dejamos de enviar nuestras hordas bárbaras

contra toda la jodida civilización…

¿Qué importa?

*

¿Qué importa el conocimiento profundo

y extraño

de nuestros deseos?

Siempre habrá versos y relatos que no me cuentes,

que yo

no te diga.

¿Qué importa un libro mal escrito unas comillas

extrañas y urticantes…

si baja dulce la absenta nuestras gargantas?

Los abogados van al infierno, y lo sabes;

y los que no quieren ahogarse en su mierda se van de putas,

¡y lo sabes!

¿Qué importa, Loco?

¿Qué importa?

¿Qué importa tu nombre y tu apellido

si te cuelgas de ramas y farolas, si aúllas en silencio,

si no preguntas, sino hablas,

si tras unos acordes te lanzas a bailar con la utopía de un hombre

con la felicidad recitada, con la dicha

que ahora no tienes,

con un tiempo que ahora sólo recuerdas ebrio?

Loco, tienes razón,

nos cuelgan nuestros errores de las pupilas

pero el aire que respiramos es nuestro, y SÓLO nuestro.

 

¡Qué importa si es este poema se suicida de por vida

a sabiendas de que se queda corto,

de que hay toneladas de poesía con las que no puede cargar

sino es con la inestimable ayuda de una botella de algo, un algo de droga,

un todo de poco,

o  mucho sexo de nada!

¿Qué importa, Loco?

¿Qué importa?

Poems from long ago… 2 de n

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Perdónalos,

porque no saben lo que hacen…

 

Y todos ellos

quedaron tranquilos y satisfechos.

Y al terminar la quema sumarísima ejecución,

todos abandonaron el lugar.

Y a las cenizas carroñeras del paredón,

se las llevó el viento.

Las ascuas impertinentes

se amontonaron frente al muro…

 

En un claro del bosque alguien azuzaba

una gran hoguera, prendía las cruces apiladas,

para una perfecta combustión,

mientras él comenzaba a ahogarse, lentamente,

en los brazos del fuego.

Y en el aire había una misma cantinela,

un advertencia condenada de muerte

repetida una y otra vez…

 

El futuro condenado observaba sin emoción,

con distancia y silencio,

a sus ejecutores honoris causa.

No medio palabra alguna, y se sacó los ojos

y los dejó sobre la mesa.

Una fosa en blanco común

le separaba de todos ellos…

 

Y entonces entraron los hambrientos y ansiosos de carne.

Frente al escritorio, permanecía absorto en la realidad,

en las claves de ese desorden

que solamente él comprendía…

 

Tuvo que salir.

Alguien llamó a la puerta

y pronunció su nombre.

Los días las mañanas

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¿Cómo se escriben los días en un diario,

si estos vienen y ya se van, si no se detienen

ni paran, cuando no se posan siquiera

un instante a la noche, porque saben

que no trabajan para otra mañana?

brinden y ni piensen en olvidarse

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De camino a casa dejo atrás algunas parejas de guiris, no recuerdo si son vecinos, vivimos vidas distintas, nuestra realidad es diferente. Cuando casi llego a la esquina de la calle antes de doblar hacia mi apartamento, ellas, las veo. Primero llevo mis ojos hacia a ella, pierna arriba: ropa de deporte, ropa corta, mucho más allá de lo que diríamos muslo; pasea a un par de perros, de esos pequeños, con personalidad, no son ratas de compañía; y la miro de nuevo pues obviamente el contraste de colores, negro de su ropa, blanco con leve color a sol en la piel, llama la atención, y una cierta curvatura más allá de su espalda. Pero entonces casi al pasarla vuelvo mi vista hacia Ella. Ella es la otra de esta conversación de vecinos, Ella me reconoce, y yo la reconozco. Sigo caminando y ya ahora doblo la esquina curva y vuelvo la vista atrás, y es Ella. La reconozco. Ella me reconoce también una vez más y ya en el portal de mi casa vuelvo a buscarla y la encuentro y encuentro que ella también me busca. Nos conocemos aunque me lleve treinta y pico años y hubiéramos hablando en la terraza de un restaurante italiana a las tantas de la noche y con tantos números de copas encima y yo a la espera de una de tantas superlunas de este año… Ella y yo. Coincidimos en algún lugar, en alguna hoja de la vida que se pasa, en alguna línea de ese diálogo que continúa para dos después de que ambos se hablen, brinden y ni piensen en olvidarse.

Ensayos sobre crítica literaria, de Antonio Alatorre.

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«En el poeta, la creación tiene un carácter absoluto: él no juzga. El crítico sí juzga, pero en esta tarea no se apoya fundamentalmente en bases científicas, sino en una intuición personal iluminada por la inteligencia… El crítico nos comunica su experiencia del poema. El creador original parte de la emoción suscitada en él por un hecho de la naturaleza, de la humanidad, de su vivencia personal, de su fantasía. El crítico parte de la experiencia que es su contacto con la obra literaria… el crítico, lector privilegiado, dotado no solo de mayor receptividad y de mayor sagacidad literaria, sino también de la capacidad de comunicación, es un espejo mucho más fiel y amplio, mucho más capaz de reflejar en toda su complejidad la esencia de la obra. Las impresiones que en el lector ordinario son difusas e imprecisas, se dan organizadas, coherentes y luminosas en el crítico».

Ellas nunca se cansan

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Una lágrima sobre el ventanal

me separa de los cristales.

Dormidas, y casi invisibles,

las palabras mecen libros

en silencio…

 

…Ellas nunca se cansan.

De noche, 1 de n

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De chico tenías miedo a la oscuridad

y tu escaso conocimiento perdía siempre

ante los juegos de las sombras y la pupila,

ante los tratos de los ruidos y sonidos

y tus agujeros timpánicos. El corazón parecía

empeñarse más en latir, agitando ciegamente

todos los capilares y membranas posibles.

Un día viste al Hombrelobo atravesar el pasillo

por el marco de tu habitación,

incluso la mano de un Rey Mago de Oriente

tocando tu hombro casi dormido… Y cuando llegó

el conocimiento, lento, siempre, y con dolor muchas veces,

viste un día en una habitación de La Laguna

la silueta de un fantasma que aprobaba tus deseos….

 

La noches, ahora, es otra cosa:

todo se aquieta o tiembla,

todo se silencia entre el cristal de los vasos,

las velas son las luces que pintaban calor en el pasillo de casa;

la vela ahora eres tú.

Porque la noche sigue siendo la misma.

“LIMEN” en Epitafios, de Antidio Cabal

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«Estos epitafios conciernen a los muertos y a los vivos muertos, es decir, a quienes están sobre el sepulcro y a quienes están debajo de él. No hay diferencia categórica entre ellos, salvo distinción modal. Obvio que forman dos partes de una parte. No se encuentran a extramuros de la misma identidad, comparten el relampagueo. No pasa de ser un movimiento de la carne, más en la cuestión, valorando la cosa ónticamente o epistemológicamente o épicamente, sin aspavientos culturales condicionados por conocimientos condicionados, entre una carnicería y un cementerio, o entre un cadáver y el mobiliario. Esto encaja en la teoría del conocimiento y en las premisas de la intuición. La lírica rige todo esto, la épica rige todo esto, en tanto en cuanto —tanto en cuanto— la poesía tiene apetito y axiología finita e infinitamente. Tomar en cuenta que el carnicero es un  cadáver vivo y el sepulturero es un cadáver vivo. Pasado un tiempo, uno y otro serán cadáveres muertos.

Cierto es que en las carnicerías no ponen rosas y en el cementerio sí. Esto hay que corregirlo.»

Epitafios, de Antidio Cabal, editado por Kriller71.

El desvelo, primera parte

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Silencio y oscuridad se confunden. No sabes dónde estás pero ya abres los ojos. Con la mano tientas el aire y la respiración. Al principio es contenida, exhalada sobre la tensión calma de unas velas. Lanzas con la mirada un cedazo del iris a la espera de una buena captura, detalles, percepciones de medio cuerpo, promesas de sirena y una tranquilidad que, quizás, nunca existió… Mientras tanto la pupila palpa y dilata como gritando por un poco luz pero nada ves; nada. Al menos de momento. Y crees que arriesgas cuando te incorporas de no sabes dónde, cuando avanzas tus pies, el paso uno tras del otro, con ambos brazos extendidos y vacilantes como las antenas de una cucaracha sofocada en plena noche de verano. Y el tiempo no ha hecho aún acto de presencia, pero en cuanto resuena tu estómago tomas conciencia de que no sabes cuántas vueltas, cuántos caminos, cuántos pasos has dado… pero ya la tensión es otra. Allá al fondo y en el medio de nada un haz ínfimo de luz araña decidido la oscuridad e ilumina un punto en el espacio. Piensas entonces que hoy sí podrías llevarte algo a la boca, y en cuanto olvidas tus temores comienzas la maniobra; te acercas despacio, cimbreando el extremo de los brazos, reconociendo el aire con la punta de tus dedos. Ya no encuentras obstáculos, nada ni alguien saltan a tu encuentro, y nada te obliga al suelo. Desde todas direcciones la experiencia del momento que hilvanas te empapa y, al llegar a la luz, pausadamente dejas que beba de ti el eco de una nueva incertidumbre:

Acostumbrados como estamos, hablo.

Como cualquiera; de lo que acontece.

Pero también, por causas mejoradas

mi cuerpo tiene la palabra: él solo.

Se pronuncia de forma que parece

que fuera por entero lengua mía.

Parezco conversar, hablar por medio

de mi comportamiento otro lenguaje;

dialogar con las olas, los peñascos,

con las gaviotas; única manera

de entendernos, afines, naturales.

“El otro lenguaje”, de Canción atlántica, Manuel Padorno.